A Europa le tiembla el pulso con las medidas climáticas en el peor momento

Vista de una planta petrolífera.

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Tenemos dos realidades opuestas que han entrado en colisión para sofoco de los europeos: un cambio climático desbocado, que provoca los impactos previstos en los escenarios científicos más pesimistas de calentamiento atmosférico, y una geopolítica, tensada por la invasión de Ucrania, que hace retroceder varias décadas la ineludible transición energética global, en principio liderada por la verde Europa. Cuando más necesitamos de medidas valientes contra el cambio climático, más miedo le entra a Europa a la hora de ponerlas en práctica. Dicho de otro modo, el cambio climático es una prioridad mientras las medidas para mitigarlo no afecten mucho a la economía, y siempre y cuando no se cruce por en medio una pandemia, un conflicto bélico o algún inconveniente con la cadena de suministros. En un breve episodio de sensatez global se escuchó a la ciencia del clima y se firmó un magnífico Acuerdo de París. Siete años después de firmarlo seguimos sin encontrar el momento de cumplirlo. Por tanto, siendo honestos, el cambio climático no termina de ser nunca una prioridad para los gobiernos. Y si se me permite ponerme tremendo, una vez más, constatamos que la vida de las personas no es tan importante, en nuestra cosmovisión actual, como mantener el producto interior bruto a flote. A cualquier precio.

La economía, basada fundamentalmente en quemar combustibles fósiles y apoyada en la ingenua visión de que los recursos, incluyendo estos mismos combustibles fósiles, son infinitos y de que el crecimiento económico debe serlo también, se antepone a los derechos humanos. Sabemos que extraer los combustibles fósiles cada vez nos cuesta más energía y que la gran mayoría de ellos debe permanecer bajo tierra si queremos quedarnos dentro de los límites de calentamiento de un grado y medio sobre la era preindustrial acordados en París. Pero una cosa es saberlo y otra muy diferente es hacer algo significativo al respecto. Sabemos que no hay que tocar la mayor parte de los combustibles fósiles que quedan por extraer si no queremos sobrepasar los límites de calentamiento acordados. Pero visto lo que estamos viendo con la verde Europa, sería una grata sorpresa si nadie los toca. En esta ocasión, la tentación vive… ¡en el piso de abajo!

La rápida sucesión de récords climáticos que estamos sufriendo en 2022, y en concreto las olas de calor y los duros incendios en este verano del hemisferio norte no son sino la manifestación meteorológica de un cambio climático que se encuentra en fase exponencial. Es decir, como resultado de encontrarnos en esta fase exponencial, cada vez ocurren más cosas en menos tiempo, y nos acercamos cada vez con mayor rapidez a líneas rojas o puntos de inflexión a partir de los cuales los cambios serán poco menos que irreversibles a la escala temporal del ser humano. Me sorprendo a mí mismo diciendo otra vez algo que llevo treinta años diciendo y que parece que se nos olvida: los cambios en el clima y los eventos extremos se suceden con mayor rapidez e intensidad como una simple consecuencia de haber dejado que las emisiones de gases de efecto invernadero lejos de bajar, continúen subiendo. Quizá haya que seguir otros treinta años más recordándolo con cualquier excusa. No es por no hacerlo, pero la cuestión es si tenemos otros treinta años para tomarnos en serio, por fin, la crisis climática. Es una forma retórica de decirlo porque resulta evidente que es precisamente de tiempo de lo que andamos más justos ahora. Andamos justos de tiempo por aquello de la evolución exponencial del cambio climático y por aquello de que lejos de seguir avanzando, ahora, al aplicar las medidas, nos tiembla el pulso y retrocedemos.

