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ANÁLISIS

Qué tienen que ver Britney Spears y Kate Millet: siempre hay una mujer fuerte a la que convertir en loca

Britney Spears y Kate Millet.

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“Si Britney sobrevivió al 2007 tú puedes con esto” es la frase que hemos leído en cientos de memes y stickers, la frase que probablemente muchas hayamos enviado a una amiga (o recibido de ella) para animarnos en un momento bajo. Y es que 2007 fue el año en que la estrella del pop se rapó la cabeza, atacó a los paparazzi con un paraguas, condujo temerariamente para deshacerse de la prensa que la perseguía sin parar, fue grabada saliendo de juerga, internada 24 horas en un centro de rehabilitación y, finalmente, perdió la custodia de sus hijos. Hace unos días pudo tomarse su primera copa de champán en 13 años.

No había podido hacerlo hasta ese momento porque, a pesar de ser una mujer adulta de 39 años que seguía trabajando y generando millones de dólares, permaneció todo este tiempo bajo la tutela personal y económica de su padre. Una tutela –'curatela', en lenguaje jurídico– que le ha obligado a llevar un DIU contra su voluntad, a perder el control sobre su fortuna, pero también sobre cualquier acto cotidiano, incluso su medicación. Britney había sido esa figura dulce pero empoderada que ofrecer a las generaciones post Spice Girls. Con esa curatela pasó sencillamente a ser la loca oficial, porque siempre hay una ilustre loca oficial.

La escritora y activista Kate Millet, todo un símbolo del feminismo que agitó el pensamiento de los años 70 con su Política Sexual –ya saben, aquello de que lo personal es político, un lema muy apropiado para el caso– , también fue una loca oficial. Lo contó ella misma en Viaje al manicomio (Seix Barral), un libro que es un poderoso testimonio personal de sus dos estancias forzadas en psiquiátricos y su medicación obligatoria tras ser diagnosticada como maniaco depresiva. Es también un relato de cómo la locura se ha utilizado contra las mujeres para infantilizarlas y de qué manera los manicomios son instituciones que, más que rehabilitar, enferman.

Así es como Britney Spears y Kate Millet se encuentran. Las dos admiradas. Las dos señaladas en tanto transgresoras de ciertas normas de género: Spears, una mujer en rebeldía contra quienes querían que fuera una eterna barbie, una mala madre que salía de fiesta y se emborrachaba, una cantante con medias de rejilla; Millet, una entusiasta defensora de los derechos humanos, una feminista que fue portada de Time, la escritora que dijo que lo privado también debía incumbirnos, una bisexual que pagó su deseo de vivir libre con la separación de su marido y la reticencia del feminismo lesbiano. Las dos con buenos recursos económicos (incomparablemente más la primera que la segunda) pero sabiendo lo que es necesitar permiso para comprar una Coca-Cola o pedir por favor un lápiz y papel para escribir.

“Lloro todos los días”

La filóloga y diputada de En Comú Podem Mar García Puig es la autora del prólogo de la edición española del Viaje al manicomio de Millet. Para ella, la conexión entre Spears y Millet tiene que ver con cómo se trata la locura en las mujeres: “Cómo se imponen una serie de roles, de estereotipos que hay que cumplir, y la mujer que no entra en ellos no solo es tratada de loca sino que puede llegar a imponérsele unas estructuras judiciales, una infantilización, para que entre dentro de los parámetros patriarcales”.

No quiere eso decir que cualquier muestra de malestar o sufrimiento psíquico deba ser tomada como “parte de la rebeldía contra el patriarcado y el capitalismo” y no actuar. Pero lejos de la “romantización de la locura y del malestar”, dice García Puig, sí hay que plantearse si el mejor modo de tratarlas es precisamente “meterte en un psiquiátrico contra tu voluntad o infantilizarte bajo una tutela” que te impide además participar de tu vida y de tu proceso. “No hay que negar la existencia de la 'locura' ni abolir los tratamientos, pero tienen que ser un acompañamiento y no una imposición”.

