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Sobre decir los nombres de los acosadores y agresores

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Campaña #NoSeasAnimal del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM)

¿Pero de dónde nacen esas ganas tan fuertes de saber los nombres de los acosadores? ¿De dónde os nace ese interés tan intenso de saber su nombre (solo el nombre) cuando no mostráis el mismo interés ante cientos de situaciones machistas?

¿De dónde nace ese afán supremo de saber cuando, en verdad, os importa un pimiento lo que haya podido sufrir la víctima y las consecuencias de dar el nombre?

Estamos día sí y día no señalando comportamientos machistas que os resbalan y ahora lo más importante del universo, como superaliados feministas del momento, es saber sólo el nombre. Porque así y solo así, os salís con la vuestra. Que no es apoyar a la víctima, sino presionarla y que haga lo que vosotros queréis sin calcular lo que supone para ella.

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El cuento y la jugada

"La última lección del maestro" de Castelao, denuncia de la represión franquista, vendrá a Santiago desde Argentina en 2018

Los pasajeros del ferry Sorolla de Melilla a Almería ven muertos en el mar. La radio informa el domingo en su matinal. La locutora acaba diciendo que Marruecos se encarga. Entonces, tranquilidad. El lunes aún hay prensa que publica que son 16 muertos cuando ya se sabe que son 21 cadáveres de una patera en que venían 47 migrantes. Faltan 26 que no van a buscar. Sabemos las cifras por Helena Maleno, la periodista y activista pro Derechos Humanos de Caminando Fronteras acosada por la justicia del reino teocrático de Marruecos, sin que la protejan las instituciones de la monarquía parlamentaria española.

La tragedia migratoria no es lejana. Nadie podría defender eso cuando tantos muertos flotan, tan de continuo, en nuestras costas; cuando la marea regurgita al congoleño niño Samuel de 6 años en la arena de Barbate. Pero a la mayoría le parece un brumoso mal sueño. Que no se puede evitar. Viene y va, viene y va.

España es una dócil convaleciente, que lleva 40 años incorporándose en la cama tras los 40 años de dictadura que la tuvieron postrada. Este 2018 no se plantea el 50 aniversario del Mayo del 68 de ideales emancipadores, pisoteados en los 80 por en neoliberalismo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher y que, caído el muro de Berlín, fueron enterrados bajo los cascotes de la degeneración soviética por quienes, como Francis Fukuyama, proclamaron el triunfo definitivo del capitalismo. En este país, ajeno al devenir universal, festejamos el 50 cumpleaños del biznieto de Alfonso XIII.

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¿Odiadores? Tan sólo demócratas

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Mis maestros siempre se esforzaron en enseñarme que la justicia eran los juzgados y tribunales. La identidad de los jueces y magistrados no era importante. Con estas enseñanzas he vivido casi toda mi vida, en la ingenuidad, supongo. Me justificaba en que este era un sistema, a diferencia del norteamericano, en el que la identidad no era importante, aquí los jueces esquivaban el principio electivo (algunos jueces-funcionarios piensan que para su legitimidad basta con haber aprobado unas oposiciones). He cambiado de opinión, los últimos meses han bastado. Sí importa la identidad de los jueces, su nombre y apellidos. Existe junto con otros, el principio de responsabilidad. Intentaré convencer a mis maestros de que estaban equivocados; no pocos ya lo reconocen.

Algunos jueces, con nombre y apellidos, están endiosados, por encima de todo, hasta de los principios que inspiran, no ya la Constitución, sino la Revolución que hizo posible con mucho sufrimiento la democracia, de la que son hijas algunas Constituciones. La democracia es un sistema basado, si quiere ser saludable, en equilibrios, frenos, controles entre poderes; es lo que se denomina "checks and balances". No hay ninguno de los poderes que pueda sustraerse a estos principios. El poder judicial, el único que no está sometido al principio electivo, tampoco, salvo que en sí se consideren en la periferia de la política y de la democracia, a salvo de esos equilibrios que definen la democracia. Puede que eso se esté produciendo. Algunos jueces se consideran más que miembros de un poder, el poder y, peor, la autoridad en sí. Es decir, un poder individual en sí mismo, ajeno al cordial engranaje político del Estado.

