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Ángela Cañal

Periodista. Durante más de una década trabajó como redactora y jefa de la sección de política y actualidad andaluza en varios medios de comunicación (Europa Press, El Correo de Andalucía). Hace unos años dio el salto a la comunicación institucional, primero en la Junta de Andalucía y después en el Gobierno. Ahora, de vuelta al Sur, ejerzo como consultora de comunicación. "Lo que más me gusta de lo que hago es que sigo aprendiendo". Es autora del blog Cartas Marcadas.

Veto a los anuncios de sexo: bien, pero tarde

La presidenta de  la Junta de Andalucía acaba de anunciar que no insertará publicidad, ni firmará contratos, ni dará subvenciones a los medios de comunicación que publiquen anuncios de prostitución, por atentar contra la dignidad de las mujeres.

Quizá a ti, lector, te puede parecer que este tipo de avisos por palabras son cosa del pasado, caspa de los ochenta, residuos de las mamachicho, pero la realidad es que grupos muy importantes de comunicación continúan a día de hoy captando ingresos a través de esta actividad. Anuncios clasificados bajo la etiqueta de "contactos", "relax" o "masajes" tras los que se esconden incontables casos de violación, trata de personas, secuestro, explotación y abusos.

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La Junta de Andalucía vetará su publicidad en medios de comunicación con anuncios de prostitución

En julio de 2010, el entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero recibió aplausos de todos los escaños cuando, durante el Debate del Estado de la Nación, anunció que buscaría "fórmulas" para eliminar la publicidad de contactos sexuales. Más de siete años después, este miércoles en el Debate del Estado de la Comunidad, la presidenta de la Junta de Andalucía ha prometido "medidas para prohibir que ningún medio de comunicación que publique anuncios de contactos sexuales reciba dinero de las arcas públicas". 

Susana Díaz ha dicho que pretende que esta idea, con la que se quiere dejar de aportar dinero público a los que facilitan esta plataforma a explotadores de mujeres, "se haga extensible a todas las administraciones". Cuando José Luis Rodríguez Zapatero lo ideó, llegando incluso a iniciar la reforma de la Ley General de Publicidad, su argumento era el siguiente:  "Mientras sigan existiendo anuncios de contactos se estará contribuyendo a la normalización de esta actividad [la prostitución], por lo que estos anuncios deben eliminarse".

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Por qué ha fallado la justicia a las víctimas del caso Criado y por qué ha fallado el Colegio de Médicos

Antes de que me digáis nada, ya sé que la mayoría de denuncias por abuso sexual contra Javier Criado, el llamado psiquiatra de la jet sevillana, ha prescrito. Salvo en un caso, y es el menos grave de todos, han pasado más de diez años -el límite legal- desde los terribles hechos denunciados por 32 mujeres. Repito. Treinta y dos mujeres que, sin conocerse previamente de nada, han dado testimonios asombrosamente coincidentes sobre lo que pasaba en aquel despacho cuando se echaba el pestillo. Los abusos, la manipulación, el dominio, el sometimiento químico, la anulación.

Treinta y dos mujeres que han dado también testimonios significativamente idénticos sobre por qué tardaron tantos años en denunciar: el miedo, el temor a nos ser creídas, la vergüenza, la presión social, la incomprensión familiar, las propias dudas. Treinta y dos mujeres cuyo testimonio, por su contundencia, hizo que la propia Fiscalía, forzada por la ley a pedir la prescripción, no ocultara su opinión de que había " serios indicios de culpabilidad" en el caso.

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Hombres, #youtoo

Durante los últimos días, a raíz de destaparse el caso Weinstein, el todopoderoso productor de Hollywood acusado de acosar, abusar y violar a decenas de actrices en las últimas décadas, se ha desatado en las redes sociales una campaña que ha tenido un rápido impacto. Seguramente lo hayáis visto. Bajo el hashtag #metoo, decenas, cientos, miles de mujeres están haciendo visible lo generalizado que está el acoso y la violencia sexual. Te llames Angelina Jolie o seas esa trabajadora corriente a la que llaman a horas raras al despacho o recibe mensajes improcedentes. En lujosas habitaciones de hotel, tras la barra de una cafetería, en la esquina de la fotocopiadora.

"A mí también me ha pasado", proclaman, en una campaña muy parecida a aquella #amitambien que puso en marcha con acierto este diario para denunciar el micromachismo. Hace unas semanas, en una de mis últimas columnas, retaba al lector a hacer la prueba: bastaba preguntar a las mujeres más cercanas para descubrir que todas, o casi todas, tenían alguna historia seria que contar. Y cómo ninguna, o casi ninguna, había encontrado la motivación para presentar una denuncia.

