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Chequeo a la democracia española

Eldiario.es/Andalucía pregunta a tres politólogos de universidades andaluzas sobre la calidad de nuestro sistema democrático.

La politización de la justicia y de los medios públicos, la financiación de los partidos y la corrupción, entre los problemas más graves.

El crecimiento del descontento expresa, según Juan Montabes, la necesidad de adaptar las instituciones y la clase política a los nuevos tiempos, y no un rechazo del sistema.

La irrupción de los nuevos partidos estatales, causa y consecuencia de una repolitización de la vida pública, plantea también el reto de lograr acuerdos para formar gobierno. "El consenso sigue sin ser parte integral de la cultura política de nuestras élites ", según Gloria Martínez.

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Solo el PP mejoraría su resultado en terceras elecciones, según una encuesta

EFE

En el Día Internacional de la Democracia, tres politólogos de Andalucía analizan para este medio las fortalezas y debilidades de nuestro sistema político. ¿Cómo estamos? ¿Qué representa la irrupción de nuevos partidos de ámbito estatal con representación parlamentaria? ¿Afecta a la credibilidad y a la percepción del sistema las dificultades para formar gobierno?

Gloria Martínez Cousinou, doctora en Ciencias Políticas y profesora e investigadora en la Universidad Loyola Andalucía (Departamento de Estudios Internacionales); Jean-Baptiste Harguindéguy, doctor en Ciencias Políticas y Sociales (Instituto Europeo de Florencia) y profesor en la Universidad Pablo de Olavide; y Juan Montabes, director del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Granada, responden a estas preguntas.

En términos generales, ¿cuál es el estado de salud de nuestra democracia?

G. M.C.: Con carácter general nuestra democracia goza de buena salud, es estable y está consolidada, es decir, posee las defensas necesarias en términos institucionales y sociales para contrarrestar cualquier ataque contra sus cimientos. Cuestión distinta es que, en términos de calidad democrática, y según en qué indicadores nos fijemos, nuestra democracia es sin duda mejorable.

  J-B. H.: Existen algunos rankings de calidad democrática que muestran que España no está en el top; en el que suelen figurar los países escandinavos. Hay derechos políticos, sociales y civiles garantizados, pero cosas que fallan, en España y otros países de la zona. Dado que salimos hace poco de una dictadura larga, hemos tardado en adoptar estos estándares internacionales. Por ejemplo: hay problemas de politización de la justicia, de los medios de comunicación públicos, o de financiación de partidos políticos.

J. M.: Es bastante positivo en cuanto la aceptación de los ciudadanos de la forma de organización política. Las encuestas nos dicen que hasta mitad de los 90 España era el país de la UE en el que los ciudadanos se sentían más satisfechos con el modelo: en torno al 75% estaban satisfechos o muy satisfechos. Eso ha descendido, como demuestra el Eurobarómetro, y el grado de satisfacción es menor, pero eso no significa que haya descontento sino que se aspira al perfeccionamiento. La diferencia con Alemania, Francia o Italia era antes de en torno a los 30 puntos, y eso ha descendido: en torno a 1/3 están satisfechos o muy satisfechos; y unos 2/3 no tan satisfechos, pero eso no quiere decir que rechacen la forma de organización, sino que el sistema tiene 40 años y piensan que es necesaria una adaptación de instituciones y clase política.

  ¿Qué ha supuesto, en términos de calidad democrática, la irrupción de los nuevos partidos con representación parlamentaria?

G. M.C.: Este es precisamente uno de los aspectos en los que se podría decir que ha mejorado la calidad de nuestra democracia en los últimos tiempos: ahora existe un abanico de posibilidades más amplio a disposición del elector, lo que permite que la composición del parlamento se aproxime de forma más certera a la composición social del electorado; un electorado que en gran parte no se siente representado por los partidos tradicionales. En este sentido, la irrupción de Podemos y Ciudadanos en el panorama político puede ser vista como algo positivo. Como contrapartida, el sistema de partidos actual no está siendo eficaz a la hora de formar gobierno, una cuestión que en ningún caso contribuye a la calidad de nuestra democracia.

  J-B. H.: No creo que tenga que ver con la calidad democrática: es un síntoma de que algo no funcionaba todo lo bien que debía funcionar. Pero de momento no creo que hayan ejercido una capacidad de presión como para hacer adoptar modificaciones estructurales, porque no tienen aún suficiente músculo social y electoral. En el papel Ciudadanos consiguió arrancar algunas cosas en materia anti-corrupción en su negociación con el PP, pero en la realidad no ha habido cambios.

J. M.: Ha supuesto fundamentalmente una repolitización de la sociedad. La incorporación de Ciudadanos y Podemos significa abrir dos vías a ciudadanos que no encontraban satisfacción a sus expectativas. Estos partidos y otros intentos previos como UPyD plantean un nuevo escenario político, que repolitiza el sistema y a los ciudadanos. Hasta hace cinco años las opciones que representaban una visión negativa de la política en las encuestas estaban por encima del 80%, y ahora las opciones positivas llegan casi a la mitad.