El poder judicial está sometido a controles, no sólo a los internos, los procesales, también a los democráticos, al escrutinio público. Se puede y se deben criticar las resoluciones de los jueces. La actitud de ciertos políticos no deja de ser mojigatería y cobardía de estado. Los jueces hacen política, cómo no, tanto en sus resoluciones como en el manejo de la agenda judicial, incluso en ocasiones, la electoral, que también es política.

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No podemos pasar ni una

Manifestación en Madrid al grito de "ni una más". Foto: David Conde

Le cuento a un amigo que estoy escribiendo esta columna, y que quiero titularla "una pequeña historia de acoso", pero me corrige. Opina, y me convence, de que hay pocas historias pequeñas en la violencia contra las mujeres. Y que, si las hay, pueden ser tan importantes como las grandes, porque esos casos aparentemente menores, que tan rápidamente despachamos en la conversación pública, son el hilo con que se teje esa borrosa telaraña de miedos, vergüenza y falta de libertad que acompaña a la mayoría de mujeres en nuestro día a día.

Cuesta hablar de una misma, pero no cuesta nada hablar de la mujer que es la verdadera protagonista de esta historia: la cajera del supermercado del barrio que hace unos días me abordó de sopetón, en el pasillo de los refrescos, para contarme que me ha reconocido por los vídeos de seguridad de la tienda. Unas grabaciones en las que han descubierto que una tarde, hace ya varios meses, un hombre desconocido estuvo siguiéndome. Con su delantal negro, las zapatillas cómodas de quien se pasa el día de pie, la mirada firme, me explica que en las imágenes se le ve fingiendo hablar por teléfono mientras sigue todos mis movimientos, tratando de rozarse conmigo cada vez que, sin percatarme de nada, le doy la espalda.

En ese instante se me dispara la memoria y me doy cuenta de que tuvo que ser el mismo hombre que más tarde en la calle fingió tropezarse conmigo y que un buen rato después, al detenerme a mirar la cartelera del cine en un pasaje desierto, apareció por detrás para pegarse a mí sin disimulo. Llena de miedo, asco, rabia, alcé la voz, puse mi expresión más seria y amenacé con llamar a la Policía. Salí de allí lo más rápido que pude sin dejar de mirar hacia atrás. Pensé en denunciar, pero en ese momento, lo reconozco, no sabía muy bien qué contar ni tampoco si iba a servir para algo.

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Morir en soledad

En las últimas semanas se han dado dos casos en Andalucía de personas fallecidas en los servicios de urgencia de sendos hospitales sin que el personal médico interviniese, o lo hiciera demasiado tarde, para salvarles la vida. Ambas personas estaban solas en urgencias. Cuando las llamaron para ser atendidas, no acudieron porque se encontraban en un estado que no les permitía bien ser conscientes del aviso, bien responder a él. Los responsables de urgencias dieron por hecho que estas personas se habían marchado y se desentendieron.

Los medios han relacionado estos episodios con los recortes en sanidad realizados durante la crisis y de los que nuestros sistemas de salud aún no se han recuperado, en parte porque la salida de la crisis se ha llevado a cabo aplicando medidas de austeridad y una lógica privatizadora que merma enormemente los recursos necesarios para mantener los servicios públicos esenciales.

Siendo esto cierto, creo que es preciso hacer una reflexión más amplia acerca de cómo se articula nuestra sociedad y cómo se elaboran los protocolos, en este caso hospitalarios, que la rigen, así como sobre las profundas transformaciones que están teniendo lugar en la actualidad sin que se desarrollen políticas adecuadas para prevenir situaciones como las arriba mencionadas o similares.

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Querido Paco

Francisco Camps y Mariano Rajoy en un mitin del PP valenciano

La ternura no suele ser común en la cosa pública. Quizá por ello, el hecho de que Mariano Rajoy llamara querido Paco al ex president valenciano Francisco Camps, nos lleva de cabeza a los tiempos en que todavía escribíamos cartas, y no estaban marcadas; a cuando las gaviotas no eran charranes, sino una alegre pandilla y no un cómplice a título lucrativo del mangazo.

