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ARAGÓN

Fuego en el monte, fuego en la mente

Esto supone grandes perdidas económicas y un desastre medioambiental. Además se tuvo que desalojar a los habitantes de las poblaciones cercanas por miedo, no solo al humo, sino a que sus casas se quemaran... Aunque esto ustedes ya lo saben, debido a lo mediático que ha resultado el asunto. Escribo este texto para contarles el resto de la historia, la que no sale en los informativos.

Es prácticamente imposible que los incendios no se produzcan, más aún en pleno verano, con estas temperaturas tan altas, la humedad relativa tan baja y una actividad humana tan influyente en la naturaleza. Aunque no siempre sea la causante de los incendios, si lo es en un alto porcentaje.

El problema viene cuando los incendios se hacen grandes y crecen descontroladamente. Por eso, además de evitar que se produzcan, hay que apagarlos lo antes posible, sin que sea demasiado tarde, como el caso de Luna o de tantos otros.

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Ciudades polinizadas: la producción del común

Tal y como estaba previsto en los programas, el arranque de los dispositivos electorales ciudadanos que han alcanzado posiciones de gobierno está siendo poner en marcha las medidas de emergencia que palíen las urgentes necesidades sociales que han causado la crisis y las duras políticas de austeridad.

Pero igual de importante nos parece, para no quedarse atascado apagando un fuego que no deja de crecer, hacer frente a las causas económicas de la crisis que nos han traído hasta esta dramática situación. Es decir, si desde fuera y dentro de las instituciones no nos ponemos pronto a producir e implementar políticas públicas innovadoras y transformadoras que nos lleven a un nuevo modelo productivo, a una nueva economía sostenible construida democráticamente y fundamentada en los derechos sociales, la justicia social y el respeto al medioambiente, difícilmente podemos ver un camino de salida que escape a un deterioro cada vez mayor o como mucho una hipotética nueva generación de burbujas inmobiliarias y financieras como inútilmente intenta la deteriorada máquina neoliberal.

Parece conveniente por tanto para esta tarea, analizar las transformaciones que en esta última época se han producido ya en las ciudades y comprobar en qué medida pueden servirnos para orientar e impulsar estas políticas innovadoras.

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Vacío de presente

Vacío de presente, contando el hoy y desconociendo el futuro.

Hay quien dice que quizá siempre amamos en el vacío y quizá sea así porque vivimos en el vacío, sentimos en el vacío.

Ahora sé que lo que un día escribí vuelve para recordarme quien soy y para que no olvide quien debo seguir siendo.

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Ahora qué

La torpe estrategia puesta en marcha durante estos últimos días por la cúpula de Podemos ha sido, en muchos casos, recibida dentro y fuera del partido con exasperación. Sin duda, Podemos no es lo que era o, al menos, no es lo que podía haber sido. Quizá no es lo que aún puede llegar a ser. A saber, un instrumento de democratización de la vida política en el estado español capaz de competir con el monstruo bicéfalo del bipartidismo la batalla por el gobierno de la nación.

Parecer que el núcleo irradiador errejonista se haya fundido, que se le hayan saltado los plomos. La dinámica puesta en marcha es, se mire por donde se mire, desastrosa. Desde el punto de vista del proyecto de democratización, obviamente, es absurda. Pero también resulta incomprensible desde el punto de vista de la efectividad. Podemos se ha quedado estancado en las encuestas y resulta evidente que superar el techo electoral al que se enfrenta requeriría de una ampliación del espectro de población a la que involucra. Para llevar a cabo esta ampliación se presenta como un requisito indispensable intensificar relaciones con quienes dentro y fuera del partido difieren de las posiciones de la cúpula, es decir desplegar procesos de hibridación, recomposición y mezcla en lugar de los procesos de depuración que están teniendo lugar.

Esta estrategia, sólo comprensible como efecto bien de eso que Etienne Balibar llamó “miedo a las masas”, o de lo que Jacques Rancière denomina “odio a la democracia”, pone en una posición de fuerte debilidad a la cúpula constituida por el tandem Iglesias-Errejón, y, muy especialmente, a Pablo Iglesias, cuya legitimidad se asienta sobre la construcción mediática, pero, también, sobre el margen de respeto que hasta ahora le han concedido los movimientos sociales críticos. Es hasta cierto punto cómico ver cómo se aproxima al precipicio del que trata de huir. O, como diría Spinoza, cómo lucha por su servidumbre como si se tratarse de su salvación. Intenta reforzar posiciones mediante una estrategia que no hace sino profundizar su debilidad. La soledad que comienza a rodear a Iglesias inevitablemente revertirá en una fuerte devaluación del enorme capital simbólico acumulado en su persona y, con ello, en un descenso de las expectativas de voto de Podemos.

