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Ana R. Cañil

Ana Ramírez Cañil es periodista. A los 19 años comenzó en el periodismo económico por necesidad, aunque se convirtió en vicio cuando cruzó la información económica con la política. Ha trabajado en Cinco Días, después de unos meses de prácticas en el diario El Alcázar; en la revista Mercado (cuna de una generación de profesionales de la prensa económica) y en los orígenes de La Gaceta de los Negocios. Entre 1984 y 1985 vivió en Nueva York. Ha sido redactora jefe del semanario El Siglo, directora de Informe Semanal y delegada de El Periódico de Catalunya en Madrid.

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¡Váyanse!

Mila R. S. tiene 33 años, es arquitecta con una nota excelente en el proyecto de final de carrera. En 2009 comenzó su periplo profesional –Shanghai, Munich y México DF– porque el final de sus estudios coincidió con el estallido de la burbuja en España y una crisis que ella y sus colegas creyeron que no duraría más de dos o tres años.

Hace dos meses que Mila ha regresado de México con su pareja, otro español de su misma edad, historiador, productor y con estudios de cine. Escogieron la capital mexicana porque allí era más fácil encontrar trabajo los dos. Estaban cansados de vivir separados aunque fuera en países del corazón de la UE. Han regresado atraídos por la nostalgia, el peso de la lejanía de amigos y familiares, el ánimo de una parte de estos, que comenzaron a encontrar trabajo hace un año (entre 1.000 y 2.000 euros mensuales, como autónomos o con contratos mediocres o basura). Pero hace tiempo que esta generación –la mayoría de los presentes eran Erasmus, en tiempos unos privilegiados– han renunciado a cualquier cosa indefinida, incluido el contrato de trabajo.

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Los aliados tramposos

El tiempo y la memoria son dos aliados tramposos. Desde el 20 de diciembre -fecha de las primeras elecciones tras cuatro años de Rajoy- hasta el 26 de junio, segundas generales- la velocidad de los acontecimientos ha sido tal que nos olvidamos de dónde venimos. De lo que han supuesto para millones de españoles cuatro años de mayoría absoluta del Gobierno del PP.

Un tercio de la población de este país se quedará en el camino como resultado de las políticas de austeridad aplicadas por la derecha: parados de larga duración sin futuro alguno; dos millones y medio de niños en riesgo de pobreza, un millón y medio vive en pobreza severa (la cifra de menores pobres ha crecido un 55% desde el inicio de la crisis según Save de Children); cientos de miles de jóvenes españoles emigrados por falta de oportunidades; familias que ya nunca recuperaran su hogar, pese a que los desahucios han dejado de ser noticia de primera página. La lista merecería ser estampada en uno de aquellos poster que colgaban en las paredes de los adolescentes, con las letras de Bob Dylan. Quizá resultaría demasiado larga para poder imprimirla a un tamaño asequible. 

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El precio de la traición a la generación del milenio

Los jóvenes (de 18 a 32 años) son quienes más han sufrido la crisis y una parte ya vive peor que sus padres. El 39% de la llamada generación del milenio ( millenials en inglés, nacidos entre 1980 y 1998 más o menos) confía poco o nada en los demás, mientras que entre los mayores de 56 años la desconfianza en los otros no pasa del 23%; las aspiraciones de los hijos ya no son el piso en propiedad o el trabajo indefinido, un imposible. Estos datos los constata y recuerda desde hace tiempo la socióloga, politóloga y directora de MyWord, Belén Barreiro, a quien hace años que obsesiona el abismo entre los hijos y los padres o abuelos actuales.

La Gran Recesión, internet, las redes sociales y la globalización en su conjunto hacen difícil atinar a la hora de elaborar diagnósticos sobre el comportamiento de las nuevas generaciones, sus sentimientos y comportamientos sociológicos. No solo en nuestro país cunde la frustración. El grueso de la juventud británica se siente traicionada con los resultados del Bréxit. Sus mayores les han condenado a vivir fuera de la Unión Europea, una decisión que rechazan masivamente. Pero no fueron a votar lo suficiente como para contrarrestar a sus padres y abuelos.   

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Europa tiembla y Rajoy deja España en la esquina

Terrorismo, un golpe de Estado frustrado en Turquía -y la represión brutal que conlleva- Brexit, refugiados, avance de los populismos, sanción a España de 1.100 millones de euros por no cumplir objetivos -serán 8.000- y con un Gobierno en funciones desde hace seis meses.

