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15 de junio:Toma de conciencia del abuso y el maltrato en la vejez

Estella Acosta Pérez

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En Naciones Unidas en marzo, en el Consejo de Derechos Humanos se aprobó iniciar la redacción de una Convención Internacional sobre los derechos de las personas mayores, que debería garantizar: autonomía, dignidad, participación social y relaciones interpersonales.

La ONU designó hace más de una década el 15 de junio como Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, considerando que: “El maltrato a las personas mayores es un problema social mundial que afecta a la salud y los derechos humanos de millones de personas mayores…” “prevenir, detectar y abordar casos de abuso, ya sea físico, emocional o financiero”

El ejercicio de la violencia es evidente en términos físicos, pero los diferentes tipos de abusos o discriminaciones en especial sobre las mujeres mayores, no son percibidos como tales. Se señalan los casos en las residencias, pero se corre un tupido velo sobre lo que ocurre en la familia

Algunos “edadismos”, como el proteccionismo que infantiliza, reforzando dependencias o impidiendo el ejercicio de la toma de decisiones, habitual en la familia y muy grave en las instituciones, como la falta de respeto de la voluntad de voto. Abusos comerciales o financieros, con engaños que no se persiguen como ilegales. Incluso en los servicios sociales o la sanidad existen relaciones que contribuyen a la falta de respeto a la toma de decisiones o discriminación por no escucharles. Que un familiar ejerza violencia o insultos cuando una persona mayor dependiente sufre incontinencia, no es “inevitable”.

Los abusos han sido tan habituales que se ven “naturales”. En la vida cotidiana, exigir más de lo que puede asumir física o mentalmente la persona mayor, cuando tareas emocionalmente gratificantes, se transforman en pesadas si la salud se resquebraja. Estar de pie en la cocina muchas horas, para satisfacer el deseo de un familiar, o tareas del cuidado de los nietos o nietas, extralimitan las capacidades disponibles en determinadas dolencias.

Caracterizar el tipo de abusos o de maltrato y el perfil de las personas que abusan o maltratan, es una tarea esencial.

Aparte del abuso sexual, que merece una profundidad especial, tenemos la obligación de visibilizar otros, que por problemas, ignorancia o negligencia se producen en el trato con la vejez. Abandonos relacionados con la higiene, con la comida o con los medicamentos o hábitos que parecen inofensivos. No dar agua a partir de una hora determinada para que no mojen la cama, cuando la hidratación es fundamental para la salud (sobre todo cerebral). La contención física puede ser maltrato si se aplica sin necesidad real o con métodos inadecuados.

El maltrato psicológico (sin formación para discernir cómo tratar conductas problemáticas) se manifiesta en amenazas, castigos, humillaciones, insultos, el menosprecio, rechazo de opiniones y deseos, ridiculización, infantilización, impedir formas de autonomía. El abuso económico también existe.

Otros maltratos son los derivados de la institucionalización, producto del modelo de negocio y de la cosificación. Toca abordar la desinstitucionalización, basada en la voluntad de la persona, con el problema de la vivienda, desde la atención domiciliaria hasta la convivencia intergeneracional, y múltiples propuestas que ya están en marcha en Europa y en alguna Comunidad Autónoma

Ponderar los factores de riesgo, individuales, socioculturales, relacionales, de género, de clase social, etc. puede significar el definitivo reconocimiento de la heterogeneidad del envejecimiento. Sin olvidar los abusos y los maltratos contra las cuidadoras profesionales, en sus condiciones de trabajo, en sus salarios, en sus horarios, en las exigencias (abuso sexual o control que esclaviza). Lo imprescindible pasa por las políticas públicas que asuman el problema. Ya existen estadísticas que muestran la triste realidad, de cada 6 personas que lo sufren, 4 no denuncian.

En suma, las desigualdades sociales generan los mayores riesgos producto del desconocimiento, la sobrecarga de tareas, los efectos nocivos de la pobreza. Sin analizar la clase social, el género, el nivel de estudios, el origen étnico, los niveles de protección, la autonomía real, en suma la trayectoria de vida, no se pueden proyectar intervenciones eficaces.