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Periodismo a pesar de todo

Manuel Saco

Periodista (Ourense, 1947). Desde el año 1971 ha trabajado en Cambio 16, ha sido director de la revista Ciudadano de defensa del consumidor. Fue jefe de la sección de Economía y, posteriormente, de Cultura y Sociedad de los Servicios Informativos de TVE, subdirector del diario El Sol y otros. Fue columnista de Público.

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La Roma de los milagros

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Dos retratos de los papas Juan Pablo II (i) y Juan XXIII permanecen expuestos en la fachada de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. / Efe

Ya tenemos dos santos más: Juan XXIII y Juan Pablo II. Este domingo entran en el Canon (han sido canonizados), ese cuadro de honor donde se inscribe a los santos reconocidos por la Iglesia católica. Es lo más alto a lo que puede llegar un cristiano. Ni obispo, ni cardenal, ni siquiera papa. La santidad te da derecho a hacer milagros y a un hueco con tu efigie en una hornacina de una iglesia, de tal manera que los creyentes todavía vivos puedan rezarte para que hagas de intermediario ante dios. Solo tiene el inconveniente de que no puedes disfrutar en vida de los privilegios inherentes a tan alto nombramiento: antes hay que pasar por el incómodo trámite de morirse.

Para que te reconozcan como santo es necesario que una comisión de expertos nombrados por el Vaticano certifique que has hecho al menos dos milagros después de muerto. ¿Pero qué es un milagro? Según el DRAE, se trata de un "hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino". Un hecho, añado yo, casi siempre referido a una curación "milagrosa" y repentina de una enfermedad considerada incurable.

Cuando yo era niño me preguntaba por qué los milagros de los santos se referían siempre a problemas de salud y no, por ejemplo, de dinero. Mi madre acudía a misa todos los días, y además de pedir a sus vírgenes y santos favoritos salud para su familia, metía también en el paquete de solicitudes una ayudita de dinero para acabar el mes sin pasar hambre. Pero dios nunca le hizo aparecer en un cajón de su mesilla de noche un fajo de billetes de mil. Siempre le mandaba salud. Y eso a mi madre la ponía enferma. Una contradicción divina.

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Venezolanos... Chávez... ha muerto

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Uno es esclavo de su historia, de sus experiencias vitales, preso de sus traumas, sobre todo. La gente de mi edad, los que ya éramos adultos en la Transición y fuimos sujetos activos o pasivos de la salida de la dictadura, vivimos aquellos años convulsos traumatizados por la amenaza de los movimientos terroristas del GRAPO, ETA y la maquinaria terrorista de un estado tardofranquista que todavía condenaba a muerte a los opositores políticos, con Fraga Iribarne, el homo antecessor del PP, sentado en el consejo de ministros del dictador, con el Ejército y la Iglesia católica como guardianes del nudo que el generalito de voz de vicetiple creía haber dejado atado y bien atado... Esa gente de mi edad estará contemplando las exequias de Hugo Chávez con un incómodo sentimiento de déjà vu.

De pronto, por las televisiones venezolanas, todas ellas convertidas por decreto en televisión única, como aquella nuestra, en blanco y negro, del año 1975, la voz trémula del sucesor nombrado en vida, entre pucheros lacrimosos, comunica la muerte irreparable del “comandante presidente Hugo Chávez”. Mi cabeza dio un salto hacia atrás de treinta y siete años para representarme, como un latigazo, como una película vertiginosa, la imagen de Arias Navarro, a la sazón presidente del gobierno español, igualmente lloroso e inconsolable, con voz trémula, balbuciendo aquello de “Españoles... Franco... ha muerto”. Había muerto, por supuesto, tras una titánica lucha contra la enfermedad, como contaban sus hagiógrafos, consolado por los santos sacramentos, entre sotanas, cruces y relicarios varios para conjurar el favor divino.

Años más tarde, cuando murió Kim Jong-il, el “querido líder” de Corea del Norte (no confundir con Bárcenas, el querido líder de Correa del sur) una también inconsolable presentadora de la única televisión coreana comunicaba la muerte del dictador, enlutada y llorando, mientras explicaba que el presidente había muerto tras “un largo esfuerzo mental y físico” (¿) durante un viaje en tren. Se había muerto de puritito cansancio. Los grandes hombres siempre pasan a la otra vida después de luchar heroicamente contra la muerte traidora.

