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Hacerlo bien

Para un espacio político como el nuestro, que lleva en su ADN el compromiso con la gente humilde, el municipalismo juega un papel estratégico

Las elecciones del 26 de mayo cierran, en lo institucional, un ciclo político donde el "espacio del cambio" no ha estado a la altura. Hay que decirlo sin miedo

El censo para las elecciones municipales en Andalucía presenta mayoría femenina, con 163.649 mujeres más

Elecciones 26 de mayo de 2019.

El sábado 15 de junio se conformaron los Ayuntamientos en todo el país. Para un espacio político como el nuestro, que lleva en su ADN el compromiso con la gente humilde, el municipalismo juega un papel estratégico.

En algunos municipios, como Alcorcón, logramos avanzar electoral y políticamente, derrocando al peor Partido Popular y logrando una alianza con el PSOE, con la que aspiramos a levantar un gran faro de esperanza para la Comunidad de Madrid. Por desgracia, a pesar del enorme trabajo desempeñado por la militancia, en la gran mayoría de municipios el espacio del cambio ha retrocedido significativamente tanto en términos electorales como políticos.

Independientemente del escenario hay un principio que, creo, debe vertebrar nuestra manera de construir lo político durante este ciclo: Hacerlo bien.

Las elecciones del 26 de mayo cierran, en lo institucional, un ciclo político donde el "espacio del cambio" no ha estado a la altura. Hay que decirlo sin miedo. Necesitamos, ante todo, una gran rectificación política. Y esto no es sólo una claridad de horizontes, sino sobre todo una nueva manera de abordar la construcción política y organizativa, nuevas actitudes frente a los problemas y nuevos criterios a la hora de promocionar liderazgos. El espacio del cambio tiene que cambiar para empezar a hacerlo bien.

Sabemos lo que es hacerlo mal: sustituir lo político por la gestión permanente de las "internas", que personas con conocimientos valiosísimos e intelectuales sean incapaces de asumir una discrepancia sin protagonizar una fractura o confundir las agendas personales con las agendas políticas, transitando, por ejemplo, indistintamente de Secretario General de una dirección autonómica a tertuliano por puro cálculo, aunque eso suponga abandonar, de manera irresponsable, a tu militancia (esa que no pisa platós pero es imprescindible) en los momentos más duros.

Todo eso se tiene que acabar porque no nos vale. Todo. No importa quién lo hiciera o el carné que tenga, la responsabilidad debe volver. Esta manera de actuar no es una trituradora de personas (las personas somos prescindibles) sino una trituradora de esperanzas. Y si estamos triturando esperanzas le estamos fallando a la gente. No es justo para con la gente humilde, pero tampoco es justo para quienes nos estamos dejando la piel por construir proyectos que incorporen e ilusionen a nuestras vecinas y vecinos.

Dejemos de ajustar cuentas con el pasado y pongámonos a construir desde el presente, pero con la vista puesta en el futuro. Existen modelos de éxito que nos pueden servir para definir horizontes en este nuevo ciclo político que se abre ante nosotras y nosotros. Y tenemos las mejores energías en forma de una incombustible militancia para ponerlos en marcha.

Hacerlo bien requiere mucho esfuerzo, pero creo que podemos empezar por cuatro ámbitos: hacerlo con la gente, hacerlo con responsabilidad, hacerlo sin apellidos y hacerlo con esperanza.

Hacerlo con la gente significa construir organización abriéndose hacia la sociedad. Las organizaciones de base deben dejar de ser plataformas para una batalla interna que nunca se termina y convertirse en espacios de trabajo para permear y conectarse directamente con la comunidad. Esto tenemos que lograrlo tanto desde donde ejercemos responsabilidades de gobierno (escuchar – solucionar) como desde aquellos ámbitos donde practicamos oposición (escuchar – problematizar – politizar).

Hacerlo con responsabilidad significa asumir algo básico pero que parece bastante ausente en estos tiempos: que la política no es un juego. De nuestras decisiones dependen el bienestar y las ilusiones de muchísimas personas. Indistintamente de que ocupemos cargos de Gobierno o de oposición, tenemos una tarea vital para el espacio de progreso en nuestro país que no puede depender de los caprichos de tal o cual cargo público. Significa, simplemente, trasladar la responsabilidad cotidiana que toda la España trabajadora asume todos los días cuando enfrenta sus vidas a los espacios de responsabilidad política. Ni más, ni menos.

Hacerlo sin apellidos significa dejar de promocionar liderazgos por inercias que deberían ser ajenas a un espacio que aspira a representar a la gente humilde. El espacio progresista tiene un "statu quo" donde se reproduce una forma de capital simbólico poco útil, porque su valor se referencia entre las cuatro paredes de las élites políticas, pero no frente a la gente humilde (que al final, es a quien nos debemos). Toca abrir nuestras ventanas para que entre aire fresco. Empezar a promocionar cuadros políticos por resultados y por hechos. Una persona es "muy buena" cuando ofrece resultados al espacio político, no cuando divulgamos en un corrillo (de propios) que lo es. Y en todos los casos, esas personas deben demostrarlo todos los días: esto es la rendición de cuentas. Pongamos el esfuerzo al mando y desterremos las inercias, porque, además, es la mejor garantía para mantener el pulso y la conexión con la sociedad.

Hacerlo con esperanza significa poner todos nuestros esfuerzos en proyectos que mejoren la vida de la gente. Ya no basta con impugnar lo que está mal o definir líneas difusas de intervención. Nos toca trabajar, crear, proponer y aplicar modelos exitosos que respondan a grandes retos de nuestro tiempo tales como la transición ecológica, la modernización de nuestra economía con base en las nuevas tecnologías o el reclamo de igualdad entre hombres y mujeres que, masivamente, está reivindicando año tras año el movimiento feminista.

Miles de militantes se encuentran, ahora mismo, expectantes de los acontecimientos, dispuestas y dispuestos a poner todas sus energías al servicio de un proyecto que garantice el progreso, el bienestar, el desarrollo ecológico y el rumbo feminista de nuestro país. Hacerlo bien es una obligación para corresponder a esa voluntad incombustible que nos permitirá cambiar, de una vez por todas, nuestro país.

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