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Hay vida después de Rajoy

Hay vida sin Rajoy y sin que acabemos abocados a unas nuevas elecciones

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EFE

Hay vida más allá de Rajoy y más acá de la celebración de unas nuevas elecciones. Los resultados electorales de los últimos comicios permiten que las derechas acuerden, entre ellas, la investidura de un candidato propuesto por la lista más votada y, unidos todos los afines ideológicos, conformar una mayoría parlamentaria acorde con lo expresado por el cuerpo electoral.

Nada que objetar -así lo han dicho los que han votado-, pero mucho que lamentar. Hubiera preferido una mayoría clara alternativa, no recambio, a una forma de gobernar y una ética y estética de la política que no comparto, que ha producido daños irreparables a las instituciones, a la cohesión social y a la mayoría de las clases más débiles.

Pero resulta que Rajoy, no es que esté bloqueado por nadie, es que es incapaz de construir, de sembrar el ambiente de confianza suficiente para que esto se produzca. Fracasado, se concentra en atraer hacia sí al PSOE, en una fina estrategia de desgaste pero, al mismo tiempo como exponente de la lógica de un estado de cosas que, sin contar los despropósitos orgánicos, sitúa a los socialistas, alejados de sus bases, en la línea de conjunción entre los intereses comunes de la derecha de siempre y la derecha socialista, rica heredera del statu quo de la Transición.

La ofensiva es poderosísima. Su máxima es: o Rajoy o el caos, o unas terceras elecciones. Para ello, se unen, se conciertan, se confabulan, todos los poderes del establishment español. No es de extrañar la manera de interpretación que estos poderes conjugados hacen del artículo 99 de la Constitución. Resulta curioso que, declarándose todos ellos constitucionalistas, de la primera fe, la pura, secuestren el sentido de dicho artículo, para darnos otro masticado según sus intereses, sea mediante una dieta editorial, demoscópica, sagrada, académica o políticamente aristocrática.

Rajoy se ha erigido, confundido su gobierno en funciones y su partido, como intérprete supremo de la Constitución. Ha decidido petrificar el citado artículo, en su punto uno, a saber: el Rey propone. De momento, ahí se para, a la espera de que den frutos sus alianzas bajo cuerda con la conjunción, la presión de la poliarquía, la economía, la nobleza socialista, industria mediática, su España. No se conforma, no crean, con ser investido, quiere techo de gasto, presupuesto y una plácida legislatura. Y si no, la perdición.

En su ataque de oportunidad, aceptará, aceptarán, en su momento, el punto dos, y, así, expondrá su proyecto ante  el Congreso, y, desde luego, también aceptará el más querido: el 99.3, es decir, ser investido a la primera o a la segunda. Para ello, es imprescindible amenazar con el 99.5, con la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones.

Pasará así, don Mariano, de estar petrificado en el artículo 99.2 de la Constitución, a un recorrido triunfal hasta encabezar una nueva legislatura de cuatro años. Cuatro años para hacer lo mismo; el tiempo necesario, no para que la oposición socialista se recupere, sino para que, después de permitir que este PP gobierne, se esconda en las alcantarillas del reproche de todos aquellos que han pensado que, en efecto, los ciudadanos nos merecemos un cambio. Muchos más que ocho millones, muy respetables, de votos .

Y habrán pasado de la petrificación a la jibarización del precepto constitucional, porque no quieren tener en consideración el artículo 99.4. No les interesa, les sobra. Resumido, viene a decir que, si fracasa el candidato propuesto por el Rey, se tramitarán sucesivas propuestas, es decir, que hay vida sin Rajoy, si no es investido, y sin que acabemos abocados a unas nuevas elecciones.

¿Es políticamente posible? Muy difícil, pero sería un auténtico revulsivo para la vida política española, tanto que los de la conjunción de derechas están dispuestos a todo para que no se produzca, porque aritméticamente sí es posible, e higiénicamente, desde el punto de vista democrático, más que recomendable. Rajoy está dispuesto a gobernar con 137 escaños, que todos se abstengan y que no le molesten mientras se fuma, metafóricamente, - me alegro de que haya dejado de fumar-, un puro. PSOE y Podemos, suman 156 escaños. Recuerdo a Jordi Sevilla, que en buena interpretación de los principios que inspiran la democracia parlamentaria, advertía que gobierna quien más apoyos parlamentarios tenga.

Eran tiempos de elecciones, pero ahora es otro, con un PSOE, bajo vigilancia, por sus baronías territoriales y por los gurús de la derecha socialista; con Podemos, presa de sus prisas e inmadurez; y un PP, representante del poder, de la conjunción, venido a más. Y Ciudadanos, para servir a dios y a usted.

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