Las preguntas que tiene que hacerse la izquierda
1. ¿Esto va de resistir o va de ganar? Pueden parecer compatibles, pero son dos lógicas que se enfrentan. En diversas comunidades autónomas, el PSOE ha enviado una y otra vez a ministros-candidatos con una vocación sacrificial. Las elecciones, en esos casos, no se toman como una contienda a disputarle a la derecha, sino como el paso previo al control del partido y de sus grupos parlamentarios. Pilar Alegría no ganó en Aragón, pero ahora controla Aragón. María Jesús Montero no ganará en Andalucía, pero va a controlar Andalucía. Óscar López no es un candidato genial ni brillante para la Comunidad de Madrid, pero va a asegurar el control orgánico del PSOE de la Comunidad de Madrid. Es una lógica válida. Si la extendemos a las próximas elecciones generales, es una lógica preocupante.
¿La izquierda está jugando a tener lo más atado posible su futuro grupo parlamentario, resistente desde la oposición frente a una mayoría de derechas, o a creerse que puede disputarlas? Un candidato puede ser el mejor para resistir, pero no para ganar. Álvaro Sánchez Cotrina, en Extremadura, es, por ejemplo, una apuesta para intentar disputar una victoria futura. Mónica Oltra es una apuesta para ganar el Ayuntamiento de València; Diana Morant es una apuesta para la resistencia orgánica en la Comunitat Valenciana. ¿Habrá más o nos apuntamos directamente a la imaginación de la catástrofe?
2. ¿Cómo maximizar la movilización de los electores de izquierdas? He aquí una cuestión importante: los últimos cambios en el Gobierno, con el ascenso de Carlos Cuerpo a la vicepresidencia primera y el nombramiento de Arcadi España en Hacienda, podían conducir a pensar en una parte final de la legislatura, al menos para el PSOE, donde copara más espacio lo técnico, lo económico, la gestión de la crisis provocada por la guerra. Esto, que tendría sentido si la intención fuera recuperar a parte de los votantes que al PSOE se le han ido desmovilizando, es incompatible con la otra tentación socialista, agravada por la incomparecencia de su flanco izquierdo: la de quedarse con todo el voto más de izquierdas.
Esa absorción serviría para que el PSOE tuviera el grupo parlamentario más extenso posible en el próximo Congreso de los Diputados, pero el vaciamiento que supondría del espacio que en la última convocatoria se presentó como Sumar hace inviable aritméticamente una mayoría alternativa a la de las derechas. Repitiendo la primera pregunta: ¿prefiere el PSOE un grupo más nutrido o prefiere la posibilidad de poder volver a gobernar? ¿Está la izquierda haciendo los deberes para que el PSOE no le coma por completo la tostada?
3. ¿Qué va a pasar con el vacío de liderazgo del espacio del cambio? La brillante intervención de Pablo Bustinduy en el debate a propósito de la prórroga de los alquileres —mención especial para su réplica a Carlos H. Quero, que lo desenmascaraba eficazmente: Quero no es un buen representante obrerista, sino el hijo de un juez— pierde parte de su potencial cuando se recuerdan las negativas, por activa y por pasiva, que el ministro ha dado a postularse como futuro candidato de ese espacio. Todos los partidos lo verían con buenos ojos, menos él; sus motivos son legítimos, pero impactan en el tablero.
La hipótesis Rufián se ha desinflado tras su encuentro con Irene Montero y en medio de la polémica en el seno de Más Madrid. Sin Yolanda Díaz al frente, lo que era Sumar es ahora una estructura sin candidato; Rufián es, al contrario, un candidato sin estructura. Es una situación insostenible y hay que huir de la tentación de sostenerla demasiado tiempo. Los votantes de buena parte de la izquierda hoy están frustrados —por cosas como la vivienda— y, encima, huérfanos. Lo peor sería que esa orfandad pasara de circunstancial a existencial.
4. ¿Cuándo aprenderemos a convertir el conflicto en una oportunidad en vez de un psicodrama? Lo peor de la discusión a cielo abierto entre Mónica García y Emilio Delgado de la semana pasada fue la escenificación de una pelea a propósito de sillas, sembrada posteriormente de filtraciones interesadas y bilis supurando, embarrada entre una discusión a propósito de primarias y participación ininteligible para cualquiera que no se pase el día pensando en la vida interna de los partidos. Y ahí afuera, ya lo siento, no hay nadie que se pase el día pensando en la vida interna de los partidos. La vida interna de los partidos, de hecho, es un tema aburrido, cansino hasta para los más cafeteros.
En vez de animar al ensanchamiento, las discrepancias se convierten en un concurso de puñaladas. En lugar de construir sistemas abiertos para la elección de candidaturas, se mezcla la disputa por la candidatura con la disputa por el poder orgánico. La ciudadanía no tiene ánimos para ayudar a los políticos en la gestión de sus traumas y trifulcas personales. Y los políticos siguen viendo el disenso, más veces que no, como un problema, cuando el disenso podría ser diversidad, polifonía, un coro de voces, capacidad de hablarle a más gente.
5. ¿De qué estamos hablando? En lo que llevamos de legislatura, ¿ha surgido algún discurso nuevo o suena la izquierda incluso más antigua que en 2023? ¿No había más creatividad en la campaña de Sumar de aquellas elecciones —la que habló de una herencia universal, la que inventaba propuestas, la que trataba de imaginar un proyecto de país— que en la cháchara infinita sobre construcción de coaliciones que hoy apresa a ese espacio? ¿Hay algo que decir sobre vivienda más allá de la queja por una aritmética parlamentaria imposible? ¿Tiene la izquierda un discurso definido sobre la inteligencia artificial? ¿Sabemos rebatir el relato racista y xenófobo de la derecha que ata la seguridad a la inmigración? ¿Alguna idea nueva? ¿Alguna propuesta?
Aunque las respuestas al resto de preguntas sean las apropiadas, si la izquierda no resuelve esta última, el ejercicio probablemente sea en vano. No se puede afrontar este escenario pensando que la retórica, la imagen y las respuestas de 2023 siguen siendo las mejores en 2026; pensando que nada ha cambiado, que vivimos en el mismo mundo de 2023, que nada afecta a este Gobierno. El Partido Popular de 2026 no es el mismo que el de 2023. En 2023, para algunos, pactar con Vox era un error, y lo fue, y les costó la mayoría en las generales; en 2026, eso se da por amortizado. ¿Podemos analizar por qué? ¿Hay alguna estrategia nueva para responder a eso? ¿Existe un relato bien articulado sobre qué se ha ganado, y qué se ha perdido, en la prórroga de gobierno que ha supuesto esta legislatura?
Todas estas preguntas las esbozo con una preocupación que, espero, comparta buena parte de mis lectores. Podemos discrepar en las respuestas. Podemos discrepar, también, en las formulaciones de las preguntas. Ojalá discrepemos. Pero lo urgente no es que nos las hagamos quienes observamos la situación o en otros momentos vitales llegamos a participar de ellas: lo urgente es que las aborden quienes están a los mandos, quienes tienen capacidad de decisión, quienes en ocasiones parecen querer evitar estas preguntas hasta que ya es demasiado tarde. Si es posible hacerse todas estas preguntas hoy, si ya era posible hace un mes, hace dos o hace medio año, ¿por qué la izquierda no parece sentir urgencia alguna por responderlas, y llegar con los deberes hechos?