Un manuscrito de Mozart descubre piezas inéditas y muestra su forma de formar a una joven intérprete de arpa
Un niño se sienta al piano y repite una melodía hasta que empieza a cambiarla con naturalidad, como si ya supiera hacia dónde llevarla. Wolfgang Amadeus Mozart fue ese niño convertido en compositor, alguien que escribió música desde muy pequeño y que acabó marcando la forma en que se entiende la música clásica en Europa.
Su importancia nace de esa capacidad para crear obras que funcionan con precisión y emoción al mismo tiempo, y que siguen sonando actuales siglos después. Entre sus composiciones más conocidas están la ópera Don Giovanni, la ópera La flauta mágica, el Réquiem inacabado y conciertos como el nº 23 para piano y orquesta, piezas que forman parte del repertorio habitual en teatros y auditorios.
François-Pierre Goy identificó la autoría tras revisar varios documentos
Un hallazgo reciente ha revivido el interés por el maestro austríaco. La Bibliothèque nationale de France anunció en junio el descubrimiento de un manuscrito desconocido del compositor, fechado en 1778 durante su estancia en París, un documento que permite ver cómo trabajaba cuando daba clases y cómo desarrollaba ideas musicales junto a su alumna.
La identificación del cuaderno empezó de forma casi casual cuando François-Pierre Goy, conservador del departamento de música, revisaba un conjunto de manuscritos anónimos. Reconoció rasgos muy concretos de escritura musical que había visto antes y, según explicó a Le Monde, detectó detalles como la forma de dibujar las claves o los cierres de las piezas.
Para confirmar la atribución, contactó con la musicóloga Laurence Decobert, que avaló la coincidencia. La verificación definitiva llegó en abril, cuando Armin Brinzing, responsable de la Bibliotheca Mozartiana en Salzburgo, examinó el documento y aseguró al The New York Times: “Está muy claro que es la escritura de Mozart”.
Las clases terminaron antes de completar todos los ejercicios
El cuaderno encaja con un momento concreto de la vida del compositor. En 1778, con 22 años, Mozart se encontraba en París intentando abrirse camino profesional y aceptó dar clases a Marie-Louise-Philippine de Bonnières de Guînes, hija del duque de Guînes. El aristócrata, flautista aficionado, quería que su hija aprendiera a componer piezas para tocar juntos, lo que explica la presencia de obras pensadas para flauta y arpa.
El contenido del manuscrito permite seguir ese proceso casi paso a paso, ya que incluye ejercicios de composición y siete piezas escritas para esos instrumentos, algunas completas y otras en desarrollo. En varias páginas se mezclan las aportaciones del profesor y de la alumna, lo que deja ver cómo Mozart proponía una idea y cómo ella intentaba continuarla. Esa interacción también aparece en sus cartas, donde el compositor comentaba las dificultades de su estudiante, a la que llegó a describir como alguien sin iniciativa musical.
El cuaderno también muestra los límites de ese aprendizaje. El último ejercicio queda inacabado y las páginas finales están en blanco, lo que sugiere que las clases se interrumpieron de forma abrupta, coincidiendo con el matrimonio de la joven en julio de ese mismo año. Aun así, seis de las piezas pueden tocarse actualmente y amplían un repertorio que, en el caso de Mozart, apenas incluye obras para arpa y flauta.
Ese material ha pasado del archivo al escenario en cuestión de meses. Dos músicos de la Orchestre philharmonique de Radio France, la flautista Mathilde Caldérini y el arpista Nicolas Tulliez, prepararon las piezas en París y participaron en su primera interpretación pública durante la Fête de la Musique. La grabación se emitió después en France Musique, lo que permitió escuchar por primera vez estas composiciones casi 250 años después de haber sido escritas.
Para los especialistas, el valor del hallazgo va más allá de añadir nuevas piezas al catálogo. Gilles Pécout, presidente de la biblioteca, destacó que el manuscrito permite observar a Mozart en una faceta menos conocida, la de profesor que trabaja día a día con una alumna. Ese seguimiento cercano ayuda a entender cómo pensaba la música en el momento de crearla y cómo corregía o guiaba cada paso del proceso. Con ese tipo de documentos, la figura del compositor deja de ser solo la de un autor de obras célebres y se convierte en alguien que también enseñaba, probaba y ajustaba ideas sobre el papel.
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