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Gumersindo Lafuente

Periodista. Es impulsor de la Fundación PorCausa para la investigación social y el periodismo de datos. Ha sido responsable del cambio digital de El País, antes fundador y director de soitu.es y otro poco antes director de elmundo.es. Es Maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), presidida por Gabriel García Márquez. 

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La insoportable levedad de Cristina Cifuentes

Otro verano más la presidenta de la Comunidad de Madrid anda presumiendo de que no necesita vacaciones. La lucecita de su despacho permanecerá encendida durante todo el verano. Mientras el resto de sus conciudadanos soñamos con el descanso estival, ella, como siempre, más chula que nadie, proclama su felicidad laboral permanente.

Y es que son ganas de tocarle las narices al personal. A unos porque aún queriendo no pueden tomarse vacaciones, ya les gustaría poder trabajar durante el año para disfrutar de ese derecho. A otros, porque piensan (pensamos) que al menos sería bueno librarse por un mes de tan prescindible personaje.

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Los ciclistas locos con sus bicicletas blancas

El viernes pasado convocaba desde  este mismo espacio a la rebelión de los peatones y ciclistas contra la dictadura de los coches. El pasado martes, un ciclista murió atropellado por un camión en el centro de Madrid cuando circulaba en una bici del servicio municipal Bicimad. Pero casi todos los días nos llegan noticias de atropellos mortales de ciclistas o peatones en carreteras y calles de toda España. Y es descorazonador ver y leer la reacción de muchos ciudadanos, incluso de algunos profesionales de la información realmente desinformados.

Repasando los comentarios de las noticias sobre el atropello de Madrid lo más suave que se dice de los ciclistas urbanos es que no tenemos sentido común, que estamos locos por usar la bicicleta en la ciudad, que molestamos, que ponemos en peligro nuestras vidas inútilmente. Apenas casi nadie carga contra los conductores de los automóviles y camiones que, con la complicidad por dejación de las autoridades, hemos convertido las calles, en este caso de Madrid (yo también tengo coche, aunque cada vez lo uso menos, ya me da hasta vergüenza utilizarlo en la ciudad), en una especie de circuito urbano de Fórmula 1.

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La rebelión de los peatones

La boina calada, maleta de cartón, cesto con gallinas, perdido entre los coches y los autobuses, sordo por las bocinas, apenas comprendía el funcionamiento de los semáforos. El inefable Paco Martínez Soria, recién llegado a Madrid, sorteaba el tráfico de la Glorieta de Atocha. Desesperado, después de muchas peripecias, llegó a una conclusión muy razonable: la ciudad no es para mí. Eran los años sesenta y el cine reflejaba la pujanza del crecimiento de las ciudades, la invasión de los vehículos motorizados, el inicio de la pasión por el coche, símbolo del progreso personal y de la libertad individual.

España apenas empezaba a salir de la miseria de la posguerra y ni las carreteras ni los centros urbanos estaban preparados para la invasión motorizada. Muy pronto se vio que los peatones iban a perder la batalla. Desaparecieron bulevares, se achicaron las plazas, se talaron árboles, se redujeron espacios verdes para recibir con alegría la invasión de los automóviles. Y, en cuanto la economía lo permitió, se invirtieron miles de millones de pesetas primero y, ya en este siglo, de euros, para facilitar su entrada hasta el mismo centro de las urbes.

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El rey estupefacto o ¡por qué no te callas!, Juan Carlos I

Durante muchos años Juan Carlos I estuvo al margen de todo control. Inmune e impune, solo recibía halagos y piropos. Su "borbonía" era festejada; sus ocurrencias, aplaudidas; sus desmanes, ocultados. Casi nadie osaba criticar aquel negocio o esa furtiva relación, todo parecía estar justificado por los servicios prestados. La democracia y el frenazo al golpe de estado del 23F llevaban su firma y muy pocos osaban discutirlo. Pero un día la magia se diluyó: lo que antes hacía gracia, de pronto causaba tristeza y lo que se pasaba por alto, empezó a indignar.

El entonces rey hizo caso omiso a las llamadas de atención. No solo siguió viviendo a su aire, muy claramente por encima de sus responsabilidades éticas y constitucionales, sino que apretó el acelerador de sus frivolidades. Ya fuera de control, un día provocaba un incidente internacional, al otro aceptaba regalos inadecuados y al siguiente se enredaba en un culebrón de corruptelas con su yerno Urdangarin. Hasta que un golpe de cadera y un elefante muerto y humillado contra un árbol lo puso todo patas arriba.

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Sí, señor taxista, quiero que me haga un poco la pelota

Hace unos días un taxista se negaba en una carta al director a hacerle la pelota a los clientes. Para él, la cortesía de la botella de agua fresca que algunos conductores de Uber o Cabify ofrecen a sus viajeros era una forma insoportable de rebajarse como trabajador; él, decía, estaba para dar un servicio de transporte, no para hacer la pelota.

