Una inversión está más protegida que tu abuela
Era una historia de Ken Loach, protagonizada por alguien pequeño e indefenso golpeado en los huesos por el sistema: porque el porcentaje de discapacidad se quedaba corto, la fecha del contrato no entraba en el plazo correcto y, sobre todo, los buitres habían decidido ensañarse. Los personajes de Loach son maltratados hasta la extenuación por gente sin cara. El agotamiento dio con Maricarmen en el hospital. Confieso que estaba convencida de que no ocurriría. Pensé que a la jueza se le ablandaría el corazón, o que las instituciones presionarían. Pero no. Acabó mal, como las películas de Ken Loach.
Para los políticos hay un momento arriesgado: cuando la realidad entra en escena por la fuerza. Los partidos se esfuerzan en imponer en la agenda los temas más convenientes y el marco de discusión más favorable. El desahucio de Maricarmen es la realidad haciendo saltar por los aires todo cálculo narrativo.
Hace más de 15 años, cuando el 15M ocupó las plazas, el debate sobre la vivienda se centraba en los desahucios. Poco después vimos cómo se forzaba la narrativa de la okupación para hablar de vivienda. Había mucho interés político y mediático en convencernos de que el gran problema era ese. Faltaban los hechos: 25.000 desahucios anuales, frente a 15.000 denuncias de ocupación. Con una gran diferencia: los desahucios son el eslabón más violento del problema de los precios de la vivienda, que condiciona a millones de personas. También fue una gran oportunidad de negocio para las aseguradoras y los vendedores de alarmas.
La realidad de los desahucios ha regresado, pero no seguimos en el mismo sitio, sino en uno peor: hemos dado muchas vueltas, hemos perdido 15 años y mucha gente está sufriendo. Que se vea esta realidad incomoda a muchos, porque da igual que uno sea izquierdista o de derechas: los desahucios, sobre todo de gente vulnerable, nos avergüenzan. No constituyen un modelo conservador de sociedad, sino un modelo cruel, con el que casi nadie se identifica.
En las encuestas del CIS, la vivienda figura como problema grave, primero o segundo, incluso entre quienes se ubican en el 6 y el 7 ideológico, es decir, derecha y centro-derecha. La única manera en que los dirigentes del PP o Junts pueden contrariar a sus votantes es reenmarcando el problema de la vivienda: por eso hablan de okupas e inquiokupas.
Maricarmen acabó en una escena de Ken Loach, saliendo de su casa en camilla, y el país entero se conmocionó. En su rostro cristalizó la pregunta que aún nos estamos haciendo todos: ¿vivimos en un país donde, legalmente -y esta legalidad es lo más siniestro-, se protege más la inversión de dos señores que a una señora de 87 años con un 50% de discapacidad?
Salvo gente como Ayuso y Milei, casi nadie quiere vivir en un país así. Pero esa es la realidad que ha quedado al descubierto esta semana: no queremos vivir en un país que protege más una inversión que a nuestra abuela. Y eso multiplica la presión sobre todos los partidos para alcanzar un acuerdo. El PSOE y Sumar se sienten urgidos a aprobar un decreto ley el próximo martes y, en las semanas siguientes, el resto de los partidos tendrán que pronunciarse.
El mismo día del desahucio de Maricarmen, la prensa preguntó a Alberto Núñez Feijóo sobre ello: “Vengo a otra cosa”, dijo. Lo malo con Feijóo es que no sabemos bien a qué ha venido. Con Ayuso no hay duda: vino a continuar dando guiones a Ken Loach mediante la operación en la que lleva más de una década el PP de Madrid. Vendieron casi 5.000 viviendas públicas a fondos buitre en 2012 y 2013. El efecto llamada fue inmediato: desde entonces en el cielo de Madrid sobrevuelan gentes sin rostro que no nos ven como una ciudad con personas dentro, sino como un recurso a explotar.
Somos un país que avanza cuando los medios humanizan un problema complejo. Ocurrió con el asesinato de Ana Orantes en 1997. Su muerte obligó a mirar una realidad violenta que el juez había ordenado legalmente. Espero que la desgracia de Maricarmen surta el mismo efecto. Y esto vale para el Gobierno progresista: si ha venido a algo es a solucionar este problema.