¿Una nueva batalla de Wad-Ras?
Nunca le he prestado demasiada atención a las elecciones legislativas en Marruecos, sé perfectamente quién manda allí: Hassan II en mis años mozos de corresponsal en Rabat, su hijo Mohamed VI desde 1999. A lo sumo, estos comicios, que suelen tener una escasa participación popular, sirven para reflejar la correlación de fuerzas en el seno del majzén, la élite del país.
Leo que las legislativas celebradas este miércoles 23 de septiembre pueden concluir con el nombramiento como primer ministro de Fouki Lekjaa, el presidente de la Real Federación Marroquí de Fútbol. No me extrañaría: los excelentes resultados de la selección marroquí en los dos últimos mundiales han sido alegrías compartidas por la gran mayoría de sus compatriotas. Aún más, la participación como organizador de Marruecos, junto a España y Portugal, en el mundial de 2030 es el gran pretexto para la actual mejora de las infraestructuras en el país magrebí, algo semejante a lo que supusieron para España los fastos de 1992.
Pero no solo de balompié vive el ser humano. A comienzos del otoño de 2025, ya se registraron en Marruecos protestas callejeras de los más jóvenes, la llamada generación Z. Pedían que se gastara menos dinero en construir estadios de fútbol y más en sanidad y educación públicas, en fomento del empleo y aumento de los salarios. Y hace dos meses, más de 70.000 chavales y chavalas se anticiparon a las legislativas al escapar de Marruecos y penetrar a la brava en Ceuta.
Acaba de decir Pedro Sánchez en Nueva York que las autoridades marroquíes fallaron a finales de julio en materia de control de su frontera con Ceuta. Es una perogrullada y supongo que, si Sánchez no la había explicitado antes, fue tan solo por no liarla más. Al fin y al cabo, se necesita la colaboración marroquí para repatriar a la mayor parte posible de esos miles de migrantes que todavía deambulan por Ceuta.
Por acción, omisión o ambas cosas a la vez, Marruecos metió mucho la pata facilitando el asalto masivo a Ceuta. No solo porque ha prendido fuego a la leña de la morofobia y la islamofobia de la derecha carpetovetónica, que ni de coña quiere que se resuelva esta crisis. No solo porque ha puesto en serios apuros a un Gobierno de Sánchez que venía practicando la política de buena vecindad con el país magrebí. También, y sobre todo, porque ha desvelado clamorosamente el malestar de la juventud marroquí. Pese al discurso oficial sobre lo bien que va el país, decenas de miles de niños, adolescentes y jóvenes están dispuestos a jugarse sus vidas para alcanzar lo que ellos ven como el sueño español y europeo.
El Marruecos de Mohamed VI es mejor que el de Hassan II, lo dice alguien que vivió allí en los llamados años de plomo. Pero ese alguien, un servidor de ustedes, constata también con pesar que el reinado de Mohamed VI no ha suplido las enormes carencias de Marruecos en materia de libertades, derechos y justicia social. Aunque menos asfixiante que tantos otros países árabes y musulmanes, resulta evidente que Marruecos no es un Canadá democrático que pueda asociarse de modo natural a la Unión Europea.
Siempre esperpéntica, Isabel Díaz Ayuso ha dicho que, de ser ella presidenta del Gobierno español, habría roto las relaciones con Marruecos. Es una tremenda gilipollez, créanme. Entre incorporar a Marruecos a la Unión Europea y romper relaciones con el vecino septentrional, media ese espacio de pragmatismo y conllevancia por el que han transitado Felipe González, Zapatero, Rajoy y Sánchez.
A España no le conviene estar a la greña con Marruecos, digan lo que digan los que ahora parecen pregonar una repetición de la toma de Tetuán y la batalla de Wad-Ras de 1860 o, si no, de la guerra del Rif de 1909-1927. A los españoles las broncas con Marruecos solo nos han traído muerte, pobreza, insurrección popular y golpismo militar. La diplomacia se inventó para cosas como negociar y, si es preciso, reconvenir en privado.
Marruecos seguirá reclamando la soberanía de Ceuta y Melilla, pero los españoles no tenemos que echarnos al monte por ello. También nosotros decimos que Gibraltar es español, ¿no? Mientras esa reclamación sea retórica, como lo es la española respecto al peñón, los dos países pueden sostener relaciones comerciales, económicas, humanas y culturales mutuamente provechosas. Y si les interesa mi opinión, les diré que yo creo que Ceuta y Melilla deben ser lo que deseen sus poblaciones, al igual que Gibraltar. Así que el mejor seguro de españolidad para Ceuta y Melilla es que también sus musulmanes quieran ser ciudadanos españoles, como los llanitos prefieren ser británicos.
Un último apunte: arrojarse en los brazos de los Estados Unidos de Trump y el Israel de Netanyahu no es tan inteligente como quizá algunos piensen al sur del Estrecho. En primer lugar, Trump y Netanyahu no tienen amigos, tan solo vasallos. En segundo, ¿está seguro el majzén de que los marroquíes se han olvidado de Jerusalén y los palestinos? Y por último, la geografía es la que es: desde el Mirador de los Perezosos de Tánger se ve España, no Nueva York o Tel Aviv.