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La interesada polémica entre la necesidad y la oportunidad de la flotilla solidaria me parece mezquina. Y más todavía, poner en duda que sin esta iniciativa no se hubiera producido el movimiento de protesta en la calle que en estos momentos se registra en toda España, y en otros muchos países. Las críticas que desde ciertos medios –el diario El País en primer lugar- insisten dar más relevancia al supuesto afán de protagonismo de algunos de los participantes que al poderoso impacto mediático que ha concentrado la atención de millones de personas durante los últimos días. La suya es una actitud frívola e intolerable.
Claro que lo importante es la masacre diaria en Gaza. Pero el reconocimiento del genocidio no ha bastado para que los gobiernos pongan en marcha hasta ahora medidas radicales dirigidas a aislar a Israel y pararle los pies. Y es cierto que la flotilla humanitaria no ha servido para entregar los víveres y medicinas que transportaba, pero ha sido una prueba de que lo insoportable de la situación precisa de acciones que demuestren nuestro compromiso real contra la barbarie. Se ha abierto una nueva fase, se han sacudido las conciencias, se ha expresado en la calle el rechazo valiente y solidario ante la ignominia. Muchos gobiernos tienen razones sobradas para avergonzarse.
Las manifestaciones conciliadoras del presidente español no presagian nada bueno. El grotesco episodio del barco de ida y vuelta muestra que el gobierno a pesar de la grandilocuencia de sus manifestaciones no ha salido nunca de su posición de wait and see, esperar y ver. Lo ocurrido y la actitud de Sumar puede dar lugar a la quiebra definitiva del gobierno de coalición, visto que no se puede esperar que el PSOE acepte la exigencia de romper relaciones diplomáticas con Israel y que, si Sumar da marcha atrás, se aceleraría su decadencia electoral de manera tal vez irrecuperable.