A muchos taxistas se les olvida que las personas que transportan no son una mera mercancía. Son, les guste o no, clientes, que pagan por un servicio y que están por lo tanto acreditados para pedir a cambio unas ciertas deferencias en el trato. Cosas básicas, no se crean, ninguna tan arrastrada como la botella de agua fresca.

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Colau, Carmena y Ribó, el éxito de los alcaldes más temidos por la derecha

Dos años han pasado desde que los gobiernos del cambio de las principales ciudades españolas llegaron al poder. Manuela Carmena, Ada Colau y Joan Ribó tomaron el mando de Madrid, Barcelona y Valencia, las tres ciudades más grandes de España. La derecha, acostumbrada a gobernar por años, y todo su entorno empresarial y mediático, estaban al borde de la histeria.

Unos preocupados por lo que los nuevos ediles pudiesen descubrir debajo de las alfombras, otros quizá temerosos de perder los buenos negocios que venían haciendo desde siempre a costa del dinero público y los últimos, ya lo estamos viendo, seguros de que iban dejar de ser alimentados con el favoritismo de la publicidad institucional.

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Del despatarre de Ángel Garrido al despiporre del Banco Popular y la pifia de Montoro

La censurada era Cristina Cifuentes, pero el que blandía el escudo protector fue Ángel Garrido, su consejero de Presidencia y Justicia en la Comunidad de Madrid. Y resalto lo de Comunidad de Madrid porque los líderes populares, además de enhebrar discursos con  burdas ironías machistas (aplaudidas por Cifuentes), prefirieron hablar de nuevo de Venezuela en vez de dar explicaciones de su gestión al frente de los asuntos domésticos de los madrileños. Ya saben, es mejor tirar balones fuera que dar explicaciones de lo que ocurre con la educación, el paro, la sanidad o la corrupción.

Sí, los populares debían creerse en el estrado de Naciones Unidas y no en la sede vallecana de la Asamblea madrileña. O aún peor, en una película de sapos y princesas, de puestas de largo con zapatos de cristal, de carrozas de calabaza que se desintegran al sonar las doce campanadas.

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¡Viva el periodismo!

Hemos visto estos días cómo el periodismo, cuando hace bien su trabajo de control al poder –¡felicidades, compañeros de Infolibre!–, es tremendamente útil a la sociedad. También hemos sido testigos de cómo el poder intenta usar desvergonzadamente a los medios para defender sus intereses: el ya dimitido Moix no dio explicaciones al periodista que le interpelaba por su sociedad panameña y prefirió filtrarle el asunto a otro medio para que le hiciese un trabajito defensivo.

Vivimos desde hace ya muchos años en un estado de sospecha permanente. La corrupción ha minado la credibilidad de los políticos, pero también la de muchos medios y periodistas que en vez de buscarle las cosquillas a los corruptos se han dedicado a disculparlos o protegerlos. Esa falta de credibilidad afecta de manera sobresaliente a los medios más poderosos, los que históricamente han conformado el panorama informativo en España desde la Transición.

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Un puñetazo absurdo, un miserable huyendo

Un bastón, un periódico, un paso de cebra, un coche veloz, un anciano (81 años), un joven (18 años), una discusión, un puñetazo absurdo, una persona muerta, un miserable huyendo. A veces, entre las desgarradoras imágenes de víctimas de atentados como el de Manchester, o de migrantes ahogados en el Mediterráneo, se nos cuelan historias terribles como esta. Tan cercanas, tan violentas, tan cotidianas. ¿Qué tendrán los automóviles que llevan al límite nuestra agresividad?

Justo estamos presentando estos días en eldiario.es el último número de nuestra revista. 'La ciudad civilizada' es el título de la portada. Ese lugar que soñamos acogedor, en el que podamos movernos caminando o en bici o en transporte público. En el que los niños y los mayores recuperemos la calle, libre de los ruidos y la contaminación de los coches, pero también de la agresividad y prepotencia de los conductores.

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La gran mentira de Cristina Cifuentes

La vida política de Cristina Cifuentes es larga, muy larga. Han sido muchos años de trabajo y responsabilidades. De servicios a los ciudadanos y a su partido. De ir de lista o hacerse la rubia, según convenía en cada momento. Puede que al principio ni siquiera sus propios compañeros la tomasen en serio, como se afirma en  algún perfil que hemos podido leer hace unas semanas. Pero su cabeza, sin duda, albergó siempre una ambición, un afán por llegar a lo más alto.

En ese camino, durante mucho tiempo no estuvo en primera línea. Fue construyendo su perfil y su poder en la sombra. Tapada, sí, pero siempre con responsabilidades. Como esos pura sangre con clase que para ganar carreras necesitan escoger una buena referencia para, en los últimos metros, arribar primeros a la meta y cobrar la victoria.

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