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Alcalde de Granada: "Las mujeres, cuanto más desnudas, más elegantes, y los hombres, cuanto más vestidos"

El alcalde de Granada, en julio de 2015, cuando dijo "las mujeres, cuanto más desnudas, más elegantes, y los hombres, cuanto más vestidos"

La Facultad de Medicina de la Universidad Libre de Bruselas ha pedido a sus alumnas que en la ceremonia de graduación luzcan un “escote bonito”, y no es la primea vez que solicita el lucimiento del cuerpo de sus alumnas. Como sigan así me temo que van a proponer acortar la toga y quitarle las mangas para alcanzar el canon manifestado por el anterior alcalde de Granada, Torres Hurtado, según el cual “las mujeres, cuanto más desnudas, más elegantes”.

Ante esta petición académica caben dos posibilidades, bien que como entidad científica la Facultad de Medicina quiera demostrar que la estética no está reñida con la inteligencia, y evidenciar que una médica puede ser sexy y atractiva, y de ese modo romper con el estereotipo de que las “rubias son tontas” o que las mujeres atractivas se dedican a buscar novio en la universidad, no a formarse parta desarrollar una profesión que les permita llevar una vida autónoma e independiente de un hombre. O bien, que se trate de una expresión más de la cosificación de las mujeres que lleva a entender que, con independencia del contexto y las circunstancias, el cuerpo y su atractivo sexual es la referencia por la que se valora y reconoce a las mujeres por encima de cualquier otro criterio y, por supuesto, por delante del curriculum y los conocimientos adquiridos en la universidad.

La primera opción, ese intento de demostrar que la inteligencia no está reñida con la estética, no parece que sea la razón de la petición académica dada la reincidencia y la falta de una metodología o modelo experimental que permita alcanzar conclusiones en ese sentido. Luego todo parece indicar que se trata de una manifestación más del machismo, que no conoce de fronteras ni límites, y que es incapaz de separar la idea de mujer de su cuerpo como objeto sexual para los hombres, incluso en una graduación de medicina.

Podría tener una tercera explicación a mitad de camino entre las dos posibilidades comentadas, basada en la importancia de la anatomía en la formación médica. Tomando esa idea, a lo mejor lo que pretendían las autoridades académicas era reivindicar los estudios de Galeno y Vesalio en un momento en el que las nuevas tecnologías se centran más en la fisiología y en las funciones de las diferentes partes del organismo, y no tanto en la forma y en las estructuras físicas. Pero tampoco parece que sea esa la motivación, puesto que si ese fuera el caso y se hubiera pretendido reivindicar la anatomía, también tendrían que haberle pedido a los alumnos que hubieran vestido pantalones que “marcaran paquete” a modo de taleguilla torera, para que de esa forma, cuando el viento de Bruselas moviera las togas, dejaran a la vista por un lado los signos anatómicos de la virilidad masculina, y por otro, los “bonitos escotes” femeninos.

El machismo se rearma ante al cambio social, da igual las circunstancias, lo mismo es una estación de servicio donde obligan a las empleadas a vestir minifalda, en una discoteca que pide “camareras guapas, con buen físico y sin novios celosos”, o en una graduación de medicina con “escotes bonitos”. El machismo ya no puede impedir que las mujeres estén donde ellas decidan y logran con su esfuerzo y trabajo, pero sí puede intentar que su imagen sea la misma de siempre, y que el reconocimiento venga impregnado por los valores y el sentido que el machismo ha establecido tradicionalmente para que el estereotipo no se debilite, y para que el significado de la escena potencie la construcción machista bajo una doble referencia.

Por un lado, para que al verlas sexis y atractivas haya quien diga lo de, “a saber con quienes se habrán acostado” para aprobar y graduarse o para conseguir el trabajo. Y por otro, para que si en esos contextos donde las mujeres aparecen cosificadas sufren acoso o alguna agresión sexual, algo que sucede con frecuencia, se recurra a la idea de la provocación y a culpabilizarlas al decir que van pidiendo guerra, incluso en una graduación o al poner gasolina a un coche. El caso es cuestionarlas por aquello que la moda, las circunstancias o los mandatos les “exigen”, una situación no tan diferente a la que vimos hace unos meses, cuando un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela le dijo a una alumna en clase que llevaba un “escote excesivo”.

Pobres hombres, siempre intimidados por las mujeres y discriminados por no poder usar ni exhibir sus paquetes para conseguir un aprobado o un trabajo. Y encima son las mujeres las que se quejan, pero hasta donde vamos a llegar…

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