La Traviatta sonaba esta semana en la Audiencia Nacional: “Tócale otra vez, Rick”, parecía decirle el Sam de la Fiscalía a Ricardo Costa, que fue mucho en el PP levantino y ahora declama monólogos en el club de la tragedia, con aún ese aire suyo de atildado dependiente de grandes almacenes.  En estos días, desde el banquillo de los acusados, él entonaba la Cantata de la trincalina, una obra coral con el Bigotes como tenor, mientras se apurgaran las viejas fotos del "Hola" cuando pasaba por la alfombra roja de la boda del siglo en El Escorial.

España, por entonces, iba bien. Como ahora sigue yéndolo para las grandes fortunas que abren su abismo de estraperlo frente a los pobres de solemnidad, que son más pobres que nunca, más solemnes, sin ni siquiera cartilla de racionamiento; más clase media devaluada por una crisis que han terminado pagándola quienes no la provocaron: en el crack del 29, se suicidaban los banqueros y ahora se suicidan los hipotecados y los investigados, qué gran diferencia.

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'La Peste' es la cultura

La Peste, serie de Alberto Rodríguez.

La Peste es la cultura. Nada hay más fuerte que la cultura, es capaz de comprar al dinero. Los ricos buscan en ella el lustre que la cuenta corriente no da. El talento busca domicilio donde la cultura se empadrona. La creatividad logra poner tono de interrogación a enunciados pétreos, esos que eran designios divinos, y que, tras el paso de la cultura, son cuestionados, moldeados y transformados. La cultura es empleo. Hace trabajar a la mente, a las manos, al corazón. Te hace pensar, te ofrece recursos para cambiar las cosas, pasión para abordar viajes. Da de comer al alma y, bueno, también a la de Ubrique.

La Peste es la cultura. Recorre el pasado con sus pecados. Nos hace verlos hoy con corbata y maletín. Vemos que donde no hay Estado, hay apellidos. Que la mayor pobreza es la ignorancia. Que los mejores tiempos son los nuestros. Y que interpretando el poeta, hemos llegado empujando.

La Peste es la cultura. Y la cultura es el camino que deberían escoger las administraciones. Apostar por una industria para Andalucía. Una industria que genera empleo, atrae talento, contamina la creatividad. Una industria que construye nuevos perfiles y volatiliza otros. El cine es la herramienta mas potente para desarmar contumaces prejuicios. Como el acento. Hay que hacerlo oír más. En nuevos personajes, en nuevas tramas. Con calidad, como en esta serie.

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El partido de los pícaros

Rajoy

Estaba yo como el tomate, muy tranquilo en mi mata, ya harto de Puigdemont y de Rajoy, y dispuesto a explicarles a ustedes las escasas posibilidades de que el asteroide AJ129 2002 impacte sobre nuestras cabezas el día 4 de febrero, tal y como dicen algunos agoreros en Twiter, cuando hete aquí que recibo una carta de doña Fátima Báñez, ministra del ramo, que ha encontrado tiempo entre novena y novena a la Virgen del Rocío, para informarme de que, gracias a la munificencia del Gobierno, mi pensión subirá la nada despreciable cifra de cinco euros al mes. Así que, aquí me tienen, cabreado como una mona, de vuelta a la pelea.

Tras descartar el impulso de pagar el primer plazo del yate o de gastármelo todo en vino, he decidido seguir los consejos de otra andaluza de postín y del PP, doña Celia Villalobos, y destinar el 40 por ciento del incremento (¿o es excremento?), dos euros, a engrosar mi fondo de contingencia. Así, a final de año tendré ahorrados 24 euros y al cabo de un siglo 2.400, que es un dinerito.

