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La universidad que hiere: cuando el conocimiento se construye desde el miedo
La realización de una tesis doctoral siempre ha sido uno de los mayores retos a los que se enfrenta un estudiante universitario. Implica años de dedicación absoluta, una lucha constante por conciliar lo personal con lo académico, y una carrera de obstáculos burocráticos para acceder a un contrato mal pagado que le permita dedicarse exclusivamente a la investigación. A menudo, cuando estos contratos no llegan, el doctorando se ve obligado a compaginar su tesis con otros trabajos, sacrificando horas de sueño, salud mental y estabilidad emocional.
Pero más allá de estas dificultades, emprender una investigación doctoral en España se ha convertido, para muchos, en un acto de entrega y masoquismo académico. Esta situación, lejos de ser anecdótica, es endémica en el sistema universitario español, donde la precariedad y el maltrato se han normalizado como parte del proceso formativo. Recientemente, leí que cerca del 40â¯% de los doctorandos experimenta síntomas moderados o graves de depresión. Y, lamentablemente, en muchos casos esta sintomatología no se debe únicamente a la carga de trabajo, a la incertidumbre profesional o a la falta de recursos, sino a dinámicas de abuso y humillación ejercidas por quienes debieran ser sus guías: los profesores.
Comentarios denigrantes. Silencios calculados. Desprecios sutiles y explícitos. Lo más doloroso es que estas actitudes no siempre provienen de figuras consagradas, sino de jóvenes tutores y tutoras que han asimilado lo peor de la academia, reproduciendo patrones de poder sin cuestionarlos, asumiendo que el maltrato es parte del aprendizaje.
Cuidar implica reconocer la vulnerabilidad del otro, acompañar sin aplastar, orientar sin humillar. Y esa responsabilidad recae, sobre todo, en quienes enseñan: porque educar sin cuidar no es formar, es dominar. La pedagogía sin cuidado se convierte en una maquinaria fría que reproduce jerarquías, no saberes. Y cuando el vínculo académico se despoja de humanidad, lo que queda es una relación de poder que hiere más que enseña.
Sí, la carrera universitaria siempre ha sido una lucha encarnizada. Pero cuando esa lucha se ejerce sobre un joven alumno vulnerable, sin estabilidad laboral y con una alta dependencia administrativa de sus tutores —quienes deben firmar decenas de documentos para que el doctorando pueda avanzar—, se convierte en una forma de sadismo institucional, disfrazado de exigencia académica.
Y no, no se trata de casos aislados. Se trata de una cultura académica profundamente arraigada que normaliza el desprecio, la humillación y el silencio. Una cultura que, en lugar de formar investigadores críticos, lanza al mercado laboral a doctores y doctoras psicológica y emocionalmente aniquilados.
A quien esté pasando por algo parecido, solo quiero decirle: no estás solo. Tu dolor es real. El trabajo que haces es válido. Y tu voz merece ser escuchada y respetada. Porque el conocimiento no debería construirse desde el miedo, sino desde el respeto y la honestidad.
El conocimiento auténtico no nace del sometimiento, sino de la libertad. Si la universidad no es capaz de proteger a quienes la sostienen con su esfuerzo, entonces no es un templo del saber: es una fábrica de dolor con toga y birrete.