La última noche de las Trece Rosas antes de ser fusiladas: “Se vistieron ayudadas por las demás, nuestras manos temblaban”
Sobre las 12 y media de la noche vieron la puerta abrirse lentamente. Envuelta en una capa azul marino, una de las funcionarias de la cárcel de Ventas (Madrid), la prisión de mujeres más poblada de la España franquista, entró a la galería de menores para pronunciar los nombres de Martina Barroso, Victoria Muñoz y Ana López Gallego. Las tres presas sabían lo que significaba: las iban a sacar al amanecer para fusilarlas en la tapia del cementerio del Este junto a 43 hombres y otras diez mujeres. Este grupo de mujeres pasaría a la historia como las Trece Rosas.
Las militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), ejecutadas el 5 de agosto de 1939, han inspirado decenas de libros, películas y obras de teatro, pero antes estuvieron sus compañeras de celda y aquellas presas que mantuvieron vivo su recuerdo. Todo un tapiz de voces que sobrevivió dentro de las cárceles durante décadas, desafiando el silencio impuesto por la dictadura franquista y que permite 87 años después acercarse a los detalles más íntimos y reveladores de aquella última noche.
Son momentos muy gráficos, como el relatado por la comunista Carmen Machado, que estaba presente en aquel instante y que relataría la reacción de Ana López Gallego, conocida como Anita. “Se dio cuenta rápidamente de que venían a por ellas, se puso en pie y dijo: 'No, no llame a las otras, ya las llamo yo'. Y ella misma despertó al resto. De estas dos compañeras, a una de ellas hacía muy pocos días que le habían fusilado a un hermano y recuerdo que lo único que dijo fue '¡Pobrecilla, mi madre!'”.
Se refería a Victoria Muñoz, otra de las Trece Rosas, cuyo hermano Gregorio había sido asesinado. La miembro del Partido Comunista (PCE) y enfermera durante la Guerra Civil, Josefina Amalia Villa, también fue testigo directo de la saca y corroboraría la misma escena. De los momentos antes de salir, contó que las tres jóvenes “se vistieron ayudadas por las demás; nuestras manos temblaban mucho más que las suyas” y recordó que Anita, al terminar, les hizo una pregunta a las compañeras “con voz serena y un poco baja”: “¿Llevo las medias derechas?”, les interrogó. “Le dijimos que sí, pero ¿quién las miró? Las abrazamos una y otra vez. ¡Qué horrible mezcla de gritos y silencio! Todo parecía muerto”.
Estas palabras de Josefina Amalia las recogió otra expresa de Ventas, Tomasa Cuevas, que publicó en los 80 los testimonios de mujeres que pasaron por las cárceles franquistas. En su relato, la comunista recuerda a Martina como una muchacha de “hermoso pelo rizado y tez descolorida” y narra cómo, la noche del 5 de agosto, mientras toda la sala se fue acostando, Anita “siguió cosiendo con algunas compañeras a su lado”. Dijo que esperaría porque no quería que la encontraran dormida cuando fueran a buscarla. Las sacas de los días previos se habían producido antes de las 11, por lo que cuando llegaron las 12.30, decidió dormirse. “Creo que está noche me puedo acostar”, dijo Anita muy poco tiempo antes de que la funcionaria apareciera en el umbral.
Si hoy podemos acceder al relato de aquellos momentos es gracias a las huellas que dejaron escritas durante la Transición varias militantes antifranquistas, pero antes existió lo que el historiador Fernando Hernández Holgado llama una “memoria subterránea” que fue transmitiéndose entre las testigos directas o indirectas del hecho. “Fue un relato colectivo de múltiples voces que recordaron en común y fueron elaborando y macerando durante años, en condiciones hostiles. Solo a partir de 1978 se fue fijando en textos escritos”, explica en el artículo Mitos y memorias. Una arqueología del mito martirial y de las memorias subterráneas de las 'Trece Rosas', recién publicado en la revista Pasado y Presente.
El historiador sigue el rastro de esa “memoria interior” de la prisión que fue, durante mucho tiempo, oral y femenina. “Fue allí, en aquella cárcel, donde empezó a gestarse un primer relato colectivo de aquella primera comunidad de presas políticas” frente al “peligroso” ecosistema franquista de aquellos años. La clave de su supervivencia pudo estar en “el fuerte sentido de comunidad” de esa primera generación de presas políticas de la dictadura ante los sucesos traumáticos que vivieron. “Su identidad, el sentido identitario de sus vidas y de sus luchas dependía en buena medida de recordar y hacerlo con fidelidad a lo vivido en carne propia y en la de sus compañeros”, afirma.