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¿Realmente Grecia ha roto los últimos puentes con Europa?

Como botón de muestra, el vicecanciller alemán y líder de los socialdemócratas (SPD), Sigmar Gabriel, declaraba que “Tsipras ha roto los últimos puentes con Europa”.

Escuché, divertido, tales palabras, ya que eran las mismas que minutos antes y minutos después estaban pronunciando algunos intervinientes en cualesquiera tertulias televisivas y radiofónicas del país. ¿Dónde estaban esos puentes?, me pregunté. ¿De qué Europa estaban hablando?

Europa es un personaje relevante dentro de la mitología griega: “Europa era hija de Agénor y de Telefasa, hermana de Cadmo, una princesa fenicia”. Cuando estaba divirtiéndose con sus compañeras en la playa, Zeus la observó y acabó enamorándose de ella. Zeus se transformó en un toro blanco, tan manso, que Europa se acercó a él, puso flores sobre su cuello y finalmente se atrevió a montarlo; entonces, Zeus se levantó y cruzó el mar, llevándola a la isla de Creta, donde Europa dio a luz a Minos y a Sarpedón, con el cual regresó a Asia” (cfr. Wikipedia). ¿Realmente Grecia ha roto los últimos puentes con Europa?

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Cien años rompiendo el protocolo

Su traje y corbata sencillos, desprovistos de pompa, rompieron el protocolo. Seguramente las señoronas que presenciaban el acto comentarían con disimulado escándalo, tras sus abanicos, la poca clase -estética y social- de aquel hombre. Aquel traje simbolizaba la entrada de lo nuevo, y era la guinda al pastel que suponía la entrada de la clase trabajadora al congreso.

Cien años después, decenas de cargos públicos en camiseta volvían a prometer lealtad al Rey por imperativo legal para acceder a sus asientos, y de nuevo tras los abanicos y tras los teclados, aquellos que no digerían bien la llegada de lo nuevo comentaban airados la poca clase de los de baja clase que llegaban, con la proverbial alegría de los pobres, a ponerse la banda de concejal. ¡Respeto a los símbolos! clamaba la patronal local, como si se mancillaran los símbolos sólo por el hecho de estar en las manos de la "chusma".

Para esa gente es un trago muy amargo el hecho de que los de abajo irrumpan en la mesa de los mayores, donde tan bien se han repartido la merienda de blancos y que ahora tienen que compartir y, en muchos casos, no jalarse un rosco. El colofón a ese hecho es que los desarrapados rompan de nuevo el protocolo y además, los muy impertinentes, muestren su alegría de los pobres, que como bien saben, poco dura.

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En el futuro…

Es una percepción que todos hemos tenido en alguna ocasión y sobre todo es una realidad que hemos padecido al sabernos gobernados por quienes nunca se presentaron a unas elecciones, a los que jamás votamos, a los que no ponemos cara, pero sabemos que lo dirigen y manejan todo desde una torre de marfil infranqueable que construye violencia. Vivimos en un mundo violento: violento hacia las minorías, violento con las mujeres, violento con todo aquel que no comparta una forma de pensar o de sentir, violento en su justicia e incluso lo es en su política, porque la política del abuso y de la mediocridad, del asentimiento y la no cultura, del despotismo destruye y construye violencia.

Asistimos inválidos a espectáculos dantescos: lo vemos en Lyon, en Gaza, en Europa…, lo vemos a diario y a diario sucumbimos al dolor, pero enseguida cambiamos de canal o pasamos página en el periódico: hay que vivir. O sobrevivir.

En mi país, que lo es por realidad geográfica y por decisión de mi corazón, se va a conformar por primera vez un gobierno de izquierdas que nace desde el pacto de cuatro fuerzas políticas: Partido Socialista, Podemos, Chunta Aragonesista e Izquierda Unida. Sé que algunos me dirán: ¿y qué? Son necesarios los comienzos para que haya desarrollo y esperanza, para que haya futuro. Soy de las que piensan que sólo manteniendo los ideales y las banderas vivas seremos capaces de luchar contra el cinismo y la desesperación que durante tantos años nos han asolado.

