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Derecho a conversar
Dos no conversan si uno no quiere. Eso lo tengo claro.
Poder conversar debería ser un derecho universal, una premisa básica y defendida con pactos de estado, tratados internacionales y cartas magnas.
Hace ya tiempo que leí el libro Escritos (2001), un recopilatorio de pensamientos y reflexiones del artista Alberto Giacometti, pero hay una frase que me acompaña desde entonces: «Daría toda mi obra por una hora de buena conversación».
Conversar es, al fin y al cabo, el epítome de nuestra especie, la construcción de un espacio-tiempo de intercambio íntimo, multidireccional y en el cual siempre se puede dar un aprendizaje y enseñanza. Aquí entra el dibujo «Aún aprendo» (hacia 1826), de Goya.
Sospecho siempre de quienes rehúsan una conversación, de quienes ignoran su poder sanador, catártico, inspirador o empático. Sospecho, incluso rechazo, de quienes niegan la palabra desde la soberbia, la ignorancia o la falta de educación.
«Me joden los profetas». «A mí no me vas a enseñar nada». «No me des clases».
Pero cuidado: conversar no es nada fácil. Giacometti lo sabía. Conversar requiere dedicación, entrenamiento, puesta en práctica, recopilación de resultados, propuestas de mejora, análisis retroactivo e innovación constante. Conversar implica darse a entender y querer entender; escuchar; callar; proponer; esperar; relativizar; respirar; observar; detenerse; ser audaz; desaprender.
Conversar no conlleva la necesidad absurda de querer tener razón por sistema. Una conversación, esas de Giacometti, es un viaje sin destino fijo, sin la búsqueda siquiera de un término medio. Ni pa’ ti ni pa’ mí. No. Conversar es disfrutar del camino.
Para conversar, de hecho, no es necesario hablar.
Poder conversar como derecho es contradictorio, lo sé. Porque una conversación no puede imponerse, una conversación no puede depender ni estar sujeta a contratos. Pero cuánto jode que alguien dé por finalizada una propuesta relacional de este tipo cuando casi no había comenzado. Conversationem interruptus. No es una cuestión de estudiar la viabilidad de este derecho, sino expresar la urgencia de ofrecerse a tal intercambio y estar disponibles.
También incluiría en este derecho el conversar con uno mismo. Ni es fácil ni es tan frecuente como podríamos imaginar. Hay quienes ocupan todo su tiempo disponible para no hacerlo. Otros recurren a la telebasura. O hacen como que sí, pero en realidad están escuchando otras voces.
Para todo ello, sería necesario un aparato educativo y académico que nos enseñase a conversar de verdad. Esto sí es un deseable realizable y casi una propuesta directa.
En la conversación se da todo lo que fuimos, todo lo que somos y todo lo que seremos. En la conversación existimos como seres sociales. En la conversación construimos mundos, imaginamos futuros y nos compartimos.
Buscad «El arte de la conversación» (1963) de René Magritte. Y conversad.