En su libro, Millet escribe: “El encierro empieza a apoderarse de tu mente, de tu cuerpo; estás marcada. Está en ti, crece implacable como un cáncer, con más firmeza y más fuerza porque las pocas personas a las que intentas describírselo no alcanzan a comprenderlo por completo ni muestran interés más allá de su consternación y su desaprobación ante tu actitud hacia un lugar de curación”. Este verano, en una comparecencia online frente a la jueza, Spears relataba su calvario de años: “No estoy contenta. No puedo dormir. Estoy enojada y deprimida. Lloro todos los días”.

Psiquiatrizar la vida de las mujeres

La médica y especialista en medicina con perspectiva de género Carme Valls constata que hay una tendencia a psiquiatrizar la salud de las mujeres. “¿Que ha habido abusos en la salud mental en mujeres? Sí, desde hace 150 años”, dice Valls, que relata cómo hace décadas mujeres con déficits de vitamina B12 eran internadas en psiquiátricos o enfermas de párkinson, atadas con cadenas. La prescripción de litio –que tanto Millet como Spears tomaron– está ligada a la bipolaridad, explica Valls, y requiere tratamiento: “Otro tema es aprovechar eso para quedarse el dinero de tu hija. Que sean bipolares no quiere decir que sean tontas o que te puedan tratar como una niña. Una vez tratadas pueden dirigir sus economías y sus vidas, ser autónomas, también sobre sus tratamientos”.

La médica, autora de varios libros como Mujeres invisibles para la medicina (Capitán Swing), apunta un dato contundente: en nuestro país las mujeres toman cinco veces más antidepresivos que los hombres y 2,5 veces más ansiolíticos. Eso a pesar de que las enfermedades psiquiátricas más graves, como la esquizofrenia y la psicosis, tienen mayor prevalencia en los hombres.

“Hay, por ejemplo, tendencia a confundir tristeza con depresión. Las mujeres tendríamos que estar tristes y llorando todo el día por vivir en una sociedad androcéntrica, que no las valora y que no les paga los mismo; al revés, las mujeres han resistido mucho”, exclama Valls, que señala la mayor angustia por el porvenir, el dinero, el trabajo o la excesiva carga de cuidados como factores que hacen a las mujeres más susceptibles de sentirse ansiosas y tristes. Mar García Puig también cree que la salud de las mujeres “se resiente por el patriarcado” y que salirse de la norma, con el coste que supone, también puede llevar a la 'locura'.

En uno de sus textos, Carme Valls se pregunta: “¿Existe más depresión y ansiedad en España entre mujeres o existe una cierta inclinación a ayudar a soportar la dureza de las discriminaciones y del papel de eternas cuidadoras a las mujeres haciendo acallar sus quejas y demandas con psicofármacos? La falta de diagnósticos adecuados o la falta de servicios sociales adecuados, o el sistemático papel de cuidadoras, no se puede confundir sistemáticamente con ansiedad”.

La exposición pública de Britney Spears y Kate Millet agudizó el empeño e interés de algunas personas cercanas en catalogarlas con la etiqueta de loca y en aprovechar sus circunstancias para ello. Pero esa exposición también les concedió a ellas un apoyo imprescindible para recuperar su autonomía. “Su apoyo social es insólito, hay muchísimas mujeres que no lo han tenido y que siguen bajo tutela, ingresadas en un psiquiátrico, convertidas en niñas, sin poder tomar decisiones”, subraya Mar García Puig. Para Kate Millet, la voz del movimiento feminista y de activistas de los derechos humanos fue fundamental. Para Britney Spears lo ha sido el movimiento #FreeBritney, a quien ella misma reconoció esta semana deberles la vida.

Que te llamen loca puede ser muy útil para el sistema o para quien puede ganar algo con ello. Quizá eso de que lo personal es político y give me baby one more time tengan al fin y al cabo más puntos en común de lo que podríamos imaginar, aunque sea para mostrarnos que 'la locura' es también un asunto del que encargarnos.

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