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La libertad comienza por una prohibición

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En nombre de la libertad se han cometido los mayores desmanes contra la libertad. Porque los diccionarios, como las sagradas escrituras, están para ser interpretados a nuestra conveniencia, dando a las palabras una segunda oportunidad, una vida paralela, un disfraz de carnaval con el que representar lo que no son. De la misma manera que, en aras de la transparencia, el Partido Popular oculta y miente sobre la pertenencia de Bárcenas a sus filas, lo que no impide referirse a sí mismo como el Partido de la Transparencia. Al igual que uno de los argumentos estrella de los defensores de las corridas de toros (y no me refiero a las vacas en celo) es que sin la fiesta en la que se tortura, desangra, se marea y mata a un animal sólo por placer, se extinguiría la especie del toro bravo. ¡Y el hombre no tiene derecho a impedir la libertad del toro a existir, aunque su destino sea morir salvajemente entre los olés atronadores del entendido tendido de sol!

Entre otros, han cantado a la libertad ilustres trabajadores del pensamiento, como un tal José María Aznar, cuya obra cumbre sobre la conveniencia o no de conducir sobrios al volante ha pasado a los manuales de la Filosofía para Necios: “¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber? Déjame que las beba tranquilo”, decía el hombrecillo insufrible, adalid de la libertad, tanto de la libertad de los españoles como de la de los irakíes. Pero quizá la más celebrada y multiplicada en los graffiti es la sentencia de Jim Morrison, el ya fallecido cantante de The Doors, que pasa por ser una de las más raras y breves paradojas: “Prohibido prohibir”; y añadía a continuación: “La libertad comienza por una prohibición”.

Necesitaba este preámbulo sobre la materia viscosa y resbaladiza con que está hecho el concepto de libertad para meditar con vosotros sobre la reciente sentencia del Tribunal Supremo en la que se “prohíbe prohibir”, en la que se desautoriza la orden mediante la cual el ayuntamiento de Lleida prohibía la utilización del burka en dependencias oficiales. Porque si difícil de mantener era la excusa del alcalde para la prohibición de utilizar esa prenda de tortura, más difícil resulta la digestión de la sentencia del Supremo que prohíbe prohibir, como si en la simpleza de un pensamiento de graffiti se agotara la capacidad de progreso intelectual.

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El debate del estado de la oposición

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Un debate sobre el estado de la nación recuerda en cierto modo a un equipo médico ante el lecho del enfermo, que mantiene a viva voz un debate sobre el estado físico del paciente, todos con caras de preocupación, y cada uno con su particular pronóstico y su no menos singular tratamiento terapéutico. Unos le conceden como mucho tres días de vida, y otros le prometen que si se toma religiosamente todas las medicinas se curará muy pronto: a lo sumo, en 2014 ya empezará a notar síntomas de recuperación.

Y el enfermo, allí tirado, con esos pelos, preguntándose estupefacto cómo sus cuidadores llegaron a obtener el título de especialista. A veces, entre delirio y delirio, en su duermevela angustioso, intenta decirles en un hilo de voz cómo se encuentra realmente, qué síntomas padece. Ha oído que uno de los médicos aconseja amputar una pierna, cuando a él lo que le duele es la almorrana; tiene un hambre atroz, pero escucha por el oído bueno cómo otro doctor dictamina una severa dieta a base arroz hervido y caldo limpio de gallina.

Así fue el último (de verdad, debería ser el último) debate sobre el estado catatónico de la nación, con sus doctores señorías discutiendo sobre la salud del país, mientras el paciente se desangraba, literalmente, en la calle, apaleado por la policía y los bancos, entre gritos de angustia. El jefe del equipo médico, ajeno al dolor de almorranas del paciente, seguía manteniendo que los recortes, la amputación de los miembros, es el tratamiento más adecuado para el país. Cortar por lo sano, el viejo axioma de los cirujanos (los recortes terapéuticos de ciertos economistas), al parecer nos deparará un futuro de cuentas saneadas, posiblemente con el enfermo sin piernas ni brazos, pero, eso sí, en perfecto estado de salud. Podríamos llegar a ser los muertos más saludables de todo el cementerio europeo.

