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Opinión - Vivir sobre un polvorín. Por Rosa María Artal
Análisis

No fue la amnistía, tertuliano, fue la unidad (a prueba de escisiones) del PP gallego

Alfonso Rueda y Alberto Núñez Feijóo, este lunes, en Santiago.

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En la tierra donde casi nunca pasa nada tampoco ocurrió algo extraordinario este 18 de febrero. La mitad de Galicia, la mitad casi exacta, votó al Partido Popular. Como siempre, como viene haciendo en las autonómicas desde hace cuatro décadas. Esta vez fueron 26.000 papeletas más que la suma de PSOE y BNG. El caso es que toda una generación en la cincuentena solo ha vivido seis años de gobierno de izquierdas desde que se creó la autonomía en 1982. Y dos de ellos ni siquiera fueron consecuencia de las elecciones, sino de una moción de censura contra Alianza Popular con varios tránsfugas de por medio.

Para lograr un gobierno de izquierdas en la Xunta, entre 2005 y 2009, el anterior presidente, Manuel Fraga, tuvo que desmayarse en público varias veces, y un viejo petrolero de nombre Prestige vomitar toda la costa gallega a remolque de otro Gobierno del PP, presidido entonces por José María Aznar. Solo en esas circunstancias PSOE y BNG fueron capaces de constituir una mayoría por un único diputado de diferencia (y esperando al recuento del voto emigrante), que hizo presidente a Emilio Pérez Touriño. Duró un único mandato. Luego volvió el PP de Feijóo. Que estuvo al frente de la Xunta 13 años hasta que se mudó a Madrid en pleno 'magnicidio' de Pablo Casado. Ahora llega Rueda con otra mayoría absoluta holgada: 40 escaños a la espera del voto exterior.

El PP ha demostrado en Galicia durante las últimas cuatro décadas que más que un partido es un régimen: está en las cofradías de pescadores, en las comisiones de fiestas, en los clubes deportivos y, por supuesto, en los medios de comunicación.

La razón fundamental para explicar por qué el PP gallego ha mantenido el poder durante cuatro décadas está en su unidad a prueba de escisiones: a diferencia de lo que sucedió en otros territorios el partido no se rompió en tres cuando saltó por los aires el bipartidismo. Ni Ciudadanos primero ni Vox últimamente han hecho mella en su electorado a diferencia de lo que sucedió a su izquierda con la irrupción de la llamada nueva política.

Ninguno de los partidos creados en la última década logró diputados autonómicos o nacionales en Galicia, tampoco alcaldes; lo más, algún concejal, ni siquiera muchos. Bastaría con que el electorado de derechas se hubiera dividido en tres, o incluso en dos, como sí ha sucedido en otras comunidades, para que la suma de las papeletas en los últimos comicios dejase sin las últimas mayorías absolutas a Feijóo y a Rueda.

Por qué el nacionalismo español o la extrema derecha de Vox no han cuajado en Galicia es una pregunta que no admite una única respuesta. Se ha dicho muchas veces que Galicia es más conservadora que facha.

Por eso incluso alguien a priori tan poco propicio como Manuel Fraga tuvo que dar un barniz galleguista al partido –suyo fue el plan lingüístico que concedía más peso al gallego en las escuelas hasta que lo acabó tumbando la Xunta de Feijóo, y suyas también algunas peleas con Madrid para reclamar competencias–. Eran ese tipo de gestos con los que el presidente fundador trató de evitar siempre la implantación de un nacionalismo de derechas como los que hicieron fortuna en Euskadi o Catalunya. Los mismos por los que Vox acusa ahora al PP gallego de ser un partido nacionalista. Aunque poco a poco Feijóo fue aminorando esos gestos, el discurso durante los 13 años que estuvo al frente de la Xunta siempre procuró mantener distancias con el ala más a la derecha del partido. Que nadie busque fotos suyas como presidente en las manifestaciones madrileñas en defensa de la familia o contra el matrimonio homosexual durante los Gobiernos de Zapatero. No las hay. Tampoco ahora se han desbordado las plazas de las ciudades gallegas contra la amnistía y Pedro Sánchez. Lo que no resta un ápice de fidelidad a su electorado.

Los problemas que tiene ahora Feijóo con la extrema derecha en Madrid –y que tuvo antes Casado e incluso Ayuso y otros barones antes con la competencia de Ciudadanos– no los padeció nunca el PP de Galicia, que se mantuvo como un bloque sólido en el centro derecha, sin apenas competición en ese espacio.

Pero aparte de esa sensibilidad más templada de importantes sectores de su electorado, el diagnóstico no estaría completo sin analizar el ecosistema mediático de Galicia, donde el Gobierno de la Xunta controla los medios de comunicación públicos y la mayoría de los privados a través de partidas millonarias para publicidad y ayudas directas. Las mismas quejas de manipulación y de falta de pluralidad que repiten desde el pleistoceno la izquierda, se han escuchado primero a dirigentes de Ciudadanos, que protestaron por cómo les silenciaba la prensa gallega, y últimamente también a la extrema derecha de Vox.

En el debate político gallego ambas formaciones directamente no han existido.

Así las cosas, el único boquete que se le abrió al partido, en Ourense, la formación del populista Gonzalo Pérez Jácome costó al PP la alcaldía de la capital pero a cambio de perpetuar el dominio popular en la Diputación. Incluso sin los Baltar, que controlaron con mano de hierro la provincia durante casi tres décadas, la hegemonía del PP apenas se ha resentido. El manejo del feudo ourensano, donde cada voto cuenta —gracias a una ley electoral gallega que es la horma del PP—, más que dos papeletas en Pontevedra, ha sido decisivo a la hora de configurar una mayoría absoluta tras otra.