Otra cosa no, pero sí es de admirar la desfachatez -fachatez dirían los malpensados- con la que las autoridades competentes (?) se atreven a gastarse los cuartos enviando cartas a ocho millones de criaturas para informarles de que les están tomando el pelo, por si no se habían dado cuenta ellos solos. Y más cuando el día que recibes la misiva te enteras de que 10 millones de españoles están en riesgo de pobreza, que los jóvenes cobran un 30% menos que antes de la crisis mientras los sueldos de los ricos han aumentado un 15% y que don Tancredo Rajoy asegura que no es el momento de igualar los salarios de las mujeres.

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Las mujeres de mi vida

Costa del sol

El año pasado, en uno de esos vuelos en los que despegaba hacia mi trabajo en Barcelona, vi por la ventanilla del avión la costa de Benalmádena, Los Boliches, Fuengirola… Durante mucho tiempo llevo dentro el malestar de no ser querida en mi tierra, y de que me quieran más fuera. Eso, a veces, me provoca un cierto distanciamiento de mis raíces. En cambio, aquel día, cuando veía aquella costa, me vine abajo y reconocí que estuviera donde estuviera nunca podría rechazar donde he nacido. Aquella costa era la de mi yayo, mi yaya y mi tía. Aquella costa era donde había empezado a tocar la espuma del mar, a montar en bicicleta, a jugar con las flores y a que me quisieran, sencillamente, por ser nieta y sobrina. Aquella costa era mi vida. Y era yo, a pesar de los pesares. Porque mi gente estaba ahí.

En eso pensaba hace poco y en cómo, desde pequeña, sin ser consciente, las mujeres de mi vida han marcado mi existencia. Desde los cuentos de niñas y las películas de Disney nos hacen aprender a decir "mi príncipe" o "el hombre de mi vida". Yo, en cambio, reinvindico hablar sobre las mujeres de nuestra vida como reconocimiento.

Recuerdo un día en el que, sin saberlo, estaba viviendo el puro concepto de sororidad. Faltaba a quien consideré mi segunda abuela, mi tía Isabel, a quien quise mucho y de quien me acuerdo cada vez que mi vida se reduce a poco. Aquella tarde mi yaya estaba en su cama, donde llevaba ya meses sin poderse mover. Tarareaba "El día que nací yo", una canción que mi madre cantaba de pequeña y que, desde entonces, las dos entonaban con un grado de complicidad que solo ellas conocían. A la izquierda, estábamos mis hermanas y yo, y mi madre. Y a una silla vacía, en el centro del dormitorio, llegó mi tía Mari.

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De Consejo Consultivo a corte de preferidos

La presidenta Susana Díaz en la Feria de Sevilla

La renovación de 12 de los 15 miembros del Consejo Consultivo de Andalucía por el Gobierno de Susana Díaz, unilateral por primera vez desde 1993, año en que se creó, es tan grave que urge a la reflexión colectiva y, ojalá, a cambios. Consigno que mi padre, Tomás Iglesias, fue miembro del Consejo desde 1994 a su prematura muerte en 1996. Pero mi convicción sobre el valor del organismo trasciende su ejemplo de rigor y entrega. Como institución a la que el Gobierno andaluz está obligado a consultar cada ley, decreto o norma, antes de aprobarla, es una garantía para la ciudadanía.

Así que no se trata de bucear en las trayectorias de los nombrados, no es ya que Mar Moreno sea senadora socialista y ex consejera de la Junta, como Begoña Álvarez, una de las pocas no cesadas o Fernando Yélamo fuera socio del despacho del ex consejero de Empleo Antonio Fernández, uno de los 22 ex altos cargos del Gobierno andaluz que están siendo juzgados por los ERE. Son picos llamativos a los que se ha aferrado un PP sin credibilidad por no atajar su corrupción, patente en los juicios Gürtel o Lezo, al punto de apoyar al ex presidente Camps como “molt honorable” en el Consejo valenciano. El duro golpe para el Consejo andaluz, como institución de control y enmienda, viene del nombramiento de sus miembros a exclusiva preferencia del Gobierno poniendo en riesgo su función. 

La decisión llega tras dictámenes que han incomodado al Ejecutivo:

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