La victoria de Mazón
Mazón ha ganado. Le ha bastado con encerrarse en su madriguera a salvo del griterío de quienes pedimos su defenestración; esparcir mierda en todas direcciones sin reparar que a quién mancha sea amigo o enemigo; y con callar y mentir sobre sus andanzas del día 29O, para salir indemne del pozo en el que se había metido.
Hoy ya no es noticia, y sólo aparece en los medios por haber pactado un presupuesto con los suyos, o por algún dato marginal como las críticas que le hace algún mindundi de su partido. Era lo que quería, esa es su victoria. Pero esa arrogancia con la que empieza a asomarse a los medios no le va a dar la razón, ni revestirá de ética la trayectoria de un político con doscientos veintisiete agujeros en su conciencia. Es, en todo caso, el triunfo de la política considerada como una profesión en la que incluso las vidas de los gobernados están por debajo del objetivo de cobrar a fin de mes. Todo rastro de ignominia, desvergüenza, desfachatez o cobardía desaparecen como por ensalmo cuando la cuenta corriente engorda mes a mes. No puede entenderse de otra forma que nadie en su partido haya, ni siquiera susurrado, algo en contra de las andanzas del personaje. ¿No hay ni un solo diputado, cargo medio o responsable que se estremezca ante la conducta inmoral de su presidente? ¿Son todos de la misma calaña? La torpeza, la tardanza en reaccionar y el mirar hacia otro lado han convertido en peleles bien pagados a todos los que desde su partido lo han defendido a muerte.
Sabedor de que el camino judicial iniciado por la voluntariosa jueza de Catarroja no tiene otro futuro que morir como arroyo en el desierto en alguna de las muchas instancias superiores (ya se encargaran los jueces de encontrar alambicadas argumentaciones jurídicas, provocar dilaciones que hagan prescribir delitos u otras artimañas que liberen de responsabilidad a los suyos). Espectador de la actuación de una izquierda desnortada que igual pide elecciones anticipadas, que no serían otra cosa que un suicidio asistido, o una moción de censura cuya segura derrota no haría más que dar aire al censurado, piensa, en su ególatra ceguera, que ha llegado la hora de sacar pecho como si nada hubiese ocurrido.
Pero la figura del ganador precisa la del perdedor, y aquí la nómina es inagotable.
Ha perdido la política entendida como la práctica de una actividad al servicio de la sociedad. Con políticos así, ¿cómo no van a estar desengañados los jóvenes? No ven su futuro ni medio claro, sus perspectivas laborales y habitacionales son nefastas, y quienes debían hacer algo para ofrecerles un futuro mejor son gentes como este Mazón que mientras a su pueblo se le llenaban los pulmones de agua, él (Nerón tocando la lira viendo arder Roma) atiborraba su cuerpo con los mejores manjares y caldos de un restaurante. No nos extrañemos de que abominen del régimen que permite estas bajezas sin castigo.
Ha perdido el País Valenciano que ve, reincidente y sin escarmiento, que ha elegido como President a otro personaje digno del museo de los horrores que algún día debería inaugurarse con las vidas, trayectorias e imágenes de todos sus predecesores, de los inanes a los directamente delincuentes, para que sirva de ejemplo a futuras generaciones. La imagen del territorio va a quedar definitivamente fijada como la de un lugar sin ley donde reina la corrupción, y en el que cualquier desaprensivo puede aspirar a ser presidente, y alardear de ello por más que día tras día demuestre su indignidad para el cargo.
Y han perdido los doscientos veintisiete fallecidos, sus familias, amigos y compañeros. Han perdido quienes se han visto desposeídos de sus hogares y bienes materiales; los que han perdido el puesto de trabajo o el negocio; los que han padecido el trauma de ser protagonistas de una tragedia. ¿Qué consuelo ofrece a todos ellos su President incapaz siquiera de visitar los pueblos asolados por la barrancada?
Si ese señor tiene “lo que hay que tener” para venderse a cambio de unos presupuestos de vergüenza, debía tenerlo también para mirar cara a cara a las víctimas de su desidia e incompetencia.
Mientras esperamos que ese día llegue, seguiremos exigiéndole que se marche ya que no lo hace quien tiene la capacidad de obligarle a que pase el resto de sus días en el basurero de la historia.