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Jose A. Pérez Ledo

Jose A. Perez es guionista, director de televisión y también, mira tú, escribe columnas de opinión en varios medios. A veces creen que es periodista, lo cual da una idea de cómo está el periodismo.

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España distópica

Tienen que estar de los nervios los autores de distopías. De un tiempo a esta parte, no hay manera de que la ciencia ficción pesimista coja una distancia razonable con la realidad. Si la cosa sigue así, en unos años habrá que colocar a Huxley y a Orwell al lado de Larra, en la balda de "Costumbrismos de ayer y de hoy".

Basta con echar un vistazo a los informativos (o, en su defecto, al Telediario) para comprobar que se nos está poniendo el país de un ciberpunk angustioso. Ahí están, por ejemplo, los policías municipales nazis imputados por una conversación privada. O eso creíamos, que era privada, hasta que, en un sorprendente giro de los acontecimientos, se nos ha explicado que privado ya no hay nada.

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Independentismo mágico

Cuando se ama o se desea mucho, la realidad puede llegar a convertirse en un estorbo. Les ocurre a los padres de niños feos, incapaces de valorar en su justa medida los escasos dones de sus retoños, y les pasa a los enamorados. También a quienes, de puro patriotismo, se acaban enamorando del terruño donde viven.

Desde el inicio de la crisis catalana, algunos nacionalistas han ido cultivando una suerte de independentismo mágico que, al igual que el movimiento literario del que bebe, trata de dotar de verosimilitud y coherencia las meras fantasías. Lo hacen, como aquellos escritores de boom, porque consideran que lo irreal es la mejor manera de explicar según qué realidades.

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El imperativo hormonal

Existe la teoría de que, si las mujeres copasen los puestos de poder, el mundo sería un lugar menos jodido. Es una afirmación indemostrable, y, por tanto, útil tan solo para entretenerse una noche de cervezas. Ahora bien, que la política adolece de un exceso de testosterona resulta algo evidente.

Desde su mismo principio, eso que algunos llaman el desafío catalán y otros el proceso de independencia ha estado cargado de tics testiculares. Un centenar de columnistas, tirando por lo bajo, lo ilustraron con la metáfora del juego de la gallina (ya sabe, lo de "Rebelde sin causa": un macho en cada coche, los vehículos enfrentados, quien se aparta, pierde).

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A favor de tirar España abajo

Seamos sinceros: nadie en su sano juicio querría ser español. Lo somos porque nos ha tocado, porque no hay más remedio. La españolidad se lleva igual que la cojera, la calvicie o la presbicia: con aguante y resignación. Te levantas de la cama, te miras al espejo y ahí tienes un español. Qué le vas a hacer, es lo que hay.

Cualquier persona cuerda, sensata y cultivada preferiría ser de algún sitio con una historia, si no menos negra, sí un poco menos necia. Francia, Canadá, Reino Unido. Todos esos países tienen sus traumas y sus problemas, qué duda cabe, pero, al menos, pueden levantar edificios sin miedo a que, en plena excavación, aparezcan los abuelos de medio pueblo allí enterrados. No me parece un detalle menor.

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Divertimento freudiano

Si aceptamos que somos primates y damos por buenos los experimentos con monos como fuente de autoconocimiento, resulta que todo lo que hacemos en la vida tiene solo dos propósitos: la supervivencia y la cópula. Desde madrugar a pintar la Gioconda, desde comprar el pan a desentrañar la estructura del ADN, cada una de las acciones de nuestra vida responden, en última instancia, a uno de esos dos objetivos: tirar para adelante o dormir acompañado.

A veces me da por aplicar este paradigma a la política solo por ver adónde me lleva. Me abstraigo de todo (ideologías, partidos, contextos) y trato de reducir a los políticos a la mera pulsión, a las motivaciones ocultas, al trauma infante, al Eros y al Tánatos.

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Catalunya 2018

Catalunya, también denominada República Catalana, es un país soberano cuya forma de gobierno es la república presidencialista.

Catalunya adquirió la categoría de Estado en el año 2017, tras un referéndum en el que ganó el "sí", según cifras de la Generalitat, con un 134% de los votos. El Gobierno español argumentó que eso era estadísticamente imposible, lo cual derivó en una agria discusión entre matemáticos nacionalistas y matemáticos constitucionalistas, que no tardaron en llegar a las manos.

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Proporcionalidad

Que los agravios deben ser respondidos con proporcionalidad lo saben no solo los estadistas, sino también todos los padres del mundo. Es la única manera de evitar que el desmandado, sea infante, adulto o institución, caiga en una rebeldía superior.

Ocurre que la proporcionalidad, y eso también los saben los padres, es un asunto subjetivo. No hay una guía de proporcionalidad, no hay unos estándares, no hay un bloque metálico en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas al que acudir para comprobar experimentalmente si una respuesta es o no proporcional. La respuesta justa a los agravios debe calcularse a ojo y, si eso ya resulta delicado en el núcleo familiar, donde, por norma general, solo hay tres o cuatro opiniones, no les digo nada cuando entran en juego millones de puntos de vista.

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Retíreme ese Jesucristo

Carecemos de prueba histórica irrefutable que nos demuestre cómo nació el cristianismo (si hubo un Jesús, si nació de madre virgen, si caminó sobre las aguas, si hizo aquello del vino...), pero sí sabemos cómo se diseminó el cristianismo en sus primeros años. Lo hizo a merced de lo que ahora llamamos efecto Streisand, ya saben, cuando el esfuerzo de unos por silenciar algo acaba provocando justo lo contrario.

Gracias precisamente al ánimo censor de sus enemigos, lo que empezó como el club de tiempo libre de un puñado de desarrapados acabó dando lugar a una multinacional con Estado propio y bienes inmobiliarios por todo el mundo que es, además, artífice y garante de los valores occidentales.

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Después de la tragedia

Cada cual asimila las tragedias a su manera. Hay quien se limita a repetir los lugares comunes: no hay derecho, no somos nadie, se van los mejores. Hay quien no puede evitar hacer chistes y ser cínico y vulgar. Así matan algunos los nervios, dicen los psicólogos, así subliman el dolor, riendo solos entre lágrimas ajenas.

Hay quien se indigna con la naturaleza humana, con la naturaleza en general, porque la muerte no es justa ni pertinente, y hay también quien se entretiene en el funeral buscando ausencias en los bancos, codazo a su acompañante, mira quién no ha venido, qué vergüenza, faltar un día como este.

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En defensa del hombre blanco heterosexual

Las mujeres no nos entienden. Ni los gays. Tampoco los negros ni los árabes. Ninguno de ellos comprende la situación que los varones blancos heterosexuales estamos viviendo últimamente. La angustia, la tensión, la certeza de ser siempre observados con suspicacia, víctimas de la discriminación sexual bajo la bandera de la igualdad y de la discriminación racial con la excusa de la multiculturalidad.

A iguales condiciones, nos dicen, mejor una mujer, mejor un negro, un árabe, un gay. Ya ni abrir las piernas en el metro podemos sin ser por ello censurados.

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