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Raquel Miralles

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 8

No es sexo, es poder

Es difícil saber si estamos en una nueva ola o si el feminismo simplemente está de moda, pero lo cierto es que se están empezando a romper muchos silencios. En Estados Unidos, miles de personas recorrieron las calles de Washington en la Marcha de las Mujeres para protestar contra Trump. En España, hubo numerosas concentraciones de apoyo a la víctima de La Manada. Suecia salió a la calle para repudiar las violaciones en grupo que conmocionaron al país. En Pakistán, cientos de personas se manifestaron durante varios días por el asesinato y violación de una niña de siete años. El abuso sexual, a Harvey Weinstein, le ha costado la carrera. Acciones, no palabrería, que diría Betty Friedan. Ha llegado la hora, porque no son casos aislados.

Según la macroencuesta oficial de 2015, el 13,7 por ciento de las españolas ha sufrido violencia sexual -abusos y agresiones- por parte de sus parejas, familiares, amigos o desconocidos. Se denuncia una violación cada ocho horas. Y, según los expertos, solo se denuncia una de cada seis. Las mujeres hemos sido educadas para sentir la culpa y la vergüenza. Desde pequeñas, interiorizamos que evitar las agresiones sexuales es nuestra responsabilidad. Ya saben, no vayas sola, no provoques, no te pongas una falda demasiado corta, no bebas más de la cuenta. Además, las que deciden dar el paso y denunciar, se enfrentan a un proceso lleno de prejuicios y de dudas sobre su testimonio.

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La izquierda que no amaba a las mujeres

Cuando Rixard Nixon ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1969, los nuevos movimientos sociales salieron a la calle para manifestarse en contra de su elección. Ese día fue el elegido por un grupo de mujeres para anunciar a sus colegas de los colectivos estudiantiles, pacifistas, antirracistas y socialistas que tenían su propio movimiento. Marilyn Webb, la encargada de dar la buena nueva, subió al escenario y cuando intentó pronunciar su discurso, solo escuchó abucheos, silbidos y gritos que le impidieron alzar la voz. Los hombres de la nueva izquierda que participaban en aquella protesta exigieron que alguien la sacara de ese escenario. “¡Folláosla en un callejón oscuro!”, llegaron a bramar. La propia protagonista, en el documental She's beautiful when she's angry de Mary Dore, define este episodio como “una locura”.

Las mujeres descubrieron de esta manera que el feminismo no suele ser bienvenido. La “cuestión de la mujer” siempre ha sido, además de demasiado compleja para los hombres, aplazable. También para la izquierda. Cuando ellas intentaban hablar, ellos las mandaban callar. El papel de la mujer era el de azafata: pasar a máquina los discursos de los líderes -siempre hombres-, servir el café, fotocopiar panfletos y atender el teléfono.

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Ser mujer no te hace feminista

No todo lo que hace una mujer es feminista. Parece obvio, pero es importante recordarlo en un momento en el que el relativismo nos ha enseñado que todo vale. Podemos consumir feminismo a nuestro gusto y convertirlo en lo que queramos que sea. La cosificación se vende como el nuevo empoderamiento y lo feminista es que cada una haga lo que quiera. Esta libertad de acción está muy bien y es un gran avance, pero no nos engañemos, el feminismo no va de la libre elección, sino de la liberación de la mujer y de la igualdad de género.

Se aplaude que las candidatas a Miss Perú denuncien la violencia de género durante una de las pruebas del concurso de belleza o que una presentadora dé las campanadas casi desnuda al lado de un señor perfectamente vestido, pero ¿es esto feminista, tal y como defienden, solo porque lo han hecho libremente?

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Que se te pasa el arroz, nena

Estas Navidades he descubierto que a una determinada edad, nuestra situación sentimental y nuestra maternidad se convierten en cuestiones familiares de vital importancia. Son recurrentes las preguntas sobre si por fin has conseguido una pareja o si piensas tener hijos, porque, nena, el tiempo vuela y a este paso te vas a quedar para vestir santos.

