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Raquel Miralles

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Periodismo cipotudo: el panorama valenciano

Me permito el lujo de coger prestado de Iñigo F. Lomana el término “cipotudo” –entiéndase como ese exceso de testosterona- para hablar del periodismo actual. Concretamente, del valenciano. ¿Tiene razón Maruja Torres cuando asegura que no hay nada más parecido al patriarcado que una reunión de primera en un periódico?

Primero, expondré algunos datos de un análisis propio. Solo el 17,3 por ciento de los directores o delegados de los medios de comunicación valencianos son mujeres. Cuatro de 22. Y eso pese a que el 54 por ciento de los periodistas son mujeres, según datos de la Unió de Periodistes Valencians (UPV). Además, en los debates televisivos y radiofónicos durante la pasada semana, solo el 27 por ciento de los participantes eran tertulianas.

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Algunos hombres buenos

John Stuart Mill, además de ser uno de los padres del liberalismo económico, era feminista. Hemos leído Sobre la libertad, pero desconocemos que escribió uno de los libros más importantes para el movimiento feminista,  La sujeción de la mujer. Mill no tuvo complejos a la hora de defender los derechos de las mujeres, aunque le costara las burlas de sus colegas. Fue el primero en presentar una petición en el Parlamento británico a favor del voto femenino y antes de contraer matrimonio con Harriet Taylor en 1851, firmó una carta de renuncia a todos los privilegios que la ley del momento le otorgaba sobre ella. “Declaro", escribió, "que es mi voluntad e intención, así como condición del enlace entre nosotros, que ella retenga la misma absoluta libertad de acción y la libertad de disponer de sí misma y de todo lo que pertenece o pueda pertenecer en algún momento a ella. Y de manera absoluta renuncio y repudio toda pretensión de haber adquirido cualesquiera derechos por virtud de dicho matrimonio”.

Los privilegios, como demostró Mill, no son obligados y es necesario que más hombres renuncien a ellos. Se escribe mucho sobre las cuestiones políticas, económicas, culturales y sociales que impiden la igualdad real, pero poco de un obstáculo fundamental: el escaso compromiso de los hombres con el feminismo. Las principales perjudicadas del patriarcado son las mujeres, pero ellos son al mismo tiempo víctimas y verdugos. Tienen que ser y comportarse como “hombres de verdad”. Se espera que sean fuertes, racionales, insensibles, independientes, sexuales, controladores y, en última instancia, superiores.

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¿Es compatible ser fallera mayor y feminista?

Afirmaba el experto en fiestas populares valencianas, Gil-Manuel Hernández, que la Transición no había llegado a las Fallas. Yo añadiría que tampoco el feminismo. Ha habido avances en el papel de la mujer, pero la visión heteropatriarcal sigue presente, siendo la figura de la fallera mayor de Valencia su máximo exponente.

Este cargo de representación nació durante la Segunda República para dar cierta visibilidad a la mujer en unos festejos populares reservados para los hombres. Desde entonces, pocos cambios. La fallera mayor continúa siendo un símbolo, un icono casi sagrado, incuestionable e inmutable. Un relato machista que todos los que participan de la fiesta compran. Los medios de comunicación exaltan las características físicas de las candidatas, su decoro y su saber estar como cualidades indispensables para conseguir el trono.

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La esclavitud del siglo XXI

Todos los éxitos del feminismo desencadenan fuertes reacciones. Las primeras mujeres que alzaron la voz para defender la igualdad, la libertad y la fraternidad acabaron en la guillotina. Las sufragistas, una vez conseguidos sus objetivos, fueron convertidas en ángeles del hogar; y cuando se liberó a las mujeres de la domesticidad, el patriarcado encontró una nueva forma de opresión más que efectiva: la belleza.

Antes, las mujeres fallecían a causa de los corsés que deformaban sus cuerpos. Ahora, mueren de hambre sin ser víctimas de la pobreza. Los medios de comunicación y la industria de la belleza promocionan un canon irreal, caracterizado por la delgadez extrema y un rostro eternamente joven.

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El vestido que me costó una relación

Era precioso, un vestido mini de seda, de color azul klein y con encaje negro en el escote y en el bajo de la falda. Me costó 20 euros –en aquella época mi sueldo de periodista precaria no me daba para más- y fue el look que elegí para la fiesta de uno de mis cumpleaños. “¿Dónde vas así vestida?”, me preguntó. “Es demasiado corto. Demasiado sexy. Demasiado azul. Demasiado inapropiado”. Lo que pasó después, ya es historia. Salí con mi vestido, pero volví sin novio.

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Anuncios de contactos: la incoherencia de los medios

“Sofía. Joven española de 19 años. Recién iniciada en este mundo, pero dispuesta a todo para agradarte”. Como Sofía, otras chicas –suponiendo que sean ellas, ya que ocho de cada diez mujeres que ejercen la prostitución lo hacen en contra de su voluntad-    ofrecen sus servicios sexuales a diario en la prensa valenciana.

La prostitución mueve dinero y no importa que el Gobierno en 2009 pidiera la eliminación de los anuncios de contactos porque “pueden encubrir situaciones de explotación sexual”. Aunque no hay transparencia respecto a estos datos, una comisión parlamentaria señaló que el diario con mayor tirada en nuestro país se embolsaba unos 5 millones de euros al año por participar de este “negocio”. En España hay al menos 300.000 mujeres que son explotadas sexualmente y un millón y medio de hombres que pagan diariamente por sus cuerpos. Se gastan, al día, 50 millones de euros.

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