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A mí me pasa

Apago la radio y me descubro regresando mentalmente a mi escena favorita de la maravillosa  La Buena Estrella, dirigida por Ricardo Franco. Un inusual triángulo amoroso entre Maribel Verdú, Antonio Resines y Jordi Mollá que se ve amenazado por el clásico ultimátum: o él o yo, exige el personaje de Resines. "Yo os quiero a los dos", empieza a responder ella, pero la interrumpe: "Eso es imposible, Marina. O le quieres a él o me quieres a mí". Ella se detiene, con mirada desconcertada, y pregunta: "¿Por qué es imposible? A mí me pasa".

Estos días, me pasan muchas cosas a la vez. Me pasa que estoy cansada de hablar de Cataluña, pero de la mañana a la noche no dejo de hablar de Cataluña. Que me propongo muchas mañanas darme un descanso, y al final del día me descubro como siempre devorando digitales, tertulias, tuits. Incluso me prometí no escribir de Cataluña, y aquí estamos.

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Billetes en el retrete

Una de las leyendas urbanas de los 80 aseguraba que las alcantarillas de Nueva York estaban infestadas de caimanes. Según contaban, eran antiguas mascotas que al crecer habían sido arrojadas al inodoro por sus excéntricos dueños. La verdad es que no se conocen incidentes con cocodrilos en la Gran Manzana, pero de cuando en cuando sí nos llegan noticias de otros lugares del mundo sobre personas atacadas por reptiles emboscados al fondo del váter. En Tailandia, una pitón de tres metros casi mata a un hombre que estaba sentado en la taza. En Australia fue una serpiente venenosa.

Hace unos días, uno de esos típicos reportajes de verano nos recordaba todos los objetos que no debemos tirar por el retrete. Las famosas toallitas, cuyo tratamiento cuesta a los ayuntamientos europeos más de 500 millones de euros al año. O los medicamentos desechados, sobre todo anticonceptivos y antidepresivos, que al parecer están causando auténticos estragos hormonales en algunas especies marinas. O los preservativos, que fueron noticia en los juegos deportivos de la Commonwealth de 2010, cuando los desagües se colapsaron con las 8.000 unidades que la organización distribuyó entre los atletas.

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Todas las mujeres

Una, utilizada por un famoso psiquiatra en el momento más vulnerable de su vida. Otra, abusada por su ginecólogo estando embarazada. La tercera tuvo que dejar su trabajo e irse al paro para dejar de sufrir el acoso sexual y laboral del jefe encantador que la convenció de que fichara por su empresa. La cuarta aún recuerda lo sufrido en su infancia y aquel hombre que la manoseó durante las fiestas del pueblo. La quinta tuvo que salir de su casa a la carrera y refugiarse en un centro de acogida. La sexta fue asaltada mientras estaba de vacaciones. La séptima se libró por los pelos y durante mucho tiempo guardó en el bolso un spray antivioladores. La octava aún está averiguando cómo bloquear a su ex, que la atosiga a llamadas, mensajes, emails y se presenta sin avisar en su portal. La novena se quedó petrificada cuando el cerrajero que acababa de forzar su puerta le sugirió que pagara con sexo. La décima se siente con suerte, todo lo que puede recordar son imágenes de hombres frotándose contra ella en el autobús. Entonces ni siquiera sabía que eso podía ser delito.

Completar este listado no ha necesitado tirar de google. Ni de hemeroteca. Ni de teléfono. No he tenido que ir muy lejos para conocer estas historias. No hay que alejarse mucho, ni asomarse a ningún telediario o crónica de sucesos para encontrar relatos parecidos a estos. Les ocurren a todas (casi todas) las mujeres. Y no hablo de casos de micromachismo, de discriminación laboral o de sexismo en las relaciones sociales, sobre los que queda tanto por discutir. Hablo de situaciones de violencia. ¿No me crees? ¿Te parece que exagero? Haz la prueba. Haz memoria. Pregunta a tu alrededor.

De estas diez mujeres, por cierto, sólo una ha denunciado, años más tarde, para encontrarse con que el caso ha prescrito. Ocurre con más frecuencia de la que somos capaces de reconocer y no estamos hablando lo bastante de ello. Quizá les cuesta ser conscientes de lo que les pasó. O piensan que nadie las creerá. O que denunciar no cambiará el pasado pero puede complicar su futuro. Tal vez les preocupa, viendo otros antecedentes, cargar para siempre con el sambenito de mujer conflictiva, o débil, o mentirosa. Ninguna pensó en marcar el 016, del que presumía esta semana la ministra del mismo partido que llevó al Constitucional la Ley de Igualdad. Quizá pensaron que ese teléfono era para casos distintos, para mujeres diferentes. Quizá sintieron vergüenza, sentimiento de culpa, pensaron que podrían haber hecho algo más, que se lo merecían. Quizá, visto lo visto, nunca estuvieron seguras de que iban a ser protegidas.

