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ARAGÓN

Ganar no implica gobernar

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A pocos días del inicio de una de las campañas electorales más trascendentales y televisivas/exhibicionistas de la democracia española, todas las encuestas revelan que, pese a la caída de casi veinte puntos con respecto a 2011, el PP continuará siendo el partido más votado.

Corrupción, desigualdad –el último dato de la Agencia Tributaria revela que el salario medio en Aragón bajó por séptimo año consecutivo y que los aragoneses a efectos tributarios declararon la renta más baja desde 2006- y continuismo al margen, la todavía presidenta del PP de Aragón, Luisa Fernanda Rudi, hizo un llamamiento el pasado domingo a la mayoría moderada que no quiere saltos en el vacío: “el país no necesita ni simpáticos, ni guapos, ni sexis, necesita políticos responsables, serios, que sepan lo que se traen entre manos”.

Un candidato como Rajoy no puede competir con la frescura y con el cambio generacional que personalizan Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias.

Tiene que potenciar otras fortalezas como, para empezar, la de asegurar buena parte de los 8 millones de votantes mayores de 65 años que, además, influyen notablemente en las provincias de la España interior donde se deciden 5 o menos diputados y donde el tercer partido, el que no ha sido hasta ahora ni el PP ni el PSOE, necesita más del 15 por ciento de los votos para conseguir representación.

Conviene recordar que, por aquello de la despoblación, la dispersión y la ley electoral, en Madrid hacen falta 180.000 votos para conseguir un acta de diputado y en Soria se logra con poco más de la cuarta parte, 46.000 votos.

El presidente que, como va de ganador, huye de los debates y, escaldado electoralmente, remolonea con la Francia golpeada por el autodenominado Estado Islámico, con la Francia que desde 2013 tiene desplegados contra las  brutales milicias yihadistas más de tres mil soldados en África, en el Sahel, en nuestro patio trasero

Y remolonea, y se deja querer esperando una llamada telefónica, después de que lo sufrió y dividió a este país el 11-M de 2004. El descuidado monumento a las víctimas del 11-M junto a la estación de Atocha, 191 fallecidos y casi dos mil heridos, es la imagen más estremecedora de lo dejados y temerarios que podemos llegar a ser institucionalmente.

Rajoy es el presidente del caso Bárcenas, del aumento de la desigualdad y de la fractura social en Catalunya, del gran bocado al fondo de reserva de las pensiones y de la huida fuera de España de jóvenes cualificados, del país para viejos que recela de inmigrantes y refugiados. El presidente con el que tanto se ha resentido la cohesión social en un país sin himno que podamos cantar todos juntos a la salida de un partido de fútbol, como en Saint Denis, para decir a los terroristas que no podrán con un pueblo unido, que la libertad vencerá.

Y, a pesar de todo, todos los sondeos, el último de Metroscopia es verdad que por décimas, le dan como ganador forzando al PSOE y a Ciudadanos a luchar por el segundo puesto.

El PSOE es el que más dañado sale del trasvase de votos al partido de Rivera, entre otros motivos por el desgaste de gobernar y por la ambigüedad en Catalunya. Eso sí, a expensas de lo que pueda ocurrir en una campaña electoral que hasta ahora se está concentrando hasta la saturación en los platós televisivos, en la intimidad como espectáculo, haciendo antipáticas la confrontación de ideas, los proyectos políticos y la formación intelectual de los candidatos tanto en formato convencional como, otra de las novedades, digital.

Se está extendiendo la opinión de que estamos ante uno de los momentos más determinantes desde la transición democrática, situación que invita a no descartar las sorpresas porque los electores, históricamente, se han inclinado por dar prioridad a la convivencia y a la cohesión social que en esta ocasión pugnan con el mensaje gubernamental de la recuperación económica.

Estamos más necesitados que nunca de distensión, de un Gobierno que pueda dialogar a derecha y a izquierda, a centro y a periferia, y pilotar la complejidad territorial del país, que tienda puentes entre todas las Españas, incluida Catalunya. Y, en ese escenario, los discursos del PSOE y de Ciudadanos son más sensibles y estabilizadores que el del PP que ha hecho de la extrema polarización, de los duelos al sol y de la pasividad, algunas de sus principales bazas electorales.

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