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La izquierda y el arte olvidado de sonreír

20 de mayo de 2026 22:33 h

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Zohran Mamdani sonríe cuando anuncia sus nuevas medidas para Nueva York. Zack Polanski sonríe cuando en nombre de los Verdes del Reino Unido habla de trabajo garantizado y critica a las teorías económicas convencionales. José Ignacio García, candidato de Adelante Andalucía, apenas ha dejado de sonreír en toda la campaña. Las tres sonrisas trasladan continuamente la impresión de que son personas alegres y que tienen la esperanza de que las medidas que proponen van a servir para mejorar la vida de las personas que les rodean. No importa que lo que estén diciendo sea, en realidad, muy serio; y tampoco parece que les afecte la cantidad de odio que les dedican sus rivales. Sus sonrisas no se antojan impostadas sino parte de un proyecto que busca tener atractivo político y comunicativo.

Es parte de la semiótica en política, es decir, de cómo los seres humanos utilizamos los signos y los símbolos para transmitir significados. En política nosoloo queremos decir algo —una “verdad como un puño”, por ejemplo— sino que aspiramos a convencer a la mayoría de los receptores de nuestro mensaje. Y en una política mediatizada eso es tan o más importante que el contenido mismo: como mínimo, la forma en la que transmitimos determinará los límites de nuestro mensaje. Pero esta es una descripción de la política que resulta incómoda y antipática para una parte notable de la izquierda.

A riesgo de hacer un trazo demasiado grueso, una parte de la izquierda es extraordinariamente racionalista. La consigna de “programa, programa, programa” se concibió para explicar el sentido de los (des)acuerdos entre partidos, pero en la práctica se ha convertido en un canto a la racionalidad política. Desde este punto de vista, los partidos ofrecen programas de cientos de páginas que los votantes evaluarían antes de votar, como si la reflexión racional operara con absoluta claridad en cada cabeza. Que un dirigente sonría o no es, desde ahí, completamente irrelevante: lo básico es formular “las verdades” y esperar que la gente las reconozca como de su interés propio. Una identificación racional.

Este racionalismo, sin embargo, es también una coraza. En un contexto que algunos hemos descrito como una verdadera depresión emocional de las gentes de izquierdas —impotencia ante el avance reaccionario, fatiga acumulada, ausencia de horizonte—, la seriedad programática y la gestión gris protege del ridículo y del fracaso. Y, además, por qué no decirlo, es mucho más cómodo. Resulta mucho más complicado tener que lidiar con las contradicciones cotidianas que quedan encerradas en nuestras vidas de seres emocionales, que ríen y lloran tanto por lo importante como por lo accesorio. Y mientras tanto, el terreno emocional politizado, que es el que está moviendo a las grandes mayorías, lo ocupa casi en solitario la extrema derecha.

La realidad es que ni los votantes leen esos programas de páginas infinitas ni tampoco votan pensando en esos códigos. Por el contrario, la política realmente existente está mucho más atravesada por la emocionalidad en contextos históricamente específicos. Y, actualmente, una parte creciente de la población vota a partir de su identificación con el candidato que encarna el proyecto a representar. Pero esa identificación no es puramente racional —“le voto porque piensa lo mismo que yo”— sino que está influida por las emociones, intuiciones y sensaciones que despierta su propia forma de expresarse. De ahí que los asesores políticos profesionalizados dediquen denodados esfuerzos en construir, reformar e incluso inventar relatos atractivos para los candidatos; trasladando la idea de que son los más sencillos y cercanos, gente confiable que tiene la intención de mejorar la vida de los demás. En este sentido, sonreír está a la altura de los programas políticos; es, por decirlo así, una expresión no verbal de un mensaje político. Con algunos es más fácil, porque es genuino, y con otros es verdaderamente digno de un premio Goya.

Javier Arenas, por ejemplo, fue el eterno candidato del PP andaluz, y aparecía ante la población como un señorito andaluz que estaba a dos votos de convertirse en un tirano. Siempre estaba serio, y parecía desconectado de los problemas reales de sus potenciales votantes. No por casualidad, Moreno Bonilla lleva años intentando evitar esa imagen, y en esta campaña tampoco ha dejado de aparecer como un ser humano corriente que, además, viste como cualquiera de nosotros en un día normal. Y también ha intentado sonreír en todo momento, aunque de una forma tan forzada que en ocasiones lo ha hecho incluso cuando no correspondía. Quizás eso demostraba falta de convencimiento, pero también que detrás había una estrategia de comunicación: una que es consciente de la importancia de la semiótica.

El crecimiento de Adelante Andalucía tiene varios factores detrás, no solo uno; lo mismo puede decirse de la resistencia de Por Andalucía dadas las actuales circunstancias. Habrá tiempo para ir desglosando todos esos elementos, pero ahora sí quisiera destacar que el candidato de Adelante, Jose Ignacio García, ha aparecido ante la población como un hombre alegre y comprometido. La radicalidad de su mensaje no ha correlacionado con la faz taciturna y grisácea a la que estamos acostumbrados en los dirigentes de izquierdas —yo el primero—, sino que se ha expresado con una comunicación no verbal basada en ofrecer una promesa de alivio y esperanza. Ha conseguido, en apenas unas semanas, que mucha gente que no le conocía de nada conectara con su forma de comunicar y que se identificara con él: su comunicación parecía fresca y no enlatada y, sobre todo, abierta a futuros con algo de luz. Eso, en un contexto de depresión emocional de la izquierda, no es poca cosa incluso aunque no sea suficiente.

No se trata de elegir entre organización y comunicación, ni de oponer hiperliderazgo a procesos colectivos —como si Lenin no hubiera sido un hiperliderazgo por carecer de TikTok—. Se trata de algo más simple: para conectar con la población no basta con decirle “verdades” que probablemente ya intuye; hay que identificar sus estados de ánimo y construir una relación a partir de ahí. Los bolcheviques no hicieron la revolución leyendo El Capital en voz alta. Si acaso había una materialidad escrita, esa tenía que ver con tres palabras —Paz, Pan y Trabajo— que cualquiera podía repetir y que condensaban demandas materiales del día a día en una sola promesa de futuro. Eso también es semiótica: símbolos y signos que expresan significados. 

Los retos de la izquierda son múltiples y muy grandes, especialmente de cara a las próximas elecciones generales. Pero podríamos comenzar con un paso humilde: reconocer que la semiótica de Mamdani, Polanski y García resulta mucho más atractiva para un pueblo que parece haber perdido la esperanza en que haya alternativa a un gobierno reaccionario. Cuando la vida cotidiana de las clases populares está atravesada por la ansiedad climática, la precariedad permanente y una guerra cultural sin tregua, la promesa de alivio adquiere un valor de uso que antes no tenía. La extrema derecha vende ira, y el espacio del alivio y la esperanza está vacío. Y lo que lo ocupa con credibilidad, gana. Por eso sería conveniente tomar nota antes de la próxima cita con las urnas.