Ante el desbordante panorama de olas de calor que ya han tenido lugar este año en la India, en los dos polos y por toda Europa, toca recordar la gran diferencia entre lo que es adaptarse al cambio climático y lo que es mitigarlo. Las olas de calor históricas solían matar mucho más, a pesar de no ser tan fuertes o largas como las actuales, porque no había los mismos niveles de adaptación que ahora. Tanto los sistemas sanitarios, como el conocimiento social y los correspondientes ajustes en los hábitos, las alertas meteorológicas e incluso el diseño de viviendas y ciudades, han mejorado y con ello nuestra capacidad de tolerar individual y colectivamente el calor intenso. La ola de calor de 2003 mató varios miles de españoles (las cifras oficiales son muy controvertidas) y muchos miles de europeos. La ola de calor de julio de 2022 lleva más de 500 muertos solo en España y solo en su primeros siete días. Esta cifra nos dice dos cosas: 1) que la adaptación a estos eventos extremos previene muchas muertes siendo más eficaz que hace unas décadas, y 2) que estamos llegando al límite en nuestra capacidad de adaptación, de forma que si las olas se intensifican, el número de fallecimientos aumentará. Es evidente que hay límites fisiológicos, sanitarios, energéticos y sociales en nuestra capacidad de adaptarnos a eventos extremos como las olas de calor. Precisamente por eso es tan importante ir al origen del problema. Es por tanto tan o más evidente que lo que corresponde ahora es mitigar el cambio climático. Mitigarlo para que estos eventos climáticos, ante los cuales cabe poca adaptación más, vayan disminuyendo en frecuencia e intensidad. Mientras Europa ha progresado mucho en materia de adaptación, en el campo de la mitigación del cambio climático vamos no ya mucho más lentos, sino que en los últimos meses hemos puesto la marcha atrás. Nunca pensé que escribiría esto. Pude imaginar que avanzaríamos con dificultad y lentitud en la reducción del cambio climático, pero nunca se me ocurrió pensar que podríamos retroceder.

Lo cierto es que estamos retrocediendo con gran rapidez a la hora de atajar la crisis climática. Lejos de aprovechar las duras circunstancias geopolíticas actuales y las primeras dificultades económicas serias tras la COVID-19, Europa se asusta y relaja el control de emisiones para rebajar la dependencia del gas ruso. La Unión Europea considera imprescindible recuperar la producción con carbón e incluso incentivarla con subvenciones públicas. Lejos de continuar el abandono progresivo del carbón como una forma poco eficiente y muy contaminante de producir energía, la Agencia Internacional de Energía informa de que estamos quemando más carbón que nunca y la mismísima Alemania está ahora retomando sus plantas energéticas basadas en el carbón que habían sido cerradas. Esto se suma a la negación de la realidad que supone llamar en Julio de 2022 energías verdes al gas y a la nuclear. Y en España se subvenciona a todo el mundo con 20 céntimos el litro de gasolina, en una medida polémica y cuajada de fraudes, para facilitar el uso de combustibles en una fe ciega de que quemar gasolina impulsa la economía. Triste y contradictoria medida que se toma cuando lo que hay que hacer, mejor dicho, lo único que realmente podemos hacer, para evitar el descarrilamiento de la economía y de la civilización, es decrecer, empezando por la disminución de la extracción y el uso de los combustibles fósiles. 

Pocas veces resulta más perjudicial dar marcha atrás que cuando un proceso largo y difícil, como la ineludible transición energética, afronta sus primeras pruebas. Parecía que, aunque con retraso, los países desarrollados estábamos asumiendo el rumbo de descarbonización de la economía con la vista puesta en 2050 y de la mano de la Agenda 2030. Pero en la primera dificultad importante, la COVID-19, nos autoconcedimos una prórroga y en la segunda, la invasión de Ucrania y las crisis asociadas, nos tiemblan las piernas y reculamos. Nunca será cómodo ni fácil abandonar los combustibles fósiles. Si no aprovechamos las circunstancias actuales no lo haremos nunca. Y hace años que la ciencia indica con crudeza qué escenarios climáticos, económicos, sociales y medioambientales cabe esperar si no lo hacemos.

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