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Tú no sabes lo que es pasar frío

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Si quieres pasar frío, vente a Sevilla. Que sí, no me mires así, ni hagas caso a la previsión del tiempo que dice que hoy tenemos una mínima de seis grados, que ya la querrían muchas provincias. Tampoco te creas eso de que los sevillanos disfrutamos de inviernos templados. Vente unos días a un piso sevillano y verás lo que es pasar frío. Te vale igual un piso cordobés, incluso malagueño con su invierno tan benévolo que atrae a jubilados escandinavos. O una casa en cualquier pueblo andaluz. En la calle se está de gloria, de puertas adentro todos sin salir de la mesa camilla.

Los sevillanos pasamos frío tantos meses como calor, pero es un frío indoor. Convencidos desde hace generaciones de que aquí no hace frío, nuestras viviendas están preparadas para el verano (en muchos casos tampoco) y totalmente descuidadas para el invierno, más descuidadas cuanto más baja sea la renta familiar, que el frío va por barrios. La mayoría vivimos en pisos con materiales baratos y mal aislados, y tampoco instalamos calefacción porque aquí no hace falta (como tampoco compramos buena ropa de abrigo; a los sevillanos se nos reconoce fácilmente cuando viajamos más al norte, con solo ver nuestro atuendo). Total, el frío-frío son solo unos días, nos decimos cada año, olvidados de que el año anterior pasamos frío de noviembre a febrero. El padre de una amiga usa bufanda para estar en casa, y no vive precisamente en una infravivienda.

Perdón por desviarme hoy de las urgencias informativas, pero cada año por estas fechas, en cuanto baja el termómetro, tengo necesidad de escribir sobre el frío. Con la edad, y sobre todo desde que me mudé a Sevilla, me he vuelto más sensible a las bajas temperaturas. Y eso que el mío es un frío de familia de clase media que puede permitirse unos meses de factura eléctrica disparada por los radiadores, y que además trabaja en interior. Pero en cuanto saco un pie de la cama o tengo que cruzar el páramo que se extiende entre el baño y el dormitorio, pienso en tanta gente que estos días pasa frío, pero frío de verdad.

Pocas cosas me despiertan más empatía y compasión. La sociedad de la nieve me espantó no por el canibalismo sino por las heladas extremas que sufrieron. Lo mismo cuando leo sobre cualquier guerra europea donde intervino “el general invierno”. Sobra decir que el episodio que más me horroriza de nuestra guerra es la Batalla de Teruel. Si visito un castillo pienso en quienes soportaron inviernos entre sus muros, y aún peor fuera de ellos. Hasta un bello cuadro de Brueghel El Viejo me conmueve por lo que debían de pasar esas pobres gentes del siglo XVI. Me espeluznan los relatos antiguos de expediciones antárticas, y los alpinistas himalayos que pierden dedos, orejas y la nariz por congelación.

Me caen mal quienes al final del verano dicen eso tan gracioso de “qué ganas tengo de que llegue el frío”. Gente que no conoce el frío, que se sabe a salvo del verdadero frío, que puede ver la nieve desde el salón a veinte grados. El frío debería ser el quinto jinete del Apocalipsis, tan cruel como el hambre, más invisible que esta: a los hambrientos los vemos consumirse, no nos damos cuenta de quienes tienen el frío dentro del cuerpo durante meses. Pocos indicadores tan rotundos de pobreza y desigualdad, sin necesidad de que apellidemos “energética” a lo que es pobreza sin más.

Mi frío de mentirijilla me hace pensar siempre en trabajadores a la intemperie, jornaleros recogiendo aceitunas, enfermos que el frío se lleva por delante, vecinos asfixiados por braseros y calefacciones de mala combustión, personas sin techo -en invierno se les ve menos, bajo cartones o metidos en sacos-, migrantes malviviendo junto a invernaderos, familias en infraviviendas -las chabolas de siempre ahora son verticales-, gente que no tiene recursos para calentar la casa, y por supuesto los olvidados de la Cañada Real. Mi frío de este enero de 2026 me hace también pensar en los gazatíes invisibilizados por “la paz” y cuyo frío de casa en ruinas o tienda de campaña no escandaliza a nadie -ocho bebés muertos en lo que va de invierno-, o en las ciudades ucranianas sin electricidad otro crudísimo invierno.

Me quejo mucho, pero yo no sé lo que es el verdadero frío, y seguramente tú tampoco. Afortunados.