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Opinión - 'Cuando la guerra ya no necesita excusas', por Alberto Garzón

Cuando la guerra ya no necesita excusas

4 de marzo de 2026 23:16 h

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El gobierno de Donald Trump ha bautizado como “Epic Fury” a la operación militar en Irán. Siempre me ha parecido aterrador imaginar el momento en el que unos pocos militares y políticos debaten cómo llamar a una guerra que matará a miles de personas. La distancia geográfica y moral respecto a las víctimas explica sin duda por qué estos nombres se piensan hacia dentro, con el nacionalista estadounidense promedio en mente: es una tarea de propaganda. Pero el nombre elegido esta vez resulta revelador por lo que ya no intenta esconder. Las guerras anteriores se bautizaron con el lenguaje de la libertad, como “Iraqi Freedom” en Irak y “Enduring Freedom” en Afganistán: en ambos casos se fingía liberar al pueblo bombardeado e invadido. Sin embargo, ahora se elige “furia épica”, una expresión que es pura exhibición de fuerza bruta. 

La propaganda se despliega a menudo con la intención de crear y consolidar una narrativa simplificadora que sirva para justificar acciones controvertidas. En realidad, nunca hay una única razón o un único factor que explique por qué ha comenzado una guerra, de modo que la propaganda trata de hacer asequible y asumible lo que para el ciudadano medio es casi siempre un puzle confuso: ¿por qué entretenernos con intereses geopolíticos y lucha por los recursos naturales cuando una guerra puede justificarse en virtud de un sentido común compartido? Por ejemplo, digamos que bombardeamos porque no se cumplen los derechos humanos. Aquí no importa la coherencia —hay muchos países aliados que tienen estándares mucho peores; de hecho, solo el 30% de la población mundial vive bajo democracias formales— sino el proceso “digestivo”: conseguir que la gente trague con algo claramente difícil de metabolizar. 

Durante la última guerra de Irak los dirigentes de los países agresores dedicaron muchos esfuerzos a intentar convencer a la población occidental de las buenas intenciones que llevaban las bombas y los ejércitos desplegados por Estados Unidos y sus aliados. Nos dijeron que había armas de destrucción masiva, y nos mostraron mapas y documentos que luego resultaron ser falsos. Nada de todo eso terminó colando, pero la guerra tuvo lugar igualmente. Hoy las cosas son significativamente distintas, pero no por buenas razones. No es que ahora sí importe la opinión pública o la coherencia de las narrativas justificadoras, sino todo lo contrario: el imperialismo está ya desnudo y no requiere justificación pública alguna. Como demuestra el caso reciente de Venezuela, donde Trump explicó que el objetivo real era el control del petróleo y no el cambio del régimen, la propaganda es ahora más pobre y hueca. En el caso de Irán, hemos escuchado que se trata de cuestiones de seguridad nacional y de valores liberales en abstracto e incluso que esta es una simple operación para proteger preventivamente a Israel. La propaganda es de mala calidad… porque ya no hace falta esconder que se bombardea e invade otros países por el poder y la energía. 

Desde una perspectiva humanitaria, podríamos argumentar que lo de Irak salió mal. Como también lo de Afganistán o Libia. En todos esos casos los regímenes políticos cayeron, pero lo que vino después fue más violencia, guerra y, en algunos casos, incluso el retorno del régimen derrocado. Pero ¿estamos seguros de que fueron fracasos? Tras aquellas invasiones, el metabolismo de las sociedades occidentales siguió ingiriendo millones de barriles de petróleo y toneladas de recursos naturales procedentes de la región, los beneficios de las compañías fósiles occidentales se mantuvieron o crecieron, y los regímenes políticos restantes se adaptaron al dominio implantado por la ley del más fuerte. Si medimos el resultado no por lo que nos dijo la propaganda sino por lo que realmente importaba a quienes tomaron las decisiones —garantizar la continuidad de las redes de suministro energético y el control geopolítico de la región—, aquellas operaciones no fueron simples errores. Todo lo contrario: fueron razonablemente exitosas.

Lo de Irán no es demasiado diferente. No se trata de reducir a un único factor la explicación de la guerra, pero sí señalar que existen similitudes con los casos anteriores. Un aspecto insuficientemente comentado es el papel que juega el régimen iraní como proveedor de energía a China; algunas estimaciones apuntan a que el petróleo procedente de Venezuela e Irán suponía casi el 20% del total de importaciones del gigante asiático. En un contexto de guerra por la hegemonía entre Estados Unidos y China, ponerle las cosas más difíciles al rival no es una victoria menor. Como ha demostrado Venezuela, eso no tiene por qué implicar un cambio de régimen, pero sí violencia, sanciones y coerción diplomática al servicio de una estrategia energética más amplia.

Sin duda, hay otros factores en juego. Por ejemplo, la debilidad del régimen iraní, tras las legítimas y necesarias manifestaciones de protesta en su contra, y el interés de Israel de aprovechar cada oportunidad para proseguir con su agenda expansionista. Pero entre todos esos factores posibles, todos complementarios, los que menos importancia real tienen son los que nos interpelan sobre la legitimidad democrática y el respeto a los derechos humanos. Lo curioso es que, aunque débiles, siguen siendo la vieja propaganda a la que se agarran los dirigentes occidentales para justificar ante sus ciudadanos el imperialismo de Estados Unidos. Baste ver que Feijóo ha dicho que «España debe estar con las democracias liberales», como si en Irán se estuviera disputando el futuro de la democracia.

Es tan burdo que no está funcionando. Una encuesta de la CNN señala que el 59% de los estadounidenses desaprueba el ataque sobre Irán; un porcentaje que alcanza el 82% entre los demócratas pero que llega al 23% entre los republicanos. Es de imaginar que entre los europeos los números mostrarán todavía mayor oposición a la intervención militar, tal y como sucedió hace dos décadas respecto a Irak. Quizás a Trump no le importe y tienen razón los que creen que usará cualquier excusa para impedir las próximas elecciones; pero ese no es el caso previsible para Europa.

En ese contexto, conviene poner en valor que el Gobierno de España ha sido uno de los pocos en posicionarse con claridad contra la intervención, reclamando el respeto al derecho internacional en foros donde la mayoría de los socios europeos ha optado por apoyar a Estados Unidos e Israel o ha optado por el silencio cómplice y la ambigüedad calculada. Algunos ya están recogiendo cable y asumiendo posiciones más críticas. Al mismo tiempo, las derechas españolas han optado por el camino opuesto al gobierno: salir en tromba a respaldar la operación militar, alineándose con una política exterior estadounidense que la mayoría de sus propios ciudadanos rechaza. Que la oposición conservadora española sea más trumpista que el electorado republicano medio dice mucho sobre dónde sitúan sus lealtades. Es también un aviso a navegantes por si esta gente llega algún día a gobernar. Quizás Feijóo sueña también con hablar español con acento tejano.