Historiadores, politólogos, filósofos, economistas, viejos estadistas, laboratorios de ideas, observan en este verano de 2016 síntomas similares a los del período de entreguerras del siglo pasado. Salvando  las distancias. Entonces no existían canales privados de televisión, ni whatshapp que avisaran de un asesinato enSarajevo o de la invasión de Polonia. Tampoco se movilizaba a la gente para que tomara las calles en minutos. Pero en los tiempos de las redes sociales que se enteran de todo, los servicios de inteligencia no detectan a miles de militares coordinándose en Turquía para dar un golpe.  

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La vergüenza de que Rajoy vuelva a gobernar

El pasado 26 de Junio, segundas elecciones generales en seis meses, 7,9 millones de españoles votaron a Mariano Rajoy. El Partido Popular resultó la fuerza que más papeletas obtuvo. Parece que Rajoy será presidente del Gobierno otra vez. De los 36,5 millones de españoles que tenían derecho a voto, 10,3 decidieron abstenerse y 16 millones apostaron por votar a otras fuerzas. Es legal, y seguramente así será dadas las circunstancias políticas, que el actual inquilino de La Moncloa se quede en el palacio presidencial otros cuatro años.

Aunque las reglas son las reglas, no deja de ser una anomalía democrática el que un presidente que produce tal rechazo -según el CIS, es el líder peor valorado dede 1996- vaya a gobernar otra vez. La legalidad confronta con la moralidad de millones de  ciudadanos que sienten sonrojo, vergüenza propia y ajena, ante el hecho de que un político siempre en activo en los gobiernos de José María Aznar, que ocupó altos cargos en el partido, cuando no fue el timón del Partido Popular mientras florecieron o se fraguaron los casos de corrupción –baste recordar el "sé fuerte, Luis" a Bárcenas-  que han desnudado las estructuras del PP, hasta mostrarlas corrompidas hasta la médula. El president, según sus afirmaciones, nunca supo nada. Cómo mínimo, tal ignorancia demuestra su incompetencia.

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Yo, por un empleo en el partido, mato

Que Rajoy regrese de Bruselas y tras seis meses de Gobierno en funciones opte por tomarse los contactos con calma, no asombra a nadie, pese al medio año sin Gobierno. Ni grandes titulares, ni grandes dramas atacando la parsimonia con la que ha decidido empezar las consultas. Los sobresaltos no van con su agenda. Todo se soporta de este hombre que ha logrado triunfar como candidato al frente de un partido roído por la corrupción, buena parte de cuyos viejos amigos o están siendo juzgados, en la cárcel o a punto de ir a ella. Ocho millones de españoles no ven problema en el asunto, ni siquiera dudan de la capacidad de gestión de un tipo que se rodea de tal personal.

Tampoco nos ocupa más de lo necesario el que Podemos intente cerrar en falso su crisis. Las preguntas teledirigidas a las bases, que causan vergüenza hasta al peor de los demóscopos, colarán como si tal cosa. Nadie se atreve a poner sobre la mesa que quizá el problema de fondo es Pablo Iglesias o el detalle de que la alianza con Izquierda Unida ha sido un fiasco para todos, como demuestran los datos. Los equipos de redes de Princesa 2 -sede de la organización en Madrid- taponan todas las vías por donde se escapa la sangre, ya sea jugando a los troll o acosando a los críticos. La claridad de Echenique fue meridiana: "Se arrancarán las malas hierbas". La frase acogota al personal errejonista, poco bragado en los navajazos de partido. De momento, el mensaje de Echenique y la falta de autocrítica de Iglesias han tenido el efecto de devolver la discusión a sus cauces internos y susurros por los pasillos. La sangre a lo Tarantino les entusiasma, pero por ahora salpicar fuera es un poco ordinario.

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El verano de los patriotas

Un escalofrío recorre los despachos del poder, los económicos y los políticos. Encuestas sin cocinar, sin fórmulas técnicas que corrijan las desviaciones del momento, mostrarían que el sorpasso de Unidos Podemos al PSOE ya es cosa del pasado. La coalición que lidera Pablo Iglesias va a por el PP, puede empatar e incluso ganar en votos. Lo arrojan los datos en bruto que los demóscopos analizan con suma prudencia. Pero esos datos los conocen los poderes económicos -bancos y gran empresa-expresidentes de Gobierno, grupos periodísticos y políticos patricios que sienten cómo, tras haber entregado su vida a la política, el país poco menos que quiere suicidarse. Están asustados y consideran su deber tutelar a los votantes, reconducir la situación que se prevé inmanejable la noche del 26J. Son los patriotas del verano que ya piensan en un tecnócrata para el otoño.

