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Opinión - 'El shock ZP', por Raquel Ejerique

El shock ZP

20 de mayo de 2026 22:33 h

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Para que un caso de corrupción lo sea hacen falta al menos tres protagonistas. Un corruptor con dinero que quiere saltarse la cola, un beneficiado que lo promueva y funcionarios que lo permitan o no lo paren. El primer fenotipo es el más claro, el que activa el sistema, el que seguro que quiere corromper y pedir un favor a cambio de dinero, de colocar al primo, de casas en usufructo o de puros billetes. Es decir, empresas españolas que se ven beneficiadas por recalificaciones, que ganan concursos públicos o consiguen una obra. Que logran con favores, amistades o pagos lo que no conseguirían por méritos en un concurso justo. Suelen quedar fuera de la diana de la indignación pública y de la rendición de cuentas, al ser entes privados.

Los otros dos pilares de la corrupción nacen, crecen o se relacionan con el sistema público. Hay casos meridianos, pero en otros su comportamiento puede tener matices y por eso su castigo judicial depende de las pruebas que hayan dejado por escrito e indicios trazables que sea posible recabar. ¿Hasta dónde lo sabía? ¿Lo promovió o solo cedió? ¿Lo impulsó a sabiendas? ¿Fue casualidad? ¿Presionó a otros? En el caso de José Luis Ábalos y Santos Cerdán hay grabaciones que hablan de reparto de dinero, nombres en clave y adjudicaciones.

El auto sobre el caso que implica a José Luis Rodríguez Zapatero tiene indicios basados en conversaciones y mensajes entre terceros (siempre pueden salir más) que hablan de ZP y su implicación. Por ejemplo: “Vamos a follar aunque tengamos que pagar un poquitín”, que le dijo el presidente de la compañía Plus Ultra a su consejero delegado respecto al contacto que iban a hacer con el expresidente. Los sumarios de corrupción son también un retrato de una España que se quedó anclada en el jacuzzi de Jesús Gil.

Pero también tiene cifras sobre un expresidente y la empresa de sus hijas, que cobraban unas cantidades “significativas” por trabajos de consultoría o de maquetación de informes. El juez cifra en 2 millones de euros ese montante. No es un delito, ni aún se ha contrastado ninguno, pero abre una fosa de sospecha bien armada en torno a Zapatero. Cobrar de una empresa que a su vez ha cobrado de otra que ha querido saltarse la cola y ser rescatada por el Gobierno no es un hecho que pueda borrarse de un plumazo echándole la culpa al “lawfare”. El auto también señala que pudo participar en la creación de sociedades off shore. El auto todavía no ha sido rebatido por el expresidente de manera precisa.

Hay que poner la presunción de inocencia por delante, porque aún falta por probar el rol específico de Zapatero en el rescate de Plus Ultra y escucharle. ¿Qué gestiones hizo exactamente? ¿Indujo a cometer ilegalidad? ¿A quién? ¿Era a cambio de un dinero pactado que se disfrazó de consultoría? ¿Usó su influencia? ¿Apretó para un rescate de 53 millones que no se merecía? La línea entre el lobbismo y delito de tráfico de influencias puede ser sutil, pero ambas son inadmisibles para un líder del peso de Zapatero.

Los sumarios judiciales son también material político y es precisamente el aireamiento de mensajes privados, mails o actitudes personales lo que puede hacer mella en un partido. Que se lo digan a Rajoy: su SMS a Bárcenas que decía “sé fuerte” no ha sido investigado ni ha tenido ninguna consecuencia penal, pero hundió la reputación de Rajoy y el PP, algo que acabó pagando en 2018 con la moción de censura.

Pedro Sánchez inició su legislatura en 2018 contra la escandalosa y sistémica corrupción del PP por el caso Gürtel. Ocho años después, ha querido virar el foco de la legislatura hacia necesarias leyes sociales, una reforma laboral, la contención del odio y la malignidad de las redes sociales, ha querido poner el foco en una digna posición en guerras ilegítimas y en su apuesta por erigirse muro contra la ultraderecha. Pero el sumatorio de sumarios de corrupción con sus Aldamas, mascarillas, adjudicaciones y ahora la sospecha sobre un expresidente hace inevitable que se instale la sensación de que todo puede ser cierto, lo del presente, lo del futuro, lo que está armado judicialmente y los comentarios de barra de bar.

Los casos de José Luis Ábalos, Santos Cerdan y ahora la imputación de Zapatero son detonantes que bailan juntos y hacen efecto multiplicador. En Moncloa insisten en que todo está bien y que Sánchez seguirá a 2027. La pregunta es si para entonces, su votante progresista habrá digerido tanto shock y tantas pruebas –en el mejor de los casos, indicios– de corrupción.

Las próximas elecciones tienen a la ultraderecha y su agenda oscura asomando y los partidos progresistas necesitan un electorado movilizado, orgulloso y alegre que desee confiar en partidos que puedan asegurar la democracia y el bienestar social en un momento histórico. En el momento que más ilusión se necesita, el partido de Sánchez impone una amarga pregunta: cuántas noticias decepcionantes puede aguantar un electorado de izquierdas.