OSWIECIM (Auschwitz)/GAZA
Siempre que me he movido por Centro-Europa, he pasado de puntillas o mirando para otro lado cuando pasaba cerca de Mauthausen, Dachau, Auschwitz… En estos casos no se trataba de filias ni fobias sino de un compromiso personal adquirido durante mucho tiempo, como consecuencia de la deriva genocida de los gobiernos de Israel hacia el pueblo palestino.
En mis años de estudiante participé activamente por mantener viva la memoria de la causa del pueblo judío y el holocausto. Una de las mayores aberraciones de la historia de la humanidad. He devorado libros, películas, documentales, sobre estos hechos, pero mi “empatía” hacia Israel y sus gobiernos ha ido desapareciendo proporcionalmente a la masacre que han ido cometiendo sobre el pueblo palestino.
Hace unos tres años visité la bella ciudad de Cracovia y, finalmente, no me pude resistir a desplazarme a la pequeña localidad de Oswiecem a 60 kilómetros de Cracovia, que los nazis la germanizaron como Auschwitz y donde, junto con Birkenau, planificaron la macabra “solución final”.
El campo de exterminio nazi conserva en su entrada principal el lema: “ARBEIT MACHT FREI” sólo su lectura y traspasar dicha puerta te pone los pelos de punta y un frío recorre todo tu cuerpo. Contemplas todo el recorrido y las macabras estancias, donde esperaban la muerte: judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, republicanos españoles…, con el ánimo hecho polvo y la mente bloqueada (al menos en mi caso).
Al terminar la visita mi mente se trasladó a los campos de refugiados palestinos y las masacres cometidas por los gobiernos de Israel sobre sus vecinos y una profunda tristeza te invade de vuelta a Cracovia.
Al poco tiempo y ya en España, asistí por tercera vez a disfrutar de una de las más afamadas obras del genio italiano Giussepe Verdi, “Nabuco”
Al escuchar el bello y estremecedor “coro de los esclavos” (“Vuela pensamiento en alas doradas…”) llorado por los esclavizados hebreos, por orden del rey de Babilonia, en mi memoria no veía judíos sino palestinos. Niños palestinos que gritan de dolor y otros que ya ni siquiera gritan porque están muertos bajo los escombros de los bombardeos ordenados por el “Nabucodonosor judío”, Benjamín Netanyahu.
Hoy en día no es fácil concentrarse en la lectura o en la contemplación de cualquier manifestación cultural. Las imágenes del horror nos acompañan desde que nos levantamos y el poder del lobby judío tiene los tentáculos bien engrasados para estigmatizar (como hacían los nazis) como antijudíos a todo aquel que se atreva a denunciar tímidamente como “insoportable la muerte de la población civil”.
Pues bien, yo también soy antijudío. Soy antijudío porque no soporto que los bombardeos israelitas se hayan llevado por delante, al día de hoy, a más de 45.000 ciudadanos palestinos (más de la mitad niños). Soy antijudío porque el objetivo de esta guerra miserable es borrar de la faz de la tierra al pueblo palestino. Sí, soy antijudío porque el ala dura de actual gobierno de Israel contempla la salida de los palestinos de la franja de Gaza hacia otros países o su exterminio.
Sí, soy antijudío porque Israel ha convertido la franja de Gaza en la mayor prisión al aire libre del mundo, mientras ocupaban (y ocupan) con sus colonos, territorio palestino, ante la mirada del mundo. Ante la mirada de la llamada “Comunidad Internacional”, ante la mirada de la ONU, a cuyo Secretario General actual acusan también de ponerse del lado de Hamás (lo que equivale también a ser antijudío)
En el acto IV de la ópera de Verdi, los israelitas están a punto de ser ejecutados. Nabucco anuncia su conversión a Jehová y procede a la liberación de los mismos y que regresen a su tierra natal. Israelitas y babilonios se unen para alabar a Dios (con un coro maravilloso que cierra el espectáculo operístico)… Es la magia de la ópera. Pero en la vida real, en la que se ha instalado el mundo actual desde 1948; en la que el poder del lobby judío lo mediatiza todo; en la que los EE.UU. necesitan a Israel en Oriente Próximo para pretender seguir dominando el mundo y el precio son los miles de muertos civiles y la aniquilación del pueblo palestino.
El filósofo judío Theodor Adorno, tras visitar Auschwitz, apesadumbrado, señaló: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Hoy, sobre las ruinas de la infamia en la Gaza arrasada debería aparecer la sentencia de Adorno… Pero me temo que no ocurrirá.