¿Por qué algunas cucaburras australianas están cambiando de sexo? La contaminación emerge como principal sospechosa

Una cucaburra mostró capacidad reproductiva femenina siendo macho genético

Héctor Farrés

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A medida que cambian las normas sociales y legales, muchas personas ajustan su identidad de género para vivir de forma coherente con lo que sienten, un proceso que en algunos países encuentra respaldo institucional y en otros sigue rodeado de trabas. En varias sociedades del primer mundo se han aprobado leyes que reconocen derechos, facilitan el cambio registral o protegen frente a la discriminación, lo que permite una vida pública más abierta y segura. Sin embargo, esa aceptación no es uniforme y convive con resistencias culturales, debates políticos y desigualdades que afectan a la vida cotidiana.

Fuera del ámbito humano, la cuestión adquiere otra dimensión, porque en el reino animal no hay normas sociales ni decisiones conscientes, sino procesos biológicos que pueden alterar el desarrollo sexual de manera natural o condicionada por el entorno, lo que obliga a mirar ese fenómeno desde una lógica distinta.

Un estudio detectó una variación sexual más frecuente en aves silvestres

Un estudio liderado por la University of the Sunshine Coast y publicado en Biology Letters ha encontrado que la inversión sexual en aves silvestres aparece con más frecuencia de lo que se creía, con cifras que alcanzan hasta un 6% en las especies analizadas.

La investigación describe individuos que presentan rasgos físicos o reproductivos de un sexo mientras su composición genética corresponde al otro, un dato que cuestiona la idea de que el sexo en estas especies queda fijado de forma rígida desde el inicio.

Hall advirtió de posibles cambios en las poblaciones silvestres

Esa discrepancia tiene un efecto evidente en la manera en que se estudian las poblaciones, porque los métodos habituales no siempre detectan estos casos. La doctora Clancy Hall, investigadora principal del trabajo, explicó que muchos estudios se apoyan en una única referencia, como el ADN o el plumaje, lo que puede generar errores.

La propia Hall situó ese límite metodológico al señalar que “el ADN no siempre refleja el sexo real del individuo”, una conclusión que obliga a revisar cómo se interpretan los datos en campo.

Una cucaburra puso en duda lo que se daba por cierto

Para llegar a ese resultado, el equipo analizó cerca de 500 aves de cinco especies australianas, entre ellas urracas, cucaburras, palomas y los coloridos loris. Los ejemplares procedían de hospitales de fauna del sureste de Queensland, donde habían ingresado por lesiones o enfermedades ajenas al estudio.

Tras su muerte, los investigadores examinaron los órganos reproductivos y compararon esos datos con pruebas genéticas obtenidas mediante técnicas de laboratorio, lo que permitió detectar las discrepancias entre apariencia y genética.

El análisis mostró que el fenómeno no es marginal. Entre un 3% y un 6% de las aves presentaban esa inversión sexual, con un patrón claro en la mayoría de los casos. La profesora asociada Dominique Potvin, coautora del estudio, explicó que “la determinación del sexo en aves silvestres es más flexible de lo que creíamos y puede persistir hasta la edad adulta”. Ese margen de variación rompe con la idea de que los rasgos observable coinciden siempre con la base genética.

Dentro de los resultados apareció un caso que ilustra hasta qué punto puede llegar esa variación. Los investigadores identificaron una cucaburra genéticamente macho que mostraba signos de actividad reproductiva femenina, con folículos ováricos desarrollados y un oviducto distendido. Esos rasgos indican que había producido huevos recientemente, lo que sitúa ese ejemplo fuera de lo que se consideraba habitual en aves silvestres.

El estudio abrió nuevas preguntas sobre los efectos de la actividad humana

El trabajo también abre la puerta a entender qué factores pueden influir en ese desarrollo. Aunque las causas exactas no están definidas, el equipo apunta a elementos ambientales que podrían alterar los procesos biológicos. Entre ellos aparecen los compuestos químicos que afectan al sistema endocrino o los niveles elevados de hormonas de estrés. La presencia de la cucaburra en una zona agrícola periurbana refuerza esa hipótesis, porque en ese tipo de entornos pueden acumularse sustancias que afectan al desarrollo.

Las nuevas pruebas ampliaron el interés por estudiar sus consecuencias

Esa línea de investigación requiere más datos, algo que subrayan varios miembros del equipo. El ecólogo Gabriel Conroy, la microbióloga Martina Jelocnik y el investigador doctoral Vasilli Kasimov coinciden en que es necesario ampliar el estudio para entender qué desencadena estos cambios y cómo se mantienen en el tiempo. Sin esa información, resulta difícil medir el alcance real del fenómeno en distintas especies.

Las consecuencias van más allá de la descripción biológica, porque afectan al equilibrio de las poblaciones. Según Hall, la presencia de individuos con inversión sexual puede alterar la proporción entre machos y hembras, reducir el tamaño de las poblaciones y modificar las pautas de apareamiento.

La investigadora advirtió que “esto puede llevar a proporciones de sexo desequilibradas, reducción en el tamaño poblacional, cambios en las preferencias de apareamiento e incluso declives demográficos”, un escenario que adquiere más importancia en especies ya amenazadas.

Ese conjunto de datos sitúa la variabilidad sexual en animales dentro de un campo que aún se está definiendo. Comprender cómo se produce y qué efectos tiene no solo ayuda a mejorar los estudios científicos, también permite evaluar hasta qué punto la actividad humana puede estar alterando procesos que se consideraban estables.

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