El otro lado del Gobierno (o el niño melón)

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No sé cuánto de boomer hay que ser para recordar con una sonrisa las dos comedias de Martínez-Lázaro que nos reconciliaron con una suerte de musical ochentero. Me refiero a El otro lado de la cama y Los dos lados de la cama. Si te pillaron en la cuna, nunca es mal momento para volver a verlas. Ingenuamente divertidas, tal vez pertenecían a otra sociedad que estaba dispuesta a ser ligera y amigable. Me he acordado de ellas porque mientras veía la reposición de 2022, esa que podríamos llamar “El otro lado del Gobierno” y su secuela “Los dos lados del Gobierno”, en torno a la polémica Garzón que no es sino una reedición de otras muchas anteriores. 

El Gobierno tiene todavía dos años por delante, que se les van a hacer eternos a muchos y, sin duda, al líder de la oposición. El Gobierno ha capeado con soltura unos acontecimientos que jamás pudo sospechar —una pandemia mundial y sus consecuencias, la paralización de la economía, la reactivación de la misma y hasta una erupción volcánica— y aún tiene mucho por hacer pero sigue teniendo pendiente en mi opinión el perfeccionamiento de un gobierno de coalición y una gestión de la misma que no se convierta en un regocijo permanente para la oposición. Tiene bastante con inventar y falsear y esbozar permanentemente un país en el caos, que para mí resulta irreconocible, como para tener que brindarles además asideros. En la cama del Gobierno no puede haber dos lados y, mucho menos, no puede haber cohabitantes que no se encuentren y que se orillen a ver si uno se cae por el larguero y sin canción de Alaska que interpretar. 

La polémica en torno a las declaraciones de Alberto Garzón es sólo un ejemplo. Que todo puede ser muy agenda 2030 —dice un lado de la cama— pero que no es buena idea decir en un país importador que exportas carne de peor calidad, y abrir el confuso melón para el consumidor británico sobre lo que estás enviando, amén de poner en solfa a un sector que es relevante en un momento electoral como el actual —que estoy segura que piensan en la otro—. Como en los vodeviles de pareja ni el rejón de Page es digno de aplauso ni la contumacia de Garzón en no reconocer que pudo decirlo de otro modo es buena para que en el centro de la cama haya calorcito. En caso de disensión, sería mil veces más aconsejable que se encerraran en Moncloa a tirarse los trastos, como cónyuges bien avenidos, y que luego salieran de casa con una sonrisa y con una versión común para desactivar a la oposición. Lo mismo pasa cuando se tercia llamar corrupta a la vicepresidenta Calviño y en un lado de la cama se oye un silencio más ruidoso que un ronquido. Así todo. No gusta a los votantes propios y enardece a los ajenos. Mal plan. 

No hay en nuestro país cultura de gobierno de coalición pero no creo que este vodevil, aunque no tenga consecuencias, sea la mejor forma de crearla. Que Garzón diga públicamente que no tiene ningún miedo por su cartera —porque sabe que es la cuota de IU en la coalición y que UP no lo dejará caer— es una verdad como un templo de las que también se podía guardar. Que el presidente del Gobierno lo deplore y lo vuelva a deplorar y que sepamos que el ninguneo es de tal calibre que ni ha hablado con su ministro sino que lo ha hecho con vicepresidenta. Llevo dos días aguantando a los adalides de decir siempre las verdades aunque sean extemporáneas y así nos va. Pues no, sea verdad o no que Sánchez no es presidente de una parte del Consejo —no puede cesarlos so pena de romper la coalición— y que ciertos ministros sólo pasaban por ahí, sin que se les eche ni cuenta, no hay por qué andar exhibiéndolo ni alentando que hasta los votantes de uno y otro partido coaligados se den de garrotazos. No es bonito ni divertido. No es chulo. 

Chulísimas son muchas de las cosas que ha hecho el Gobierno en estos dos años y no han sabido comunicarlas, en palabras de la vicepresidenta Yolanda Díaz. Una dolorosa confesión para una líder que ha tenido que pedir a su partido que se deje de llenar las redes de tuits y para otro partido, como el PSOE, con una trayectoria de gobierno que les debía de hacer expertos en marcar agenda. Cierto que se han perdido dos años con los jueguecitos de prestidigitación de Iván Redondo pero ya va siendo hora de reparar en que cualquier Gobierno, hasta el más torpe, tiene todas las posibilidades de rentabilizar bien lo que hace. Es tan importante casi como hacerlo. Casi tanto como parecer que te llevas bien y que eres un órgano colegiado y no divorciado. 