Entender que todas (casi todas) las mujeres en nuestra sociedad han sufrido algún tipo de violencia o abuso (siete de cada diez en el mundo, según Intermón Oxfam) no implica convertir a todos (ni casi todos) los hombres en agresores. Ni significa tampoco reducir a las mujeres al papel de víctima. No se trata de eso. Se trata de empezar a comprender la verdadera dimensión de un problema que va mucho más allá de las 36 asesinadas durante este año en España o las 700.000 llamadas al 016 en 15 años. Que va mucho más allá de lo doméstico, de lo privado, de lo personal. Que penetra en lo más profundo de nuestros prejuicios y nuestra escala de valores. Que se hace visible cuando ante los juzgados de familia se blanden carteles contra las "feminazis". Cuando en las redes sociales se le desea a una dirigente política que sea violada en grupo, como le ha pasado a Inés Arrimadas. Cuando una mujer huye con sus hijos de un incendio, y todo lo que somos capaces de ver es que se ha saltado un semáforo.

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¿Otra vez, Zoido?

Hace una semana, el ministro del Interior se vio forzado a pedir disculpas públicas tras unas polémicas declaraciones en las que responsabilizaba a las ONG que trabajan salvando vidas en el Mediterráneo de " favorecer o potenciar la inmigración irregular". Seguramente hubo quien creyó las explicaciones de Zoido, que en una carta atribuyó a un desafortunado malentendido la indignación que desataron sus palabras. Ahora, su comparecencia en el Congreso para hablar del trágico naufragio en el mar de Alborán, con 49 muertos, nos enfrenta a otra prueba de fe sobre la más que dudosa sensibilidad de nuestro Gobierno con los inmigrantes.

" No es nuestra responsabilidad que estas personas decidan huir de su país. Tampoco es nuestra responsabilidad directa que lo hagan en condiciones precarias", ha dicho Zoido, que desgranó las cifras de pateras llegadas a nuestras costas como quien se refiere a un fenómeno meteorológico imprevisto, ante el que poco más se puede hacer que abrir el paraguas y esperar a que escampe. Una cifra sí se le escapó en su intervención: la de los 6.000 desaparecidos en las últimas dos décadas, devorados por las aguas del Estrecho.

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El coño insumiso: soez, provocativo, ofensivo, legal

Tres mujeres tendrán que sentarse en el banquillo de los acusados por llevar en procesión por las calles de Sevilla una figura de plástico con la forma de una vagina bautizada como el "coño insumiso". Repito:  tres mujeres se exponen a ser condenadas penalmente, a pagar una multa, a que para siempre conste en sus antecedentes, a que para siempre les afecte en el acceso a un empleo público, un proceso de adopción, un trabajo en según qué sector -piense usted lector, lectora, en otras implicaciones-  por pasear por las calles en 2014, durante la tradicional manifestación del Primero de Mayo, una vulva de plástico para denunciar el machismo.

Acaba de anunciarlo la titular del juzgado de Instrucción número 10 de la ciudad, que ve motivos suficientes para procesarlas por un delito contra los sentimientos religiosos. El caso fue archivado en un principio, pero hace unos meses la Audiencia Provincial lo reabrió tras la petición de la Fiscalía y la  Asociación de Abogados Cristianos. La procesión, ha dicho la magistrada, "constituye un escarnio al dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María". 

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De jueza estrella a jueza estrellada

La pieza política del caso Mercasevilla, el hilo a partir del cual la jueza Mercedes Alaya comenzó a montar la madeja de la macrocausa de los ERE, ha acabado en nada. Los diez procesados, absueltos. Las imputaciones por fraude, exenciones fiscales y prevaricación, al cajón. Ocho años de investigación, de acusaciones muy gruesas, de ruido mediático extremo, de la reputación de diez personas reducidas a polvo, acaban con el sonido sordo de una sentencia que cierra el caso al no haber encontrado ninguna prueba de irregularidades o amaños en la venta de los terrenos de la lonja sevillana.

El fallo es un alivio que llega muy tarde, demasiado tarde, para los acusados. Y es sobre todo un golpe muy duro para la jueza, retratada por muchos como la Juana de Arco de la lucha contra la corrupción y descrita por otros como una implacable inquisidora, impulsora de una causa general con el objetivo derribar al Gobierno del PSOE en Andalucía a través de los tribunales.

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