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Su Excedencia el farsante de Roma

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¡Qué susto! Últimamente había oído hablar en términos tan elogiosos de Benedicto XVI, de lo bueno que había sido a lo largo de su vida, que pensé que se había muerto. Y no estaba muerto, que no... Benedicto simplemente se va, se va a su anterior empleo de Ratzinger, dejando indefenso su endiablado apellido alemán de soltero de dios, ya sin su infalibilidad, sin su santidad, como un particular, habiendo perdido su poder mágico de doblegar la voluntad divina, con la cantidad de cosas que había dejado atadas en la Tierra que hasta el mismísimo dios se preguntaba cómo se las apañaría para deshacer tanto nudo cuando su benedicto favorito dejara el empleo de vicediós. Entre abandonar o morir ha decidido no morirse y esconderse, el muy cobarde. Pero a mí casi me mata, porque sin él mi vida pierde parte de su sentido.

Sobre las razones de su renuncia se han desbordado ya los famosos ríos de tinta hasta dejar los medios de comunicación de la derecha pringados con una asquerosa baba de alabanzas. Toda la derecha y los movimientos cristianos enriquecidos a la sombra de los dos últimos papados han ensalzado la valentía de un papa que ha sabido reconocer que ya no tiene fuerzas para presidir una empresa multinacional tan compleja. Es lo que se llama un argumento salsa de soja, que lo mismo sirve para aderezar pescado que carne, pelo y pluma, fritos y cocidos, en crudo o cocinado, un argumento ambivalente que ya hace ocho años había servido exactamente para todo lo contrario, para ensalzar la valentía de un papa como Juan Pablo II, capaz de llevar el martirio del papado hasta su lecho de muerte.

Es el argumento salsa de soja, el condimento favorito, por cierto, de las cocinas del Partido Popular. Si no dimiten de sus cargos, aunque las pruebas de sus delitos empiecen a ser molestamente evidentes, lo hacen por sentido de la responsabilidad, porque ellos no abandonan el barco ante la primera dificultad, olvidando, los muy bobos, que son las ratas las últimas en abandonar el barco.

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¿Qué piden a cambio los donantes?

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Son tantos los casos de corrupción que afectan a todos los partidos políticos, o, para ser un poco más benevolentes, que afectan a militantes y representantes destacados de todos los partidos políticos, que ya está siendo más difícil explicar la necesidad (a pesar de todo) de las existencia de los partidos como eje fundamental del sistema democrático que la mismísima existencia de dios. Ya sé que exagero, pero es que me gusta exponer los ejemplos retorciéndoles el cuello al mismo borde del precipicio de la sinrazón. Así chillan más, los muy jodidos, y se les oye mejor su confesión.

En el fondo de la corrupción institucionalizada aletea la necesidad imperiosa de financiar las cada vez más complejas organizaciones y el coste desorbitado de las campañas electorales, muy por encima de las posibilidades económicas de todos los militantes de base juntos. Unos militantes lo toman como una obligación a regañadientes, y otros, como una inversión. Como los seguidores del jesusitodemivida: unos pagan por obligación, porque de lo contrario se les impedirá la entrada en el Paraíso, por tacaños, y otros como inversión, para que san Pedro pueda decir a sus ángeles porteros en el día señalado, imitando quizá la voz del Padrino: “Es un hijoputa, pero es de los nuestros; dejádmelo pasar, que para eso pagó una pasta por la entrada”.

Divino, pero muy humano, al fin y al cabo. Es vox pópuli que los concejales de urbanismo de buen número de ayuntamientos eran hasta ahora los encargados de salvar de la miseria a las arcas municipales, a su vez agentes recaudadores del partido político que les había colocado en su puesto. Con la crisis del ladrillo y el descenso subsiguiente de candidatos a corruptores (¡esta sí que es crisis, ya nadie quiere corromperme!), se agudiza la tentación de que los escasos corruptores entren por la puerta de atrás en el paraíso, empresas poderosas que todavía cuentan con un buen fondo de reptiles, en especial las grandes constructoras. Son donaciones en la sombra, al parecer legales, pero imperceptibles para los ciudadanos incautos que ignoran que cuando votan a un partido determinado están ayudando indirectamente a la mejora de los beneficios de grandes empresas multinacionales... o del chiringuito de un primo del concejal de urbanismo, mismamente, oye.