Sabemos que se va a apurar la legislatura y creo que hasta Casado se ha convencido ya. Nos gustaría además no asistir a tiroteos, por mucho que no llegue la sangre al río. Es bastante con la difícil tarea de hallar discursos distintos antes de las elecciones sin que sean tan crudos que impidan volver a pactar. No hace falta que le añadan emoción a base de desencuentros o, si lo hacen, háganlo con gracia como en las comedias de las que les hablaba. Dennos la impresión de que están ilusionados y bien avenidos y de que encaran con energía estos dos años en los que queda tanta tarea por hacer. 

Tienen enfrente a la peor oposición de todos los tiempos. Lo sabemos. Asúmanlo y échenle guion y cintura. Y si hace falta que un ministro salga de una situación conflictiva haciendo el niño melón, lo sabremos apreciar mejor que si se hacen un Otelo sanguinolento. Llamen a Willy para un cameo y si quieren les hacemos los coros, pero no vivan permanentemente al otro lado unos de otros. No tenemos otra opción. 

No sé cuánto de boomer hay que ser para recordar con una sonrisa las dos comedias de Martínez-Lázaro que nos reconciliaron con una suerte de musical ochentero. Me refiero a El otro lado de la cama y Los dos lados de la cama. Si te pillaron en la cuna, nunca es mal momento para volver a verlas. Ingenuamente divertidas, tal vez pertenecían a otra sociedad que estaba dispuesta a ser ligera y amigable. Me he acordado de ellas porque mientras veía la reposición de 2022, esa que podríamos llamar “El otro lado del Gobierno” y su secuela “Los dos lados del Gobierno”, en torno a la polémica Garzón que no es sino una reedición de otras muchas anteriores. 

El Gobierno tiene todavía dos años por delante, que se les van a hacer eternos a muchos y, sin duda, al líder de la oposición. El Gobierno ha capeado con soltura unos acontecimientos que jamás pudo sospechar —una pandemia mundial y sus consecuencias, la paralización de la economía, la reactivación de la misma y hasta una erupción volcánica— y aún tiene mucho por hacer pero sigue teniendo pendiente en mi opinión el perfeccionamiento de un gobierno de coalición y una gestión de la misma que no se convierta en un regocijo permanente para la oposición. Tiene bastante con inventar y falsear y esbozar permanentemente un país en el caos, que para mí resulta irreconocible, como para tener que brindarles además asideros. En la cama del Gobierno no puede haber dos lados y, mucho menos, no puede haber cohabitantes que no se encuentren y que se orillen a ver si uno se cae por el larguero y sin canción de Alaska que interpretar. 

La polémica en torno a las declaraciones de Alberto Garzón es sólo un ejemplo. Que todo puede ser muy agenda 2030 —dice un lado de la cama— pero que no es buena idea decir en un país importador que exportas carne de peor calidad, y abrir el confuso melón para el consumidor británico sobre lo que estás enviando, amén de poner en solfa a un sector que es relevante en un momento electoral como el actual —que estoy segura que piensan en la otro—. Como en los vodeviles de pareja ni el rejón de Page es digno de aplauso ni la contumacia de Garzón en no reconocer que pudo decirlo de otro modo es buena para que en el centro de la cama haya calorcito. En caso de disensión, sería mil veces más aconsejable que se encerraran en Moncloa a tirarse los trastos, como cónyuges bien avenidos, y que luego salieran de casa con una sonrisa y con una versión común para desactivar a la oposición. Lo mismo pasa cuando se tercia llamar corrupta a la vicepresidenta Calviño y en un lado de la cama se oye un silencio más ruidoso que un ronquido. Así todo. No gusta a los votantes propios y enardece a los ajenos. Mal plan. 

