El libro que se fija en la Transición y defiende un nuevo entendimiento: “La democracia debe seguir actualizándose”
Más de 60 entrevistas a periodistas, políticos, abogados, artistas, militares y académicos son suficientes para profundizar, a través de los anhelos y los miedos, pero también los recuerdos y las grandes hazañas, en la Transición española. Grandes nombres del momento componen un nuevo ensayo del historiador Francisco J. Leira Castiñeira, cuyo subtítulo marca la tesis: ‘Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván’ (Siglo XXI, 2026). En estas líneas, el autor aboga por reformular aquella transición de hace medio siglo y recuperar la conversación pública que se produjo hace 15 años, durante el 15M, entre dos generaciones que no supieron entenderse, pero que añoraban lo mismo.
La monografía que presenta Leira, de 17 capítulos y casi 500 páginas, supura en los primeros capítulos unas emociones compartidas por los ilustres entrevistados. Era un tiempo en el que el miedo se conjugaba con la ilusión, sobre todo en aquellos primeros años en los que la calle y los políticos se debatían entre la ruptura y la reforma. Ganó la segunda, cuando muchos se quitaron la camisa azul y se pusieron el traje de demócrata. “Lo que he visto es que, aunque muchas personas no sabían muy bien qué querían que ocurriera de manera definida, sí que anhelaban un objetivo común: que España pudiera asimilarse al resto de países europeos”, introduce el también docente de Historia Contemporánea la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M).
Una mirada internacional y legalización del PCE
La influencia del exterior empezaba a impregnar a una nueva generación de opositores al régimen, pero también de políticos. Antonio Garrigues Walker le contó a Leira para su libro que su hermano Joaquín, quien llegó a ser ministro de Obras Públicas y Urbanismo durante la Transición, un viaje a Estados Unidos hizo que acabara con una perspectiva liberal de lo que debía ser la política.
Murió Franco, pero no la España franquista. El proceso transicional estuvo marcado por amenazas constantes por parte de los militares y un ruido de sables incesante que explotó en 1981, con los comunistas sentados en el Congreso. Para entonces, el PCE ya era un partido más. “Y en eso coinciden la mayoría de políticos de la época que he entrevistado. Sabían que en ningún caso el resultado de esas elecciones sería democrático si no permitían que el Partido Comunista se presentara”, apunta Leira.
Así lo demuestran las palabras recogidas por el historiador a través de decenas de conversaciones, como las que mantuvo con Iñaki Anasagasti, antiguo portavoz del PNV en el Congreso; Miquel Roca, ponente constitucional y político de CDC; Enrique Barón Crespo, socialista y expresidente del Parlamento Europeo; Joaquín Almunia, socialista y antiguo ministro de Trabajo y Seguridad Social y de Administraciones Públicas; los periodistas Joaquín Estefanía, Manuel Campo Vidal, Soledad Gallego-Díaz y Nativel Preciado; así como con políticos regionalistas como Xosé Manuel Beiras y Joan Tardá.
Otra posible Constitución
A pesar de su título, ‘Retrato de la Transición’ abarca hasta 1996, año en que el PP de Aznar ganas las elecciones por primera vez en España. Sin embargo, para llegar tan lejos, Leira se detiene algunos capítulos en abordar, de forma directa o tangencial, la ponencia constitucional. Las elecciones de 1977 no fueron constituyentes como tal. Aquel año, la población votó un parlamento que comenzaría a trabajar en una Carta Magna, pero sin una hoja de ruta clara.
En este punto, el historiador sostiene que, si los resultados electorales hubieran sido otros, seguramente el tipo de Constitución también habría sido diferente, tal y como explicita en la monografía Óscar Alzaga, catedrático de Derecho y diputado por UCD y, más tarde, por Alianza Popular, y también Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona, ministro de Educación con la UCD.
El trabajar codo con codo unos y otros durante ese proceso de diálogo en el que había políticos de la UCD, el PSOE, AP, el PCE, Convegència y Unió de Catalunya dio paso a cierta trabazón de buena relación. “Se turnaban en las ruedas de prensa. En cada ocasión, era un ponente constitucional diferente el que atendía a los medios. Y discutían hasta dónde se ponía una coma”, comenta el autor.
Significativo aquí es el testimonio de Miquel Roca, único ponente constitucional que queda con vida. “Él y Jordi Solé Tura decían que para que no hubiera dudas o ambigüedades siempre se decantaban por introducir alguna palabra que especificara bien la norma”, ejemplifica Leira. La buena relación del democristiano catalán con el comunista se dejaba ver incluso por los chascarrillos que hacían de otro de los ponentes, Manuel Fraga Iribarne, antiguo ministro franquista y fundador de AP. Según Roca, ambos se preguntaban cuánto tardaría Fraga en meterles en la cárcel de nuevo.
