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OPINIÓN | 'Viviendo sobre arenas movedizas', por Rosa María Artal

El marco de la extrema derecha

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El miedo es una herramienta eficaz de paralización social. Es, según la Real Academia de la Lengua, una “angustia por un riesgo o daño real o imaginario”, un “recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.

En su libro La economía del miedo Joaquín Estefanía lo define como “arma de dominación política y control social; el miedo como herramienta masiva en la guerra de clases”. La periodista Patricia Simón, autora del libro Miedo, publicado este año, explica que “nuestro miedo interesa a quienes nos quieren sometibles y explotables”. Cuando la ideología del miedo se hace fuerte, todo vale. El miedo produce desconfianza y conflicto. Bajo su influencia todo es justificable, en nombre de la libertad y de los derechos. Incluso la barbarie.

Uno de los máximos miedos actuales, jaleados por varios sectores, es el miedo a la migración, chivo expiatorio de esta década. Se ha llegado a decir que la llegada de personas extranjeras es una declaración de guerra. Madres con su hijos cruzando la fronteras serían equivalentes a misiles que deben ser evitados y respondidos.

Polonia, ese país gobernado por la ultraderecha que niega derechos a las mujeres y a la comunidad LGTBI, empleó ya hace meses el término ‘ataque híbrido’ para definir la llegada desde Bielorrusia de unos pocos miles de migrantes sirios, afganos e iraquíes, a quienes presentó como armas potenciales que “usan a los niños para cruzar. [Les dicen]: ‘lleva a los niños, bésalos, luce cansado y sucio’. Varios menores murieron por hipotermia, el Gobierno polaco les negó atención médica e impidió el acceso a cooperantes y periodistas. También mintió a través de dos de sus ministros, atribuyendo a esas personas prácticas de zoofilia, con pruebas falsas, con la voluntad de estigmatizarlas.

Pero no solo un Gobierno de ultraderecha agitó el concepto de ‘guerra híbrida’ para referirse a personas migrantes desarmadas. La propia OTAN asumió el término para la frontera polaca, e incluso en el seno de la Alianza Atlántica se debatió si ante este tipo de ‘ataques híbridos’ se podía invocar el artículo 5, que contempla el uso de la fuerza armada como respuesta ante una ofensiva. También la Unión Europea ha terminado empleando el concepto ‘guerra híbrida’ en referencia a la llegada de personas migrantes a nuestras fronteras.

Aquí en España el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, acaba de pedir a la OTAN que incluya la inmigración en el flanco sur como “amenaza híbrida”: “Queremos que se reconozca que existen serias amenazas procedentes del flanco sur. El terrorismo, la ciberseguridad, el uso político de los recursos energéticos o la migración irregular de forma conjunta pueden quebrar nuestra soberanía”, decía hace pocos días. Su referencia a la migración irregular colocada en el mismo saco que el terrorismo implica una equiparación de dos fenómenos que son extremadamente diferentes. Sin embargo, su afirmación no ha generado escándalo, porque las propias políticas migratorias de la Unión Europea llevan tiempo señalando la migración como un peligro.

Los gobiernos europeos niegan derechos y libertades de las personas migrantes, fomentan condiciones indignas, expulsan y practican devoluciones en caliente, criminalizan la solidaridad -multando a quienes ayudan y obstaculizando rescates-, participan en conflictos militares en el Sahel, en el negocio de la guerra y de las fronteras.

Se está produciendo una clasificación cada vez más perversa de las personas migrantes, se evalúa su grado de utilidad y en función de ello se establece cuán humanas pueden ser consideradas, quiénes merecen ser expulsadas, quiénes maltratadas, quiénes encerradas en centros de internamiento, quiénes condenadas a vivir de forma clandestina, quiénes despojadas de todo derecho, quiénes asesinadas. Su persecución se realiza a través de un procedimiento burocrático normalizado y ejecutado por funcionarios que cumplen órdenes.

Ninguna autoridad se esfuerza por aclarar a las sociedades europeas que las personas migrantes no son una amenaza que merece contestación con las armas. Con ello nos están arrastrando al marco discursivo de la extrema derecha. Como explicó Hannah Arendt, no solo hay que prestar atención a los números, sino al procedimiento. La comunidad judía fue presentada en el siglo pasado como “la causa de todos los males” a través de un proceso que normalizó su deshumanización. Del mismo modo ahora la inmigración es presentada como la causa de todas las crisis. Las personas migrantes son los judíos del siglo XXI.

Ahora que con la guerra en Ucrania se extiende la ideología del miedo -propicia para el control y la dominación- se pretende dar un paso más en esa justificación de la violencia contra personas que huyen de pobrezas, saqueos, crisis climática e intervenciones militares provocados por el primer mundo.

El discurso de la extrema derecha está siendo legitimado desde las instituciones, con hechos y con palabras. Aumenta el gasto en defensa para hacer frente a personas desarmadas. Se señala la inmigración como uno de los grandes peligros. Algunas tesis fascistas ya están aquí disfrazadas de democracia. Pero después los mandatarios se preguntan, alarmados, cómo es posible que importantes porcentajes de la población acepten los postulados de Vox.

El miedo es una herramienta eficaz de paralización social. Es, según la Real Academia de la Lengua, una “angustia por un riesgo o daño real o imaginario”, un “recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.