Ejemplo práctico de este 18F: en el escrutinio provisional antes de que lleguen los sufragios de la emigración, al PP le costó 10.768 votos cada escaño de Ourense, mientras que al BNG en Pontevedra cada diputado le salió por más del doble: 22.315 papeletas. En Ourense para los ocho escaños del PP bastaron 86.144 votos. El Bloque necesitó para lo mismo 178.812 en Pontevedra.

Todo lo anterior es lo que explica las mayorías absolutas del PP, no solo la de ayer, casi cualquiera desde 2009.

Mientras una mitad de Galicia vota en bloque desde hace casi 40 años, la otra lo ha hecho siempre dividida. Ahí nació la obsesión de Feijóo por que gobierne la lista más votada. Empezó a clamar por eso en 2005 cuando el bipartito desbancó al Gobierno del que era vicepresidente. Y siguió en cada una de las municipales, donde el peso del voto urbano y la ausencia de la ley electoral gallego, han colocado al frente de los siete grandes ayuntamientos a la izquierda, salvo breves excepciones estos dos décadas.

La fecha crucial para entender la Galicia de los últimos 15 años es el 1 de marzo de 2009. Ese día Alberto Núñez Feijóo no solo obtiene su primera mayoría absoluta, sino que va mandar a la izquierda al diván durante varios lustros. Un par de datos significativos, ahora que los tertulianos de la capital se empeñan en atribuir la mayoría absoluta de Rueda, la quinta consecutiva en el PP, al “sanchismo” y la amnistía: desde que perdió la presidencia de la Xunta, el PSdeG, la sucursal del PSOE en Galicia, ha chamuscado a cinco candidatos (uno por cada elección), seis secretarios generales y una gestora. Desde 2016 es tercera fuerza: primero lo adelantó En Marea y en las dos últimas citas, el BNG.

Al Bloque, la otra pata de aquel bipartito no le fue mejor durante aquellos primeros años: sufrió escisiones, fue adelantado en 2012 por AGE, una coalición liderada por quien había sido su referente histórico, Xosé Manuel Beiras, y Yolanda Díaz. Bajó a los infiernos electorales (7 diputados en 2012, 6 en 2016) hasta que Ana Pontón fue nombrada portavoz.

El resto de la historia es conocida: AGE tuvo una feliz secuela municipal en las mareas que llegaron a gobernar las ciudades del cambio –Ferrol, A Coruña y Santiago, la capital– entre 2015 y 2019. De aquello hoy no queda nada, tampoco de la coalición de Díaz y Beiras. Ni de sus herederos que llegaron a ser segunda fuerza en el Parlamento gallego con el nombre de En Marea. Anova, la organización nacionalista que había salido del Bloque para emprender aquella aventura junto a la IU de Yolanda Díaz ha vuelto a pedir el voto para el BNG, que con Pontón al frente ha logrado resucitar, reconstruirse, quedarse los votos de la izquierda alternativa y buena parte de los del PSOE.

El empuje y la fenomenal campaña de Pontón no fueron suficientes para llevarla a la presidencia de la Xunta por muchas de las razones que se han ido desgranando. Aunque está por analizar la evolución del voto, el aumento de casi ocho puntos en la participación hace sospechar una cierta movilización de la derecha a última hora contra la posibilidad de ver a una dirigente del Bloque en la presidencia de la Xunta.

Para afrontar la era Rueda que ahora se inaugura y que se antoja larga si el PP mantiene la tradición, la izquierda tiene aún muchas preguntas que despejar. Las fundamentales son para el PSdeG.

¿Cómo puede ser que Pedro Sánchez haya ganado las elecciones con más de medio millón de votos en 2019 y el PSdeG no fuese capaz de sacar la mitad en las autonómicas un año y pico más tarde frente a Feijóo?

¿Por qué controla desde hace ni se sabe el primer ayuntamiento de Galicia y Abel Caballero no es capaz de sumar en unas elecciones autonómicas?

¿Tiene sentido gobernar a la mayoría de ciudadanos de Galicia en los grandes municipios y no tener ninguna posibilidad de hacerlo en la Xunta?

También la izquierda a la izquierda del PSOE tiene trabajo por delante. El inmediato, diagnosticar si además de la guerra sucia de los poderes de siempre y sus resistencias al cambio, hay alguna razón que explique por qué no queda nada de las ciudades del cambio, de AGE, de En Marea, y ni siquiera la vicepresidencia del Gobierno ha logrado empujar hacia el escaño de Sumar.

A tenor de cómo son los ciclos electorales en Galicia, ni siquiera hay demasiada urgencia en despejar estas incógnitas. En el frenesí de la nueva política y la era del tuit, el BNG se tomó ocho años para patear el territorio y escuchar las necesidades de Galicia. La apuesta resultó y solo faltó que acompañaran sus socios.

Mientras el PSOE y la izquierda alternativa continúan en el diván, Feijóo aterrizó en Santiago este martes para celebrar la victoria -y su propio alivio del 18F- con una máxima que conoce desde siempre su organización en Galicia: “Si concentramos el voto en el PP, arrinconamos al sanchismo”. A eso va a dedicar los próximos meses él y el imponente aparato mediático que jalea a la derecha en Madrid.

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