Un poquito de empatía, por favor
Hay quien dice que la empatía está de moda. Lo curioso es que mientras las empresas llevan años estudiando cómo la inteligencia emocional mejora los equipos, reduce conflictos y hasta incrementa beneficios, parte de la clase política parece haber descubierto justo lo contrario, que la ausencia de empatía o, mejor dicho, que todo lo contrario a la empatía, la deshumanización, también puede dar rédito electoral. Resulta difícil no ver cierta paradoja en cómo la movilización del miedo, del rechazo y de la impulsividad más primaria e irracional se ha convertido en una herramienta política extraordinariamente eficaz para determinadas derechas y extremas derechas. Como si la apelación constante a las emociones más básicas e insolidarias fuera, en el fondo, su reconocimiento implícito de que nadie votaría sus propuestas desde la serenidad, el pensamiento crítico o la reflexión ética. Como si su proyecto político únicamente pudiera abrirse paso debilitando nuestra capacidad de reconocer al otro como alguien digno de consideración, de interpretar el dolor ajeno y de responder a la incertidumbre desde lugares distintos al miedo, el rechazo o la agresividad.
Estos días lo estamos viendo con el brote de hantavirus detectado en el crucero neerlandés MV Hondius, que llegará el domingo a Canarias tras registrarse varios contagios y fallecimientos relacionados con una variante del virus que preocupa especialmente por ser la única conocida con capacidad de transmisión entre humanos, aunque los expertos insisten en que su capacidad de contagio es extremadamente limitada. Desde que escuché la noticia no he dejado de pensar en las personas que están en ese barco y en cómo deben de estar viviendo estos días de aislamiento, protocolos sanitarios e incertidumbre. También en sus familias, pendientes a distancia de cada información y cada actualización médica. Y en la mujer neerlandesa fallecida en Johannesburgo mientras acompañaba el traslado del féretro de su marido, muerto días antes por el mismo virus.
Más allá del alarmismo interesadamente desatado en el plano político, y del complejo y legítimo análisis sanitario que exige una situación así, deberíamos poder mirar lo que ocurre en ese barco desde un lugar mucho más empático. Es decir, ser capaces de ponernos, aunque sea un instante, en la piel de sus pasajeros y comprender que dentro de ese crucero no hay una amenaza apocalíptica, sino personas enfermas, asustadas y aisladas desde hace días. Personas sometidas a muchísima incertidumbre, a protocolos médicos y al miedo mientras ellas y sus familias siguen la situación a distancia pendientes de cada noticia y cada actualización sanitaria. Algunos pasajeros han relatado a varios medios el clima de angustia y agotamiento emocional que se vive a bordo desde que se detectaron los primeros casos. Pensar en ellos desde ese lugar nos lleva a la conclusión bastante lógica de que es importante que, cuanto antes, reciban atención médica, apoyo psicológico y una respuesta sanitaria organizada, mejor para todos.
Sin embargo, frente a esa reacción profundamente humana, han emergido otras muy distintas en forma de bulos y cadenas de mensajes que llaman a rechazar el barco, e incluso interceptarlo e impedir cualquier acercamiento, es decir, a levantar una especie de frontera de rechazo social contra quienes están dentro. Como si esa manera de actuar fuera una respuesta más razonable que la del operativo en el que participan el Ministerio de Sanidad, Defensa, Interior y Política Territorial junto a la Organización Mundial de la Salud y la Comisión Europea. Pero este nuevo miedo colectivo nace de la fabricación de un estado emocional basado en la sospecha, la alarma permanente y la percepción constante de amenaza que tiene, desgraciadamente, en nuestro país, responsables políticos bastante reconocibles. Fernando Clavijo expresó públicamente su rechazo a que el crucero atracara en Canarias. Santiago Abascal ha llegado a acusar al Gobierno de permitir la llegada de “un barco con un virus mortífero” para “ocultar las actividades de su mafia”. Y Alberto Núñez Feijóo habla de “confusión”, exige “todos los documentos que avalen las decisiones sanitarias” o se publiquen el nombre de los expertos y cuestiona la gestión de la crisis solo por atacar al Gobierno de Pedro Sánchez incluso después de que se sepa que esta está coordinada por las autoridades sanitarias nacionales e internacionales de varios países.
El problema es que ese miedo colectivo, que la derecha y la extrema derecha llevan meses alimentando en España (siempre hay una nueva amenaza apocalíptica a la que señalar), está deteriorando no solo la convivencia y la calidad democrática de nuestro país, sino también la salud mental de nuestra sociedad. Porque activa en parte de la ciudadanía respuestas primitivas asociadas al miedo y la hostilidad, debilitando su capacidad de pensar con lucidez ante situaciones complejas como la que ahora plantea la crisis del hantavirus. Lo inquietante es que la neurociencia lleva décadas explicando justo lo contrario de lo que estos discursos políticos promueven. La empatía no es una debilidad moral ni una ingenuidad sentimental, sino que es una capacidad cognitiva sofisticada, vinculada al desarrollo de las funciones ejecutivas, a la cooperación social y a la propia supervivencia colectiva. Los seres humanos prosperamos precisamente porque aprendimos a colaborar, a cuidarnos y a interpretar el sufrimiento propio y ajeno como algo relevante no solo para nuestra vida individual, sino también para la vida en comunidad.
Mientras la ciencia, la psicología, el derecho y el conocimiento avanzan hacia formas más humanas de convivencia, determinados liderazgos políticos siguen apelando deliberadamente al miedo, la hostilidad y los impulsos más primarios, disfrazándolos de libertad. Como si quienes no son como nosotros, o no forman parte de los nuestros, solo pudieran entenderse como una amenaza. Como si aún viviéramos atrapados en una lógica gobernada únicamente por el instinto que nos impide reaccionar desde lo que nos hace crecer como personas y avanzar como humanidad: reaccionar con lucidez y humanidad incluso cuando tenemos miedo, ayudarnos.