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La cópula del PP

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La empatía es, según el DRAE, la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro. La gente poco empática, antiempática diríamos, se caracteriza por su habilidad para sentarse ante el televisor, por ejemplo, y no sentir la menor emoción ante las imágenes de la desolación provocada por un terremoto, de un tsunami, de una riada devastadora con cadáveres flotando, de un edificio en llamas, o de un mendigo durmiendo en la calle bajo unos periódicos que le sirven de sábana. Esa gente sin empatía alguna es capaz de detenerse delante del mendigo, pero sólo para leer gratis el periódico que le cobija. Los más crueles, ante ese desgraciado despojo humano, envuelto en las páginas centrales de La Gaceta o de La Razón, harían comentarios jocosos como este: “Mira tú, tanto meterse con la prensa de derechas, pero al final es la única que hace algo por la gente pobre”.

Yo, que me considero un tío empático, ante el tsunami que ha barrido al Partido (en mil pedazos) Popular en estos últimos días, no puedo permanecer impasible, con cara de circunstancias, dedicándome a leer distraídamente los periódicos que envuelven sus miserias sin ponerme en la piel de los que están debajo pasando frío, de los que sufren los efectos catastróficos, digo sobrecogedores, del huracán Bárcenas que ha puesto a la intemperie la moral, que ellos presumían intachable, de ese nuevo tipo de pobres pero honrados que tanto proliferan en las crisis morales, de los que saben que es mejor robar en silencio que importunar a gritos a la gente pidiendo por la calle con las manos roñosas extendidas. “Señorito, es peor de pedir que de robar”.

Veamos. ¿Qué haría yo si fuera del PP? Pues como ya han apuntado autores más versados que yo en técnicas de camuflaje, seguir al pie de la letra la hoja de ruta del tipo al que su mujer le pilla en la cama con otra: “Cariño, esto no es lo que parece”, mientras intenta tapar con las palmas de las manos su enorme (¡ejem!) turbación como haría cualquier empalmado duque de palma de la mano. Porque lo primero que piensas ante las páginas de la presunta caja B del PP mostradas por el diario El País es que podía haber sido peor, mucho peor, como que su mujer le hubiese pillado en la cama con una menor o bien con el niño cuyo disfrute se reparten a medias con su confesor pederasta, lo que no es pecado, pero sí es delito.

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Una caridad de rebajas

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El verbo mentir, referido a una actitud destinada a falsear la realidad o a aparentar lo que no somos, para inducir a error o incumplir una promesa, para obtener un beneficio ilícito o simplemente para salvar el pellejo, tiene una injusta mala prensa. Injusta, porque la mentira es el motor del progreso, pues la simulación está en el núcleo mismo de la compraventa, de las transacciones humanas, de las relaciones personales y comerciales que han llevado al ser humano a lo que es hoy, tras mucho empeño y esfuerzo: la plaga autodestructiva que acabará con todos los recursos del planeta que hasta ahora le sustenta.

Los especialistas en historia antigua apuntan que, mucho antes que los jefes de tribus y clanes, y aún antes que las putas con su comercio sexual, surgieron los brujos, los sacerdotes, el primer elemento capaz de aglutinar su poder en torno a sí gracias a la mentira, a las falsas promesas pagaderas en el más allá, más que a la violencia de las armas. Más tarde, se formaría el cóctel devastador que conocimos a lo largo de la historia entre el poder de las armas unido al de la religión. Un tipo se presenta un día ante sus conciudadanos y les cuenta que un dios, con unas malas pulgas que no veas, se le ha aparecido detrás de una zarza ardiendo y le ha dictado unas normas de obligado cumplimiento, bajo pena de castigos terribles durante toda una eternidad. Osti tu, para pensárselo, aunque se trate de una colección de disparates sospechosos. Como no hay nada más contagioso que las alucinaciones, inmediatamente se forma una iglesia de fieles amedrentados en torno al brujo, por si acaso, por si sirve para aplacar la ira divina. A partir de aquí creo que no tengo que contaros cuándo se alcanza la masa crítica de seguidores, poder y dinero necesarios para que una mentira se convierta en dogma.

Ya alguna vez os recordé que la religión dominante en el mundo occidental durante los últimos siglos, de cuyos polvos (y no pocas pajas) vienen todos estos lodos, es la cristiana, una religión que añade a la mentira de la existencia de dios, consustancial a todas las religiones, el estar montada sobre la figura de un gran mentiroso, el apóstol Pedro, la piedra sobre la que Cristo dijo que edificaría su Iglesia. Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam et tibi dabo claves regni Caelorum, cuya copia en latín del evangelista Mateo puede leerse en el frontispicio de la cúpula de la catedral vaticana, lugar de peregrinación de millones de incautos.

