La cuadratura del Frente Amplio
Comencemos por lo obvio: la situación es alarmante.
Las derechas están a un año de arrasar. Y arrasar no es solo conseguir el gobierno estatal y la práctica totalidad de los autonómicos y locales que también se disputan en 2027. Arrasar es mayoría cualificada en el Senado para retomar el control del Constitucional. Arrasar podría ser incluso la mayoría cualificada en el Congreso para cambiar la Constitución.
Está en peligro todo. Desde la educación hasta las pensiones, pasando por la sanidad, el empleo público y por supuesto el feminismo y la protección de las minorías, incluidas las que hablan lenguas cooficiales.
Convendremos en que algo hay que hacer. No basta con atrincherarse y esperar a que pase el chaparrón y confiar en liderar el ciclo posterior. No solo es una estrategia egoísta, es también suicida dada la magnitud de la amenaza.
Y hoy vuelve a ser evidente que el refugio PSOE está podrido y es incorregible.
Oportunidad renovada
Su corrupción endémica da una nueva oportunidad de disputar la hegemonía en el espacio progresista. Es, de hecho, a lo que debemos volver a aspirar. No a ser su muleta o su pepito grillo. La vergonzosa política de vivienda es ejemplo meridiano de la limitación intrínseca de ser el socio menor.
Esa aspiración solo es posible mediante una alianza estratégica entre las izquierdas de ámbito estatal y las que se circunscriben a territorios más reducidos.
La solución no es sencilla. Tampoco será perfecta ni agradable para todas. Pero hay suficientes incentivos que sea lo menos malo para el conjunto de la izquierda y sus partidos.
El primen y lógico objetivo de todo partido es su supervivencia. Y casi nadie lo puede dar por sentado, ya sea por la ley electoral o por las ilegalizaciones que pueden venir. Una alianza generosa e inteligente salvaguardaría esta necesidad orgánica.
Los partidos que electoralmente pueden sobrevivir por su cuenta, soberanistas y regionalistas, también tienen incentivos para la unidad porque la necesitan para ganar y gobernar en sus territorios. ¿Qué sentido tendría que Collboni siga de alcalde de Barcelona si, juntos, Comunes y Esquerra lo superarían ampliamente? La misma lógica se puede aplicar en la Comunitat Valenciana, en Nafarroa, Gipuzkoa, A Coruña y muchas otras elecciones locales. Porque ante un ciclo electoral coincidente es evidente que hay tener una estrategia común.
Ya no hay violencia armada ni proceso independentista que impida esta alianza. Hay disparidad de metas a largo plazo pero convergencia enorme en objetivos perentorios y políticas estructurales.
La pujanza de las izquierdas de “arraigo territorial” hace aconsejable utilizar sus marcas electorales, por lo que la alianza debe ser flexible, con nombres distintos en cada territorio.
Candidato de consenso
Basta candidato/a común a la Presidencia del Gobierno para articular una campaña estatal con un sello aglutinador que propongo sea Frente Amplio. Y no se me ocurre mejor candidato que Rubén Sánchez, el portavoz de Facua. No se ha postulado, pero es alguien reconocido, valorado e independiente. Y que ya está en el disparadero de la ultraderecha.
Jurídicamente, habría que hilar fino para que fuera posible conformar grupos parlamentarios distintos, otro objetivo orgánico comprensible, pero no hay impedimentos insalvables. Donde haya fuerzas soberanistas, IU puede integrarse a través de sus federaciones con CIF propio, como hizo con En Marea en 2015, y Podemos y Sumar con sus candidatos como independientes.
Como buen acuerdo, no satisfará completamente a nadie, pero las consecuencias de no intentarlo pueden avergonzarnos durante décadas. Frente Amplio o Barbarie.
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