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Hay alguien en el búnker

Imagen de peces payaso en una anémona. EFE/ Theresa Rueger/Universidad de Newcastle.
17 de octubre de 2026 00:28 h

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La biología llama simbiosis a cualquier arreglo por el que dos seres vivos de distinta especie acaban viviendo pegados el uno al otro, y distingue tres modalidades. La primera de ellas es la más amable y es el mutualismo, donde ambos participantes de la simbiosis salen ganando. El mejor ejemplo es el del pez payaso y la anémona; el primero se refugia entre los tentáculos urticantes de la segunda, inmune al veneno, protegiéndolo de los depredadores a cambio de que este espante a los peces que acudan a mordisquearla. Ninguno de los dos podría vivir tan cómodo sin el otro, y el resultado es una relación tan armoniosa que hasta Pixar le dedicó una película entera.

Un escalón por debajo está el comensalismo, término que viene de compartir mantel y que describe un acuerdo tácito en el que uno se beneficia de otro al que el acuerdo entre ambos, dicho mal y pronto, se la pela. La rémora, por ejemplo, viaja adherida a la panza del tiburón con una ventosa, se desplaza gratis y se alimenta de las sobras que caen de sus dentelladas, sin que el escualo note nada. Pero el comensalismo y el mutualismo son dos variantes que, de puro utilitaristas, no vienen al caso en un texto como este que, a fin de cuentas, habla de política; era una cuestión de poner en contexto.

Porque en el último de los tres grandes acuerdos de la biología, está aquel en el que uno vive a costa de la salud del otro: el parasitismo. Aquí el catálogo es muy amplio, de la tenia a la garrapata, pero el caso más refinado es el del cuco, que pone sus huevos en el nido de otros pájaros. Cuando la cría eclosiona, lo primero que hace, todavía ciega, es empujar fuera del nido los huevos de sus anfitriones, que a continuación la alimentan con esmero hasta que les dobla el tamaño. Pese a lo variado del catálogo, el parasitismo tiene una ley de hierro que conoce cualquier estudiante de primero de biología y que, a la vista de lo que estamos viendo, no han terminado de entender en la escuela de cuadros de la calle Zurita: un parásito que mata a su huésped es un mal parásito, porque se queda sin casa. La evolución premia a los que debilitan a su anfitrión lo justo, sin llegar a rematarlo; los demás, no llegan a dejar descendencia.

Viene esto a cuento de la oferta que Podemos ha hecho este pasado jueves a IU, un día antes de que venza el plazo para registrar las coaliciones electorales. La propuesta de la baronía Montero-Iglesias consiste en ir juntos en diez comunidades autónomas: Galicia, Asturias, Cantabria, Euskadi, Navarra, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Murcia, Extremadura y Andalucía, quedando fuera Madrid y Cataluña. En Cataluña, Podemos ya tiene un acuerdo con ERC, que consiste en no presentarse y hacer campaña con Rufián. O sea, que toda la movida previa a estas semanas era iniciar una carrera para ver quién conseguía antes el pacto con Rufián, que, hablando de cosas que requieren de un anfitrión saludable, ha decidido él mismo revolcarse por las hierbas altas de un solar para, acto seguido, sorprenderse por el resultado. 

Unos que vivían en un semisótano eran la familia Kim de la película de Bong Joon-ho de 2019, Parásitos, que pese a que es un filme que se lee -correctamente- en clave de lucha de clases, es también un tratado excelso sobre la paciencia, una virtud que, en lo que a cucos se refiere, distingue al que prospera del que acaba en la calle. Lo que pierde a los Kim es la ambición, que en el fondo es la misma de cualquiera que vive mirando la calle desde el ventanuco: la noche en que se sientan a beberse el whisky de los Park en el salón de los Park, con los pies encima de la mesa de los Park, convencidos de que la casa de los Park ya es suya, es donde todo cambia para ellos. Es la noche de la tormenta, claro, porque en el cine como en la vida el desastre tiene muy buen sentido de la oportunidad.

Lo que viene después de la tormenta lo sabrán quienes hayan visto la película hasta el final, y quienes no, pueden imaginárselo: hay quien termina escondido en el búnker de una casa que nunca fue su casa, mandando mensajes en morse con las luces de la escalera con la esperanza de que alguien lo saque de allí. El 29 de noviembre también va a llover, va a llover a cántaros, y en la casa que hay arriba, donde viven los que nunca necesitaron fingir ser quien no son para entrar en ella, ya han mandado planchar los manteles para la fiesta del jardín. La paciencia, decíamos, es la virtud que distingue al parásito que prospera del que acaba en la calle. La izquierda española, ese guirigay que nos debería representar leva una década demostrando que existe una tercera vía, que es acabar en la puta calle todos a la vez. Los cucos pueden permitirse no saber hacer un nido porque será por árboles en el bosque. En política, en cambio, los árboles se cuentan con los dedos de una mano, y a este paso, en la puerta del búnker va a haber cola para ocultarse de la que se nos viene encima. 

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