El calor extremo deja ya más de 30.000 hectáreas arrasadas, miles de evacuados y 12 muertos por los incendios en España
Un calor continuo ha ido secando el monte durante meses, al tiempo que las precipitaciones se detenían. Cuando, finalmente, han llegado las olas con temperaturas extremadamente altas, los incendios forestales han ido sucediéndose. De los siniestros simultáneos en Catalunya, a los fuegos de Huelva y Huesca, hasta el más mortífero que se recuerda en Andalucía, con 12 fallecidos y 23 personas sin localizar, en la provincia de Almería.
Los datos reflejan que, desde que el calor severo se instaló sobre la península ibérica en mayo, la superficie arrasada por el fuego ha pasado de 27.000 hectáreas a principios de ese mes, a unas 61.000, según el análisis a partir de las últimas imágenes por satélite del Sistema Europeo de Información Sobre Incendios Forestales (Effis), tomadas este mismo viernes. Un acelerón de 34.000 hectáreas que han ardido en 70 días en incendios avivados por las temperaturas extremas.
Como se aprecia en el siguiente gráfico, la superficie quemada a estas alturas del año está por encima del doble de la media de las últimas dos décadas: 61.000 hectáreas arrasadas, frente a un promedio de 25.000. A 10 de julio, solo habían ardido más bosques y montes en 2012, 2022 y 2023.
Detrás de esas cifras están las personas que, este jueves, han perdido la vida en Los Gallardos, los vecinos sin localizar en poblaciones muy dispersas y miles de evacuados —un millar de ellos solo en ese municipio— en esas comarcas almerienses.
“Nos hemos acostumbrado a hablar de récords de temperatura, de olas de calor y de incendios extremos, pero esto es una crisis en la que el cambio climático es una clave fundamental”, reflexiona la responsable de incendios en Greenpeace, Mónica Parrilla. Tras el siniestro en Almería, esta ingeniera forestal añade que “los fuegos han evolucionado de un problema ambiental y social a un problema de protección civil”.
Según los registros provisionales del Ministerio de Transición Ecológica —que van más retrasados—, al comenzar mayo, la superficie afectada por las llamas estaba un 30% por debajo de la media de la década para esa fecha. A 28 de junio, que es el último dato publicado, estaba ya un 18% por encima de ese promedio, con 43.000 frente a 36.000 hectáreas.
“En la región mediterránea, periodos pronunciadamente húmedos pueden generar una producción de biomasa por encima de la media, que lleve a tener más combustible cuando se dan otros secos, lo que resultará en incendios más extremos”, explica un análisis de las precondiciones para los incendios forestales del Instituto de Ciencia Climática y Atmosférica de Zúrich, que analizó todas las temporadas de fuego entre 2000 y 2023.
Dicho de otra manera: cuando las plantas han podido crecer mucho por las lluvias y un calor prolongado las va secando —quitando la humedad—, se crean las condiciones propicias para un fuego violento y rápido.
De hecho, la Agencia Estatal de Meteorología ha estrenado este año un nuevo índice de peligro de incendio en el que, a las variables meteorológicas, le ha añadido información sobre el estado de la vegetación y la humedad del suelo.
El calor aumenta, el campo se seca
Si la ola repentina de incendios de 2025 tuvo entre sus detonantes la denominada sequía flash, este año la situación responde más al proceso habitual descrito en el trabajo de la institución suiza. El invierno en España fue, “en su conjunto, muy húmedo en cuanto a precipitaciones”, según lo calificó la Aemet. Llovió un 140% respecto a la media.
Sin embargo, a partir de entonces, se han ido encadenando semanas y semanas, básicamente, cada vez más cálidas y más secas, siguiendo el patrón que está imponiendo el cambio climático. La primavera meteorológica —marzo, abril y mayo– resultó muy cálida, la segunda más calurosa desde que hay registros. Se dio ya un episodio de temperaturas “inusualmente altas” con valores de verano. A eso se le añadió que fueron meses secos. Llovió un 25% menos que el promedio, según los datos de la Aemet.
Después llegó un mes de junio “extremadamente cálido”, el segundo más caluroso desde que hay registros, 3,2ºC por encima de lo normal y apenas llovió un 39% de lo que suele ser habitual en esta época del año. El día 21 de ese mes llegó la primera ola de calor de 2026.
Es urgente avanzar en autoprotección para que los municipios sean zonas seguras. Y, a corto plazo, invertir en prevención social, es decir, que la población sepa cómo actuar en caso de incendio
La cuestión es que el cambio climático está generando unas condiciones meteorológicas y del propio medio natural más propicias para que los incendios empeoren una vez que algo o alguien los enciende. En el caso del incendio de Almería, la única hipótesis que se baraja por el momento es que el fuego surgiera por la caída de un poste eléctrico. Eso sería la chispa que hace estallar la dinamita de un monte seco sometido a altas temperaturas.
A eso se le suma la expansión de la llamada interfaz urbano-forestal, en la que cada vez más viviendas se incrustan en el monte e incrementa la vulnerabilidad al fuego.
“En los incendios forestales hay un componente humano que es tan importante como lo meteorológico y el combustible”, aclara la catedrática y experta en ordenación del territorio Cristina Montiel. La investigadora subraya que “estamos en un momento complejo, porque el riesgo depende hoy aún más de la preparación, no solo del sistema de defensa, también de la sociedad”.
En este sentido, la experta en incendios de WWF, Lourdes Hernández, insiste en que “es urgente avanzar en autoprotección para que los municipios sean zonas seguras. Y, a corto plazo, invertir en prevención social, es decir, que la población sepa cómo actuar en caso de incendio”.
Mónica Parrilla aporta que “para evitar este desastre humano, ambiental, social y económico hay que reducir la siniestralidad, es decir, los incendios provocados por accidentes o negligencias, además de rebajar la vulnerabilidad del territorio por el que avanzan las llamas”. Y añade un tercer pilar: “Es imprescindible la planificación urbanística que tenga en cuenta el riesgo de incendio durante los últimos años”.