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Un golpe de estado

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Ante una gran catástrofe, pongamos por caso un tsunami inminente o la torrentera de un río desbordado que viene hacia nosotros, nuestras posibles estrategias de salvación se agolpan y se amontonan en nuestra mente, como relámpagos, en sucesión vertiginosa, como dicen que transcurren las imágenes de nuestra vida en el trance de muerte. El dilema está entre huir o defenderse, como cuando sufres un atraco o tienes delante de ti un perro de presa. Tu vida depende de la determinación que tomes, tras un análisis de apenas una fracción de segundo.

No sé si vosotros tenéis parecida sensación, pero desde hace unos días siento como si esto que llamamos democracia, y que los nacionalistas llaman patria y nación de los cojones, se haya salido de su cauce y amenace con desbaratarlo todo, como en un estado de emergencia nacional por un bombardeo, donde ya no importan tu colesterol ni tu tensión, ni el dinero ni las joyas que atesoras bajo la cama, ni tus libros ni tus discos, ni los alimentos de la nevera, ni la nevera misma, ni tus recuerdos, ni tus hijos... Cuando suenan las sirenas del inminente bombardeo sólo cuenta salvar la vida propia a la carrera, porque el instinto de conservación es un impulso que se abre paso a codazos, aunque sea atropellando en la huida a tu propia dignidad, como en las avalanchas humanas.  

Porque en estas últimas semanas hemos descubierto que la corrupción política y económica con la que hemos tenido que convivir históricamente en dosis que creíamos no letales para la democracia, constreñida hasta ahora discretamente en el ámbito impenetrable de sus organizaciones mafiosas, se ha convertido ya en un bombardeo masivo y abierto contra nuestra convivencia, donde apenas nos dejan la posibilidad de defendernos o de huir. La cosa nostra política tuvo siempre sumo cuidado en no hacer ostentación de sus métodos tramposos porque vivía de la discreción, de la ilusión óptica de que los corruptos son siempre los otros, porque, al contrario que en las dictaduras, en democracia hay que pasar por el molesto trámite de pedir el voto a los incautos cada cuatro años.

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Empecemos por cerrar las iglesias

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Tengo unos amigos muy sensibles a los avatares políticos, a quienes en un año y pico de legislatura mariana se les ha puesto cara de acelga. Cuando les veo deprimidos entrar por la puerta de mi casa, dispuestos a sublimar sus desdichas en nuestras partidas de cartas nocturnas, con ese rictus de venir saturados por haber recibido durante el día por televisión dosis letales de los payasos oficiales haciendo declaraciones hilarantes y descorazonadoras a un tiempo en los telediarios, como Durán i Lleida, Urdangarín, Artur Mas, don Juan Carlos Primero y doña Sofía Después, Mariano y su club de payasitos, el ourensano Baltar, el castellonense Fabra o el farsante de Roma y sus vírgenes y demonios, todos preguntándonos a gritos cómo están usteeeeedes... a veces, por levantarles el ánimo, pincho en los canales de la caspa de las TDT, para echarnos unas risas y distendernos con el segundo más delirante espectáculo televisivo después del telediario de TVE o el de Intereconomía. En pequeñas dosis, por supuesto, porque hay que tener un cuidado extremo con el abuso de las drogas duras.

Como si tomasen el relevo de los presuntos noticiarios, por allí salen personajes extravagantes, de sexo indefinible, mal iluminados, como descoloridos por cámaras adquiridas en el todo a cien, con ese aspecto sospechoso de olerles los pies, que a bote pronto te hacen pensar que aquel disparate que estás contemplando no es posible, que estás asistiendo a una broma descomunal, de cámara oculta, como una parodia en la que supuestos videntes, llamados a sí mismos canalizadores de fuerzas astrales, expertos en Tarot o sanadores espirituales prometen felicidad sin cuento y soluciones a los problemas vitales más enrevesados a todo el que llama por teléfono a la emisora y paga por ello las cifras astronómicas que cuesta cada minuto de llamada (en las teles pornos se dice “cada minuto de mamada”). 

