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Jon Lee Anderson

Periodista estadounidense especializado en temas latinoamericanos y más recientemente en las guerras posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

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A 50 años de su muerte: por qué aún perdura el legado del Che

El 9 de octubre de 1967, cuando los militares bolivianos y los agentes de la CIA decidieron ejecutar al Che Guevara en la aldea de La Higuera, presumieron que su muerte sería la prueba del fracaso de la gesta comunista en América Latina.

Pero no fue así. Al contrario de sus expectativas, la muerte del Che -después de una cruenta odisea de supervivencia de once largos meses- se convirtió en el mito fundacional para generaciones posteriores de revolucionarios que se inspiraron en su ejemplo y lo intentaron imitar.

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Dinamitar el Valle de los Caídos

Un 20 de noviembre, hace algunos años, visité el Valle de los Caídos en las afueras de Madrid. No esperaba ver lo que encontré allí. Un recinto sepulcral y silencioso enclavado en un bosque, resguardado por discretos policías. Dentro había un puñado de sombríos visitantes, incluyendo dos hombres de bigotes cortos y largos chaquetones de cuero negro, quienes, de pronto, delante mío, dieron saludos fascistas al unísono ante las tumbas de los hombres allí enterrados. Al hacerlo, intercambiaron miradas cuasi clandestinas, y salieron a una gran terraza que hay afuera, presidida por la gran columna de piedra y la cruz que se alza al cielo azul. Ahí se encontraron con sus miradas de complicidad para caminar juntos. Por un rato les observé deambular con un aire de propiedad y de pertenencia. Me di cuenta de que allí yo era el forastero, y que ellos estaban en su lugar. Es más, quedó claro que era un sitio exclusivamente reservado para ellos, los últimos fascistas, protegido por un Estado inexplicablemente complaciente.

Sentí que estaba en un lugar maldito, y que ese lugar debía ser destruido, que mientras existiese, fascistas como esos hombres podrían reunirse y sentirse de alguna manera reivindicados en sus ideologías nefastas, e inclusive soñar con la posibilidad de un retorno al poder. Me parecía una ofensa a la conciencia humana que ese monumento siguiera en pie y protegido inclusive por el Estado español mientras que el cuerpo del poeta Federico García Lorca, víctima de los mismos hombres allí enterrados, está todavía tirado en un barranco anónimo, en lugar de tener una sepultura digna. Él y unas decenas de miles más, claro.

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