“Como si fueran escolares haciendo sus deberes”
Siete de las Trece Rosas no llegaban a la mayoría de edad legal establecida entonces de los 21 años y sus edades oscilaban entre los 18 y 29. Por eso, sus compañeras se refirieron a ellas como “las menores”. Tres estaban en una misma sala de Ventas —la cárcel que llegó a retener a 5.000 presas a pesar de estar concebida para 500—, mientras que el resto se encontraban diseminadas en pasillos, galerías y sótanos. Además de Anita, Martina y Victoria, las Trece Rosas eran Virtudes González, Luisa Rodríguez, Adelina García, Julia Conesa, Dionisia Manzanero, Elena Gil, Joaquina López, Carmen Barrero, Pilar Bueno y Blanca Brisac.
Las jóvenes habían sido condenadas a muerte por un delito de adhesión a la rebelión. Su sentencia, considerada ejemplarizante, se dictó en un contexto de recrudecimiento de la represión tras el asesinato del comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón, un crimen en el que ninguna participó a pesar de las declaraciones que en 2019 hizo el exconcejal de Vox en Madrid, Ortega Smith, a las que acusó falsamente de “torturar, violar y asesinar vilmente”. En cada uno de sus expedientes, una cruz azul perfilada en rojo marcaba su destino. Era la señal con la que la cárcel de Ventas identificaba las condenas a la pena máxima, impuesta a 80 mujeres procedentes de esa prisión entre el final de la Guerra Civil y 1943.
Previamente a ser ejecutadas, las presas solían escribir sus cartas de despedida a sus familias desde la capilla, algo que también hicieron las Trece Rosas. Hernández Holgado recupera en su artículo el relato de la militante comunista Soledad Real, que a pesar de ser encarcelada cuatro años después, transmitió el recuerdo de la enfermera socialista María Lacrampe. Ella sí estuvo con las jóvenes aquella noche en la capilla y evocó la imagen de las mujeres escribiendo sus últimas misivas desde la cárcel “como si fueran escolares haciendo sus deberes”.
A través del tiempo viajaron no solo los testimonios, sino objetos clandestinos vinculados a la ejecución de las Trece Rosas. Entre ellos, el poema de la maestra Rafaela González Quesada, conocida como Rafita, titulado 'Cuando mueren las estrellas', que nombró por primera vez al grupo de jóvenes como las Trece Rosas y que fue escrito la misma noche del 5 de agosto de 1939. Según recuerda Hernández Holgado, Rafita era hermana del escultor Juan Cristóbal, que llevó el poema a París mientras su hermana seguía en prisión. Allí, una de las hijas de la física Marie Curie llegó a promover una campaña de protesta por los fusilamientos masivos que se habían producido en el mes de agosto en España.
El “mito martirial” del exilio
Es precisamente en este salto al exterior donde, según describe Hernández Holgado, se gestó el “mito martirial del exilio” que también aborda en su artículo y que contrapone a la “memoria subterránea”. El historiador explica que el fusilamiento llegó a los medios escritos del exilio comunista con siete años de retraso, en 1946, y sin citar ningún nombre propio, en un momento en el que apenas se construían referentes femeninas y sí muchos hombres ocupaban ese lugar. Tiempo después, fueron nombradas algunas de ellas, aunque con errores en sus nombres.
A partir de entonces fue construyéndose el mito de las Trece Rosas en el exterior gracias, en parte, a los datos fragmentados que algunas presas como Mercedes Núñez lograron transmitir, mujeres que aunque no coincidieron con ellas, sí estuvieron en Ventas unos años después. El objetivo, según describe el historiador, era “ser funcional”, es decir, servir para la movilización política contra la dictadura, estableciendo una especie de “deuda moral” hacia las “mártires”. Fernández Holgado lo llama “mito martirial”, construido a través de estereotipos y destacando elementos como la inocencia, el sacrificio, la valentía o la exageración de su juventud —se llegó a afirmar que alguna tenía 16 años—.
Frente a esta distancia física y temporal, el historiador destaca la realidad íntima de las celdas en las que las represaliadas custodiaron los recuerdos. Fue el caso de la comunista Juana Corzo, que guardó en secreto el bordado que Dionisia, una de las jóvenes fusiladas, confeccionó antes de ser ejecutada. Según algunos testimonios, la conocida como Juanita pudo despedirse de las 13 jóvenes y llegó a resaltar de ellas su “gran valor y enorme dignidad”. La anfranquista conservó clandestinamente el bordado durante tres décadas de dictadura hasta que en 1977 se lo entregó a Dolores Ibárruri, Pasionaria, a su vuelta del exilio.