En su libro La economía del miedo Joaquín Estefanía lo define como “arma de dominación política y control social; el miedo como herramienta masiva en la guerra de clases”. La periodista Patricia Simón, autora del libro Miedo, publicado este año, explica que “nuestro miedo interesa a quienes nos quieren sometibles y explotables”. Cuando la ideología del miedo se hace fuerte, todo vale. El miedo produce desconfianza y conflicto. Bajo su influencia todo es justificable, en nombre de la libertad y de los derechos. Incluso la barbarie.

Uno de los máximos miedos actuales, jaleados por varios sectores, es el miedo a la migración, chivo expiatorio de esta década. Se ha llegado a decir que la llegada de personas extranjeras es una declaración de guerra. Madres con su hijos cruzando la fronteras serían equivalentes a misiles que deben ser evitados y respondidos.

Polonia, ese país gobernado por la ultraderecha que niega derechos a las mujeres y a la comunidad LGTBI, empleó ya hace meses el término ‘ataque híbrido’ para definir la llegada desde Bielorrusia de unos pocos miles de migrantes sirios, afganos e iraquíes, a quienes presentó como armas potenciales que “usan a los niños para cruzar. [Les dicen]: ‘lleva a los niños, bésalos, luce cansado y sucio’. Varios menores murieron por hipotermia, el Gobierno polaco les negó atención médica e impidió el acceso a cooperantes y periodistas. También mintió a través de dos de sus ministros, atribuyendo a esas personas prácticas de zoofilia, con pruebas falsas, con la voluntad de estigmatizarlas.

Pero no solo un Gobierno de ultraderecha agitó el concepto de ‘guerra híbrida’ para referirse a personas migrantes desarmadas. La propia OTAN asumió el término para la frontera polaca, e incluso en el seno de la Alianza Atlántica se debatió si ante este tipo de ‘ataques híbridos’ se podía invocar el artículo 5, que contempla el uso de la fuerza armada como respuesta ante una ofensiva. También la Unión Europea ha terminado empleando el concepto ‘guerra híbrida’ en referencia a la llegada de personas migrantes a nuestras fronteras.

Aquí en España el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, acaba de pedir a la OTAN que incluya la inmigración en el flanco sur como “amenaza híbrida”: “Queremos que se reconozca que existen serias amenazas procedentes del flanco sur. El terrorismo, la ciberseguridad, el uso político de los recursos energéticos o la migración irregular de forma conjunta pueden quebrar nuestra soberanía”, decía hace pocos días. Su referencia a la migración irregular colocada en el mismo saco que el terrorismo implica una equiparación de dos fenómenos que son extremadamente diferentes. Sin embargo, su afirmación no ha generado escándalo, porque las propias políticas migratorias de la Unión Europea llevan tiempo señalando la migración como un peligro.

Los gobiernos europeos niegan derechos y libertades de las personas migrantes, fomentan condiciones indignas, expulsan y practican devoluciones en caliente, criminalizan la solidaridad -multando a quienes ayudan y obstaculizando rescates-, participan en conflictos militares en el Sahel, en el negocio de la guerra y de las fronteras.

Se está produciendo una clasificación cada vez más perversa de las personas migrantes, se evalúa su grado de utilidad y en función de ello se establece cuán humanas pueden ser consideradas, quiénes merecen ser expulsadas, quiénes maltratadas, quiénes encerradas en centros de internamiento, quiénes condenadas a vivir de forma clandestina, quiénes despojadas de todo derecho, quiénes asesinadas. Su persecución se realiza a través de un procedimiento burocrático normalizado y ejecutado por funcionarios que cumplen órdenes.

Ninguna autoridad se esfuerza por aclarar a las sociedades europeas que las personas migrantes no son una amenaza que merece contestación con las armas. Con ello nos están arrastrando al marco discursivo de la extrema derecha. Como explicó Hannah Arendt, no solo hay que prestar atención a los números, sino al procedimiento. La comunidad judía fue presentada en el siglo pasado como “la causa de todos los males” a través de un proceso que normalizó su deshumanización. Del mismo modo ahora la inmigración es presentada como la causa de todas las crisis. Las personas migrantes son los judíos del siglo XXI.

Ahora que con la guerra en Ucrania se extiende la ideología del miedo -propicia para el control y la dominación- se pretende dar un paso más en esa justificación de la violencia contra personas que huyen de pobrezas, saqueos, crisis climática e intervenciones militares provocados por el primer mundo.

El discurso de la extrema derecha está siendo legitimado desde las instituciones, con hechos y con palabras. Aumenta el gasto en defensa para hacer frente a personas desarmadas. Se señala la inmigración como uno de los grandes peligros. Algunas tesis fascistas ya están aquí disfrazadas de democracia. Pero después los mandatarios se preguntan, alarmados, cómo es posible que importantes porcentajes de la población acepten los postulados de Vox.

El miedo es una herramienta eficaz de paralización social. Es, según la Real Academia de la Lengua, una “angustia por un riesgo o daño real o imaginario”, un “recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.

En su libro La economía del miedo Joaquín Estefanía lo define como “arma de dominación política y control social; el miedo como herramienta masiva en la guerra de clases”. La periodista Patricia Simón, autora del libro Miedo, publicado este año, explica que “nuestro miedo interesa a quienes nos quieren sometibles y explotables”. Cuando la ideología del miedo se hace fuerte, todo vale. El miedo produce desconfianza y conflicto. Bajo su influencia todo es justificable, en nombre de la libertad y de los derechos. Incluso la barbarie.