No hay en nuestro país cultura de gobierno de coalición pero no creo que este vodevil, aunque no tenga consecuencias, sea la mejor forma de crearla. Que Garzón diga públicamente que no tiene ningún miedo por su cartera —porque sabe que es la cuota de IU en la coalición y que UP no lo dejará caer— es una verdad como un templo de las que también se podía guardar. Que el presidente del Gobierno lo deplore y lo vuelva a deplorar y que sepamos que el ninguneo es de tal calibre que ni ha hablado con su ministro sino que lo ha hecho con vicepresidenta. Llevo dos días aguantando a los adalides de decir siempre las verdades aunque sean extemporáneas y así nos va. Pues no, sea verdad o no que Sánchez no es presidente de una parte del Consejo —no puede cesarlos so pena de romper la coalición— y que ciertos ministros sólo pasaban por ahí, sin que se les eche ni cuenta, no hay por qué andar exhibiéndolo ni alentando que hasta los votantes de uno y otro partido coaligados se den de garrotazos. No es bonito ni divertido. No es chulo. 

Chulísimas son muchas de las cosas que ha hecho el Gobierno en estos dos años y no han sabido comunicarlas, en palabras de la vicepresidenta Yolanda Díaz. Una dolorosa confesión para una líder que ha tenido que pedir a su partido que se deje de llenar las redes de tuits y para otro partido, como el PSOE, con una trayectoria de gobierno que les debía de hacer expertos en marcar agenda. Cierto que se han perdido dos años con los jueguecitos de prestidigitación de Iván Redondo pero ya va siendo hora de reparar en que cualquier Gobierno, hasta el más torpe, tiene todas las posibilidades de rentabilizar bien lo que hace. Es tan importante casi como hacerlo. Casi tanto como parecer que te llevas bien y que eres un órgano colegiado y no divorciado. 

Sabemos que se va a apurar la legislatura y creo que hasta Casado se ha convencido ya. Nos gustaría además no asistir a tiroteos, por mucho que no llegue la sangre al río. Es bastante con la difícil tarea de hallar discursos distintos antes de las elecciones sin que sean tan crudos que impidan volver a pactar. No hace falta que le añadan emoción a base de desencuentros o, si lo hacen, háganlo con gracia como en las comedias de las que les hablaba. Dennos la impresión de que están ilusionados y bien avenidos y de que encaran con energía estos dos años en los que queda tanta tarea por hacer. 

Tienen enfrente a la peor oposición de todos los tiempos. Lo sabemos. Asúmanlo y échenle guion y cintura. Y si hace falta que un ministro salga de una situación conflictiva haciendo el niño melón, lo sabremos apreciar mejor que si se hacen un Otelo sanguinolento. Llamen a Willy para un cameo y si quieren les hacemos los coros, pero no vivan permanentemente al otro lado unos de otros. No tenemos otra opción. 

No sé cuánto de boomer hay que ser para recordar con una sonrisa las dos comedias de Martínez-Lázaro que nos reconciliaron con una suerte de musical ochentero. Me refiero a El otro lado de la cama y Los dos lados de la cama. Si te pillaron en la cuna, nunca es mal momento para volver a verlas. Ingenuamente divertidas, tal vez pertenecían a otra sociedad que estaba dispuesta a ser ligera y amigable. Me he acordado de ellas porque mientras veía la reposición de 2022, esa que podríamos llamar “El otro lado del Gobierno” y su secuela “Los dos lados del Gobierno”, en torno a la polémica Garzón que no es sino una reedición de otras muchas anteriores. 

El Gobierno tiene todavía dos años por delante, que se les van a hacer eternos a muchos y, sin duda, al líder de la oposición. El Gobierno ha capeado con soltura unos acontecimientos que jamás pudo sospechar —una pandemia mundial y sus consecuencias, la paralización de la economía, la reactivación de la misma y hasta una erupción volcánica— y aún tiene mucho por hacer pero sigue teniendo pendiente en mi opinión el perfeccionamiento de un gobierno de coalición y una gestión de la misma que no se convierta en un regocijo permanente para la oposición. Tiene bastante con inventar y falsear y esbozar permanentemente un país en el caos, que para mí resulta irreconocible, como para tener que brindarles además asideros. En la cama del Gobierno no puede haber dos lados y, mucho menos, no puede haber cohabitantes que no se encuentren y que se orillen a ver si uno se cae por el larguero y sin canción de Alaska que interpretar.