Esto tiene de bueno que se generan unas expectativas, que deben ser satisfechas a riesgo de que surja la frustración. Estamos ante el reto de encontrar salida a una situación nueva. La existencia de cuatro partidos fuertes conlleva una fragmentación y unas dificultades de gobierno que no habíamos tenido. Hay más pluralismo y hay que acudir a fórmulas de colaboración. La política española ha estado marcada por la confrontación antes que la colaboración y el papel de gozne de los nacionalistas hay que jugarlo ahora en un escenario de cuatro partidos.

¿Cómo afecta la actual parálisis para la formación de un gobierno al sistema y sus instituciones? 

G. M.C.: El escenario de bloqueo actual sin duda afecta al normal funcionamiento democrático del país. No tenemos gobierno y la posibilidad de que se convoquen unas terceras elecciones generales es cada vez más verosímil. El consenso sigue sin ser parte integral de la cultura política de nuestras élites, que piensan más en clave electoral y en posicionarse estratégicamente desprestigiando al contrario que en tratar de tomar medidas concretas para poner en marcha el gobierno del país. Las consecuencias de esto pueden ser negativas para el sistema: caída de la participación por hartazgo de la ciudadanía, posibilidad de un mayor desprestigio de la política, un gasto electoral sin precedentes en nuestra historia democrática y el riesgo de volver a escenarios de bipartidismo y mayorías absolutas.

  J-B. H.: Hay dos formas de verlo: la primera, decir que "la democracia es así" y que si hay que ir nuevamente a votar, se va; y la mayoritaria, según los sondeos: el hartazgo y el cansancio democrático. Lo que se lee del CIS es que hay apoyo al sistema democrático pero no gustan los políticos porque no están a la altura del sistema, y esto se ha profundizado en los últimos meses.

J.M.: Creo que el sistema tiene instrumentos para completar la ausencia de Gobierno. Sigue funcionando, pero el que va conduciendo se indigna de que no se le haya encendido de la luz de reserva, pero no hay temor a una desafección o quiebra del sistema. Es cierto que la ausencia de gobierno durante un año, ya cerca de lo de Bélgica, o en Grecia en 1989, los ciudadanos en el momento en que tengan quejas no satisfechas van a ser atribuidas a esta situación. 

  ¿Qué alternativas, soluciones o mejoras pueden plantearse al actual sistema y sus debilidades?

G. M. C.: Una de las cuestiones que habría que replantearse de una vez por todas es el modelo de sistema electoral, buscando alternativas que permitan, por un lado, que todos los votos tengan el mismo peso independientemente de la circunscripción en la que se hayan contabilizado y, por otro lado, que los ciudadanos puedan expresar no solo su primera preferencia, sino también sus segundas e incluso terceras opciones.

Otra de las cuestiones que resulta clave para mejorar la calidad de nuestra democracia tiene que ver con la rendición de cuentas por parte de las elites políticas, así como con un mayor compromiso por la transparencia. Los altos niveles de corrupción y el goteo constante de escándalos a los que estamos acostumbrados son incompatibles con el buen gobierno y con la calidad de la democracia.

J-B. H.: Hay una decena de puntos, no muchos más, referidos por los rankings de calidad democrática: aligerar la estructura orgánica del Estado, reformar el Senado, suprimir o fusionar diputaciones, despolitizar la justicia y los medios de comunicación públicos…

Si nos referimos al sistema electoral, hay una demanda de más proporcionalidad desde hace tiempo, pero yo personalmente prefiero sistemas provinciales más mayoritarios, donde tú te presentas al diputado y le expones tus problemas, y cuando el diputado va a Madrid te representa. Esto falta en España: la cadena de transmisión no existe al ser un sistema proporcional con listas cerradas. Yo empezaría por ahí: un sistema de listas abiertas, quizá con un sistema mayoritario o a doble vuelta, en el que la gente pudiese elegir el nombre del diputado. La gente no sabe quién es su diputado en Madrid, y esto me parece muy llamativo.

J. M.: Hay que dar el salto de políticas de confrontación a políticas de cooperación, lo cual no es fácil, porque un transatlántico no gira como una zódiac. La cultura política española tiene elementos de confrontación. Pasar de ahí a la concertación requiere cambios de transatlántico. Entre tanto, los partidos que tengan la capacidad de convencerse que es necesario ese cambio se arriesgan a ser recompensados o penalizados. Es el riesgo que todos los partidos están evaluando: qué efectos tiene a largo, medio y corto plazo un cambio de posiciones. Son actitudes de las que todos los partidos participan, incluidos los nuevos. Y todo se complica por la posición de los que han sido los goznes tradicionales del sistema, en donde las posiciones de aproximación al independentismo marcan una línea roja que algunos sitúan como infranqueables. Esa es una dificultad añadida, y posiblemente tendrá que replantearse por las partes.

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