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Imbéciles e ignorantes
El pueblo español cuenta con una contrastada tradición de imbecilidad e ignorancia a la que suma la aversión de buena parte de sus gentes a todo lo que huela a cultura y humanidad. “¡Muera la inteligencia!” fue cuanto se le ocurrió a un salvador de la patria, español de bien, para rebatir a un intelectual en la Universidad y, junto a la inteligencia, él y otros como él ordenaron la muerte de mujeres, niños, maricones, ateos, masones, judíos, rojos y poetas. ¡Mueran la Diversidad y la Libertad! Hoy, su legado uniformado es aplaudido en cutres desfiles por paletos incompatibles, en su mayoría, con la explosión sensorial que despiertan una pinacoteca, una orquesta sinfónica, un ballet o un Hamlet sobre las tablas.
El pensamiento crítico está muy mal visto: lo tachan de política o ideología los herederos de la violencia política que impuso su ideología totalitaria por las armas durante cuarenta años. En lugar de desfiles de gentes de las ciencias o de las artes, la ideología reaccionaria promueve los de militares, cofrades y toreros como fórmula populista para imponer su ideario sectario y excluyente, dictatorial. Imbéciles e ignorantes hacen pasillo al retroceso social en aldeas, pueblos y ciudades de España de forma tan festiva como irresponsable.
La ideología fascista, practicada por repugnancias como Trump, Netanyahu, Aznar, Ayuso, Almeida, Abascal o el tándem Tellado/Feijóo, ha resucitado atrayendo a jóvenes zombis abducidos por el reguetón, las redes sociales y el sempiterno consumismo travestido de culto al cuerpo, comida basura, franquicias y plataformas esclavistas que colonizan los centros urbanos y los bolsillos de sus habitantes. El fascismo es la fase final del capitalismo que pone precio a las vidas y a las necesidades humanas con una única finalidad: acumular la riqueza, concentrarla en pocas manos, imponer la desigualdad y universalizar la pobreza.
Quienes generan la pobreza y ejercen la violencia en sus más retorcidas y abyectas formas han redescubierto por enésima vez que las piaras de imbéciles e ignorantes tienen memoria de pez, pensamiento de pez y conducta de pez. El grande se come al chico es el corolario acatado por el rebaño como mandato divino tallado en piedra por el pastor en cuyo nombre se sacrifican peces y borregos para atender la bulimia neoliberal. Un tiburón come peces chicos y elude su responsabilidad proponiendo al chico un menú de especies aún más pequeñas, una merienda de negros, moros, tortilleras, maricones y gente de mal vivir.
Para desfogar, la clase media traslada al lumpen la violencia que padece en forma de inflación, explotación, precariedad, carestía, represión y merma de derechos cívicos elementales como Vivienda, Sanidad, Educación o Dependencia. Imbéciles e ignorantes embisten alarmados a la okupación, no a la especulación; a la corrupción, no a la evasión y eliminación de impuestos a los ricos; al feminismo igualitario, no al machismo privilegiado; a la emigración, no a su explotación esclavizante; a la diversidad sexual y afectiva, no a la pederastia de casino y sacristía… en resumen: a los parias, nunca a las élites dominantes.
Imbéciles e ignorantes confluyen en prototipos sociales abundantes y pagados de sí mismos: el cuñado y la cuñada. Asiduos de sobremesas y tertulias de peluquería o de taberna, son transmisores de la inmundicia ideológica dominadora que infecta el debate sobre cualquier asunto, desde la ruptura sentimental de parejas que hacen negocio con eso, hasta la incuestionable relación entre la vacuna para el covid y el ictus, pasando, claro está, por la condena inapelable de Begoña Gómez y la beatífica absolución del novio de Ayuso.
Imbéciles que se ensañan con los más desfavorecidos, ignorantes de figurar en un lugar preferente del menú que sobrealimenta la hidrópica codicia de los comensales neoliberales.