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¡Qué vergüenza de Ayuso!

Vero Barcina

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He de confesar que me preocupa muy poco, más bien nada, eso que llamaban en tiempos de Rajoy la “Marca España”, en la línea del “Spain is different” de Fraga. He de confesar que me avergüenza la cruzada (otra más) de Ayuso y su Marca España rancia y falsaria en tierras mexicanas por la posibilidad de que alguien pueda pensar que toda la ciudadanía española es tan zoqueta y tan frívola como se muestra la presidenta de los madriles. Confieso que yo misma he llegado a pensar de esa manera acerca de la gente que la vota.

He de confesar que esa señora me produce un tsunami de sensaciones que abarca estupor, pena, perplejidad, disgusto, enojo, asco, miedo y, sobre todo, vergüenza, una descomunal vergüenza como mujer y como española. El déficit intelectual y cultural de Ayuso, muy parecido –como su sectarismo– al del alcalde de Madrid, unido a los amaños curriculares de Cristina Cifuentes, Pablo Casado, Noelia Núñez o Moreno Bonilla, explican la incuria y el desprecio con que el Partido Popular maltrata a la Educación Pública y a la Cultura.

Desde que la tutela Miguel Ángel Rodríguez, su intelecto ha entrado en fase menguante y se ha convertido en un ejemplo de tránsito por la Universidad con escaso provecho racional y profesional. El necio alegato sobre Hernán Cortés, Malinche y la evangelización de América con la cruz, la espada y los gérmenes ha estado a la altura populista de la loca pasión que llevó a Aznar a posar disfrazado de Cid Campeador en 1987 y al ridículo de Abascal en 2019 tocado con casco de los tercios de Flandes listo para reconquistar España.

Acostumbrada a contar con coros de palmeros incondicionales compuestos por figurantes en los mítines y plumillas subvencionados en los medios, el viaje le ha deparado un fracaso estrepitoso. Los indígenas incivilizados de América han asistido atónitos a una burda manipulación de la historia, un insulto a la inteligencia y a la dignidad de un pueblo, tan despreciado por los gestos y palabras de la inefable que ni siquiera la han aplaudido quienes la invitaron. Solo el músico decadente y paniaguado, que sigue explotando a los mexicanos en su espectáculo, ha visto con buenos ojos el tremendo ridículo de su manager.

La figura política de Claudia Sheinbaum se ha engrandecido al espetar a la cateta de Cibeles cuatro verdades incontestables acerca de Hernán Cortés y sus andanzas en el Nuevo Mundo que no contentaron a la monarquía que sufragó el viaje ni a la gente decente de aquella España. Ni de esta. No hay que ser una lumbrera para imaginar el descontento del actual monarca al contemplar cómo ha sufrido la imagen de España que la Casa Real y la Moncloa lograron recomponer con el país hermano hace poco tras unos años de zozobra.

El pueblo madrileño es obstinado y se empecina en tropezar siempre con la misma piedra a la hora de votar. Esa piedra le ha ido quitando en las últimas décadas la Sanidad, la Educación y la Dependencia, el Estado de Bienestar, a cambio de continua corrupción, populismo chabacano y groseros beneficios fiscales para la élite financiera y empresarial.

El pueblo mexicano conoce su historia y se resiste a repetirla, sobre todo si detecta las mismas añagazas del siglo XVI. Ayuso se ha plantado en México con los viles modos del conquistador europeo que masacró y saqueó a los aborígenes: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”. ¡Qué vergüenza!