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Conjuros

La vileza machista ha significado una provocación de siglos, una pregunta cuya respuesta nos revela el daño recibido cada vez que una mujer intenta destruir el edificio de un lenguaje que discrimina al género femenino

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Irene Montero (Podemos) dice que tampoco hubiese hecho el minuto de silencio en el Senado

Irene Montero en una imagen de archivo

El feminismo es corriente profunda que ha conseguido que la ideología eche raíces en terreno fértil. Si no fuera por el feminismo, todavía la izquierda se andaría por las ramas.

Reconocer los derechos de la mujer y con ello estructurar un lenguaje no discriminatorio, es tarea ardua. Porque a lo largo del tiempo, la mujer ha protagonizado su papel en la sombra. Mientras que el hombre producía con sus manos, la mujer reproducía con su vientre. Hay que admitir que la vileza machista ha significado una provocación de siglos, una pregunta cuya respuesta nos revela el daño recibido cada vez que una mujer intenta destruir el edificio de un lenguaje que discrimina al género femenino.

Sin ir más lejos, el otro día, Irene Montero lo intentó frente a un micrófono cuando soltó lo de “portavoces y portavozas”. Con tal movimiento gramatical, se montó una bronca que lleva a la siguiente reflexión. 

Si bien, las profesiones u oficios han de carecer de género y el género tendría que venir determinado por el artículo -sirva como ejemplo, el periodista o la periodista- hay actividades que por tradición han estado reservadas a los hombres y, cuando la mujer ha conquistado su sitio en ellas, las ha modificado, no bastando sólo con el artículo -por ejemplo, la psicóloga-. Luego hay otras actividades que, por tradición, las ejercen tanto hombres como mujeres y por ello no son comunes en cuanto al género -por ejemplo, panadero o panadera-.

Con todo, la estructura del lenguaje -y no las reglas de la lógica- es lo que explica no sólo la forma de nuestro pensamiento discursivo, sino nuestra expresión discursiva. En este caso, Irene Montero con su expresión, quiso dar la vuelta a la relación entre estructura del lenguaje y realidad, asunto que bien mirado, poco o nada importa pues lo importante es que el portavoz, la portavoz o portavoza, mantenga su expresión discursiva legítima, defendiendo a las gentes de abajo y no como hasta ahora ha sucedido, que los portavoces han sido portacoces -valga el juego de palabras- por golpear con su discurso borrico a los que estamos abajo.

Sigo pensando que lo de portavoza ha sido un conjuro que al pronunciarse ha conseguido levantar la sábana al fantasma de un machismo que aparece en los momentos más relevantes; aquellos momentos en los que la mujer deja de estar a la sombra.

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