Según acabamos de saber por el Consejo Audiovisual de Andalucía, el 40% de las televisiones locales privadas están dedicadas a este tipo de contenidos, emitiendo algunas de ellas fuera del llamado horario infantil protegido (de 22 h. a 7h) en un bucle sinfín de ofertas absurdas de teletienda, de inventos del TBEO, y toda suerte de videncias y profecías. La Junta de Andalucía ha puesto estos hechos en manos de la Fiscalía por entender que algunos de estos programas podrían estar incurriendo en casos de estafa. Por lo que he creído entender, la denuncia por estafa estaría basada ¡en el precio que le cobran a los espectadores incautos por cada llamada, más que por la estafa de embaucar a una audiencia débil e inculta con promesas imposibles, presentándose como curalotodos y sanadores universales de cuerpos y almas!

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  • Ni dios, ni patria, ni rey

    Venezolanos... Chávez... ha muerto

    A TODOS
    Como columnista vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar:
    Mi columna de hoy sobre la Venezuela de Chávez ha tenido un rechazo masivo y sin paliativos por parte de socios y lectores. Y lo que es peor, por parte de muchos de vosotros a los que aprecio intelectualmente. Me preocupa sobre todo el no estar en sintonía con los socios, entregados a un proyecto, para ellos ilusionante, de periodismo de izquierda y libre. Si siempre se ha dicho que los periódicos pertenecen a los lectores, pues son finalmente los que los sustentan y los mantienen con vida, en el caso de los socios lo es doblemente, pues lo han financiado con una aportación económica.
    A muchos de ellos les he leído, entre líneas, que un periódico que me mantiene a mí como columnista “ya no es su periódico”, que se habían equivocado. Y es verdad. Se habían equivocado. Uno necesita el bálsamo de la prensa amiga, y mucho más si la financia con su esfuerzo, como un lugar refugio donde confirmar a diario sus ideas vitales, sin agresiones ideológicas.
    Como creo en la necesidad de preservar la existencia de diarios como este y, sobre todo, en el espléndido equipo de dirección que lo alienta, os comunico a todos que desde este momento dejo de publicar en diario.es. Los lectores tenéis derecho a no correr el riesgo de sobresaltaros cada mañana, pensando que un francotirador os podría estar atacando con fuego amigo.
    Gracias por vuestra paciencia, y disculpad las molestias.

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    Su Excedencia el farsante de Roma

    #11 Que bueno el enlace... el enlace matrimonial que saldría de ahí... de ahí mismo, ya sabes.

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    ¿Qué piden a cambio los donantes?

    #144 Paco, salud, que es lo que importa ;)

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    ¿Qué piden a cambio los donantes?

    #43 Lo que os decía, no deis de comer al troll. Está consiguiendo el efecto que desean todos los trolls y el único alimento de su ego: que se acabe hablando de ellos y no de otros asuntos. Hasta que yo apriete el botón de desaparición, claro.

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    ¿Qué piden a cambio los donantes?

    #17 El mundo está al revés, y el cielo también. ¡Dimite antes el Papa que Ana Mato! Larga vida al vicediós.

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    ¿Qué piden a cambio los donantes?

    #13 A todos: No deis de comer al troll.

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    La cópula del PP

    #84 Pues ahora que lo dice... De ninguna manera. Bastaría con una brigada de obreros armados de piquetas. No. Es una broma. No es poniendo bombas en las iglesias cómo se soluciona esto, sino poniendo escuelas. Cada crucifijo, cada virgencita, cada confesionario, cada librito de oraciones sería sustituido por ordenadores, por encerados, por otros libros, por instrumentos científicos, por profesores cualificados. ¡Y con el mismo presupuesto con que mantenemosahora a los zánganos del confesionario!

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    La cópula del PP

    #5 Petapouco, como diría el otro: dejémonos de hostias ;)

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    Una caridad de rebajas

    #47 ¡Cuánta sabiduría encierra tu argumento! Teniendo en cuenta que sólo puede haber una religión verdadera (seguramente la tuya), y siguiendo tu línea argumental, llegamos a la conclusión de que miles de millones de personas a lo largo de la Historia son unos retrasados. ¿O es que son unos listos (seguramente tanto como tú) todos los que han estado adorando a dioses falsos?

  • Ni dios, ni patria, ni rey

    Adán, nuevamente expulsado del paraíso

    #46 Por eso me hice periodista y no bailarín... ;)

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