La amenaza continua del terrorismo
Horas y horas delante de los protagonistas más ilustrados de la Transición, pues no hay que olvidar que aquel proceso también golpeó y se batalló en los barrios y barriadas, por las gentes sin estudios ni la habilidad de la elocuencia, han conmovido al autor de este ensayo. Es lo que le ocurrió con las víctimas del terrorismo con la que se entrevistó, tales como Gorka Landanburu, antiguo periodista de Diario 16. Leira admite que escuchar su relato, que con honestidad ha transferido al texto, le puso la piel de gallina.
Sin embargo, el nudo en la garganta lo sintió al verse con Manuela Carmena, Cristina Almeida y Paca Sauquillo, quienes vivieron en primera persona la masacre de los abogados laboralistas de Atocha en 1977. El historiador no rehúye esta cuestión a través de la mirada de sus fuentes. Se decanta por no pintar la Transición de color de rosa, de un periodo de concordia y consenso pacífico. “Aquí teníamos el terrorismo de extrema derecha e izquierda, pero también de las fuerzas del orden público, que seguían matando y torturando en la cárcel, y unos jueces herederos del franquismo”, sostiene.
La mirada al presente
Leira teje una línea con el presente y acerca la Transición a lo ocurrido con el 15M de 2011 en España: “Para mí esta fue la oportunidad perdida. Teníamos dos generaciones que defendían mayor democracia y no fueron capaces de ponerse de acuerdo, de llegar a un consenso en el que pudiéramos entender al otro”. Gregorio Peces Barba, socialista y también padre de la Constitución, lo explicitó cuando defendió “una Constitución que enfadase a todos un poco pero no tanto como para tener que cambiarla a los pocos años”, en sus propios términos.
Más de tres décadas después de aquello, decenas de miles de personas en España se echaron a la calle defendiendo, si no un nuevo proceso constitucional, sí cambios estructurales en la Carta Magna. Acamparon en las plazas y las asambleas tomaron los barrios. Una nueva pulsión emergía tras una latencia que tiempo antes parecía dormida. La conflictividad volvía. Se sucedían las huelgas, las manifestaciones en solidaridad por los detenidos en las protestas, las mareas en defensa de los servicios públicos, las marchas de los mineros y los Rodea el Congreso. También las acciones para luchar contra la Ley Mordaza, que en parte consiguió aplacar el estallido social.
Sin embargo, poco de eso cristalizó en medidas que mejoraran la vida de la gente. “Una de las cosas que defiendo en el libro es que, ya que no nos pusimos de acuerdo en el pasado, tenemos que hacerlo ahora”, asegura Leira en referencia a esas dos generaciones que no supieron entenderse. Ahora que vivimos una ola reaccionaria mundial es el momento, según subraya el historiador, de “reactualizar la democracia”. La respuesta al cómo la da el mismo Leira: introduciendo los derechos del colectivo LGTBI o feministas en la Constitución, blindándolos de ataques ideológicos imbricados en intereses espurios y creencias religiosas antagónicas con el progreso.
Fortalecer la democracia contra la ultraderecha
El docente de la UC3M comenta sin ambages que, “en el fondo, lo que hay que recuperar es la idea de concordia entre quienes se sienten demócratas y quienes consideran que no hay otro camino para defender la democracia que el antifascismo y el antitotalitarismo”. Para eso, propone rebajar el tono y huir de expresiones vertidas en el pasado con las que la generación del 78 se sintió atacada. Por otra parte, esta generación también pudo hacer gala de su reivindicación de la Transición negociando un nuevo consenso con las generaciones más jóvenes.
Lo dice al final de su libro. La democracia no puede ser patrimonio de una generación o contexto histórico. “La democracia debe seguir actualizándose continuamente, no puede quedar anclada en el pasado porque si no muchos derechos sociales van a estar perdidos”, añade. Aquella generación que vio el ocaso del franquismo no pensó en los derechos del colectivo LGTBI, ni tampoco la mujer ocupaba el espacio que ocupa ahora (no hay madres de la Constitución). Y cambiar eso tampoco haría variar el sistema político.
En definitiva, Leira sostiene que se produjo cierta incomprensión hacia la gente que protagonizó la Transición por parte de los jóvenes, la mayoría, que llegaban al 15M con ganas de cambiarlo todo, pero también sumidos en una crisis social y económica que golpeó el país como no lo hacía en mucho tiempo. “Deberíamos volver a juntarnos para fortalecer las estructuras de la democracia y, aunque pueda llegar a gobernar la extrema derecha, no haya un retroceso en los derechos sociales y los derechos humanos”, concluye.7517