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Nuestra bandera griega

La batalla que se está jugando en torno a Grecia no afecta exclusivamente a los griegos. Eso es, de alguna manera, lo que ha puesto de relieve el gesto de apoyo que se ha hecho desde el gobierno del Ayuntamiento de Zaragoza, pero, qué duda cabe, también desde una infinidad de cuentas de facebook o twitter, en toda una serie de columnas de opinión o, incluso, en multitud de conversaciones que se han cruzado en las calles durante los últimos días. Hay toda una serie de saberes que no tienen que ver con los expertos. Saberes que circulan entre la gente, que la gente produce y hace proliferar, pero que no se aprenden ni en las escuelas ni en los medios de comunicación. Saberes menores que, sin embargo, son capaces de movilizar poblaciones enteras.

Estos saberes no son necesariamente intuitivos ni mucho menos simples. Muchas veces revisten una complejidad altísima y manejan unas matrices de análisis altamente sofisticadas. Es difícil señalar al sujeto de esos saberes, porque no es nadie en particular. Son saberes que forman algo así como un nuevo sentido común, una percepción compartida que, por ello mismo, no pertenece a nadie en concreto. De ahí que, frecuentemente, esos saberes se inserten en frases como “todo el mundo sabe que...”, sin que seamos capaces de designar exactamente quién es ese “todo el mundo” que, obviamente, no es un universal que abarque a la humanidad al completo.

Pues bien, todo el mundo sabe, al menos en este país y, probablemente, en todo el sur de Europa, que la batalla que se está jugando entre el gobierno griego y la Troika es, en realidad, una batalla en la que se juegan nuestras vidas. Porque, en definitiva, los contendientes de esa batalla no son ni el gobierno griego ni la Troika. Los contendientes son otros: quienes se están peleando somos nosotros —un “nosotros”, es cierto, difuso, complejo y plural— y el depredador gobierno neoliberal. Porque todos sabemos que lo que se está jugando es, en último término, una guerra entre el capital financiero internacional y las multitudes sedientas de democracia: económica tanto como política, si es que aún esa diferencia es posible.

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Por fin, John Lennon y F. pueden cantar juntos

“No puedo resistirlo”, me confesaba alguna vez cuando llegaba, tarde, a la oficina. “Llega el viernes y no puedo resistirlo, Antonio”.

F. me hizo comprender que sencillamente era un ser humano como cualquier otro que se enamoraba fácilmente de cualquier hombre que le mirara directamente a los ojos y musitara con ternura promesas de amor y mentiras necesarias para sobrevivir otra semana. Pero la Ley de Vagos y Maleantes incluía también a los homosexuales: “A los homosexuales, rufianes y proxenetas, a los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos mentales o lisiados, se les aplicarán para que cumplan todas sucesivamente, las medidas siguientes: …”. F. sufría mucho y su madre andaba siempre disgustada viendo las andanzas de su hijo y comprobando semana tras semana que F. no se “curaba” a pesar de sus rezos.

Con el paso de los años, le perdí la pista, pero un amigo común me contó años después que F. había pasado por el penal de Huelva, adonde iban algunos de los llamados homosexuales “activos” y donde se aplicaban como “cura” “terapias de aversión”, que incluían descargas eléctricas y lobotomías.

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Smart City. Destapando la caja negra neoliberal

El éxito de esta etiqueta se cifra en su capacidad de leer el cambio en la organización de la producción y la premisa de que la vida cotidiana de la ciudad, al margen de la caída de los circuitos formales del empleo, es una fuente enorme de creación de riqueza social. El reto de la Smart City es cómo convertir eso en valor para el mercado y, por torpe que esté siendo el mercado en asimilar este cambio, encuentra muchas vías: los datos que producimos constantemente con nuestros movimientos y consumos son oro para el marketing, la complejidad de la vida social requiere y produce constantemente soluciones para los problemas más variados, la escalada de la autorganización de la cooperación social a través de las TIC permite  hacer negocio donde antes solo había reciprocidad, entre otras.

Si a todo ello se le suman las industrias tecnológicas y de servicios personales anejos se obtiene un régimen de acumulación que no le llega ni a la suela de los zapatos al glorioso modelo del ladrillo, pero que da para ir tirando y relanzar alguna burbuja financiera aquí y allá, con suerte y recursos públicos mediante.

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