Estos inquietos personajes se dan argumentos para lanzar la posibilidad de un Gobierno de concentración, aunque nunca lo denominarían así. Las razones para buscar un Mario Monti o un Lucas Papademos -los dos tecnócratas que Bruselas colocó al frente de Italia y de Grecia- son sencillos de entrada. Si las encuestas aciertan, será imposible llegar a un acuerdo de gobierno. Sin la mayoría suficiente, Rajoy no va obtener ni el apoyo de Albert Rivera ni el de Pedro Sánchez; Sánchez nunca va a pactar con Pablo Iglesias; ni Rajoy ni Iglesias darán un paso a un lado, si uno de los dos gana las elecciones. Ergo, con este panorama, España no puede permitirse unas terceras elecciones. Bruselas tendría mucho que decir de nuevo, la cuarta economía de la UE, con un año perdido. Terrible. Añaden que la Unión Europea se destroza, intentando arreglar el desaguisado del Brexit -aunque se queden, las imposiciones son tremendas- y con los refugiados llamando a las puertas de un viejo continente, por donde avanzan los populismos de manera alarmante. Vamos, que hay que ayudar a reconducir la situación española. 

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Para un subidón de ánimo

La doble campaña, el cansancio y la proximidad de las vacaciones que nunca llegan extienden el desánimo. Las prisas y la velocidad de los acontecimientos no nos dan tregua para reflexionar sobre el camino recorrido. Una lástima. Deberíamos aprender a disfrutar de los pequeños éxitos, como decía alguna balada boba pero real. Basta un repaso breve de lo que nos ha sucedido desde otro punto de vista diferente al del lamento para animarnos. 

Los movimientos ciudadanos y los indignados -una lucha de David contra Goliat que persiste- han evolucionado de pasitos en el camino a convertirse en zancadas, si miramos a los alrededores y contemplamos el tamaño del adversario.  

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Pesadillas con Rajoy

Ante un puesto de la Feria del Libro de Madrid, una madre peleaba con sus hijos -los dos pasaban ya los 18- porque querían volver a comprar los libros que habían perdido de su colección Pesadillas. No hacía mucho que habían visto la película basada en la saga de R.L. Stiner, donde cobran vida los monstruos que la protagonizan: el hombre lobo, la momia, los gnomos de jardín o la terrible marioneta Slappy. Harta de la discusión, la madre amenazó a sus dos crecidas criaturas, pese a lo agradecida que estaba de que hubieran accedido a ir a la Feria: "He dicho que no gasto más dinero en lo que habéis leído ya. Para revivir Pesadillas no tenéis más que esperar a que Rajoy vuelva a ganar. Todos esos personajes que os molan retomarán las calles".

Los libreros no pudieron evitar la carcajada, y quienes seguían la escena no se atrevieron a preguntar qué político sería el hombre lobo o quién la marioneta Slappy. La discusión se hubiera eternizado. 

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El PP quiere gobernar a costa de aterrorizar a los abuelos

Los de Rajoy lo tienen claro. Quieren ganar las elecciones a costa de aterrorizar a los abuelos. El presidente en funciones apuesta por jugar a la petanca con los jubilados y dejarse ganar con tal de convencerles de que los jóvenes locos, radicales y rojos, incluyendo a los socialistas, van a quitarles la pensión. Qué él mienta, enviando cartas a Bruselas a escondidas no importa ante el tamaño de los desmanes que cometerán los radicales.

De nada sirve que la añagaza de utilizar las pensiones sea más antigua que las campañas electorales. El PP sabe que los 9,3 millones de pensionistas son su baza más segura, los que mejor transigen con la corrupción –cosas de la vida dicen los peperos que piensan los viejos– porque han visto las orejas al lobo con la crisis. Sus hijos y sus nietos van a vivir peor que ellos, nunca antes habían dependido de su pensión tantos miembros de su familia, así que hundir más el puñal en la herida que más sangra, el sistema de pensiones que ha sujetado lo que queda del Estado del bienestar, puede darles resultado.

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