Todavía se cree que las mujeres necesitamos formar una familia para ser felices. Según nuestro mandato de género, somos “seres para otros”, es decir, nuestra esencia es cuidar a los demás. Nuestra valía, según este patrón, se mide según nuestra capacidad de entrega, sin esperar nada a cambio y renunciando hasta a nuestros propios intereses. Ser madres es nuestro destino natural y, por lo tanto, solo podemos alcanzar la plenitud a través de la maternidad.

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¿Por qué la Iglesia odia el feminismo?

Estoy intentando reconciliarme con mi yo católico. Pensé que sería sencillo volver a la senda que Dios manda, puesto que estudié en un colegio religioso en el que rezaba a diario el padrenuestro, bendecía la mesa antes de comer y distinguía perfectamente cuáles eran los pecados mortales para mi alma. Pero tengo que confesar que me equivoqué. La Iglesia no nos lo pone nada fácil y empiezo a sospechar que las mujeres no le interesamos. Lo demostró el arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, cuando escribió con motivo del día de la Constitución que el matrimonio homosexual y “la ideología de género” son “problemas” actuales que “es preciso superar”. No se refirió a la corrupción, a la pobreza o a la violencia. Los pecados capitales modernos son, a su juicio, la diversidad sexual y el feminismo, o lo que es lo mismo, la igualdad.

¿Por qué este empeño de los máximos dirigentes eclesiásticos de condenar constantemente el feminismo? Lo explicó Cañizares en un artículo en La Razón, en el que aseguró que “la ideología de género lleva consigo el cuestionamiento radical de la familia y, por tanto, de toda la sociedad”. De la sociedad heteropatriarcal, añadiría yo, con la que se sienten tan cómodos. No cabe duda de que la Iglesia es machista en su estructura y en su doctrina.

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El problema son las feminazis

“El feminismo está muy bien, el problema son las feminazis”, me dijo, así sin más, una conocida el otro día. “Sí, las feminazis”, repitió de manera despectiva. Esta palabra, tan de moda en la actualidad, fue inventada por un periodista conservador estadounidense en 1992 con el objetivo de desprestigiar el feminismo al relacionarlo con el Holocausto. Imagino que nadie en su sano juicio creerá que el feminismo busca el exterminio o la opresión de los hombres. ¿A qué se referiría entonces mi amiga? ¿Qué es lo que convierte a una feminista de bien en una feminazi? ¿No sonreír a los desconocidos que te piropean? ¿No callarse frente a los comentarios machistas?

“El problema del feminismo es el machismo”, le contesté, intentando obviar mi agobio ante la posibilidad de ser yo también una feminazi. Cómo continuó la conversación ya os lo podéis imaginar: soy una exagerada y una radical porque las mujeres ya somos iguales a los hombres y los malos tratos es cosa de locos y psicópatas. Pero las cifras están ahí y, como señala Amelia Valcárcel, no vivimos una igualdad real, sino un espejismo de la igualdad.

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Periodismo cipotudo: el panorama valenciano

Me permito el lujo de coger prestado de Iñigo F. Lomana el término “cipotudo” –entiéndase como ese exceso de testosterona- para hablar del periodismo actual. Concretamente, del valenciano. ¿Tiene razón Maruja Torres cuando asegura que no hay nada más parecido al patriarcado que una reunión de primera en un periódico?

Primero, expondré algunos datos de un análisis propio. Solo el 17,3 por ciento de los directores o delegados de los medios de comunicación valencianos son mujeres. Cuatro de 22. Y eso pese a que el 54 por ciento de los periodistas son mujeres, según datos de la Unió de Periodistes Valencians (UPV). Además, en los debates televisivos y radiofónicos durante la pasada semana, solo el 27 por ciento de los participantes eran tertulianas.

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Algunos hombres buenos

John Stuart Mill, además de ser uno de los padres del liberalismo económico, era feminista. Hemos leído Sobre la libertad, pero desconocemos que escribió uno de los libros más importantes para el movimiento feminista,  La sujeción de la mujer. Mill no tuvo complejos a la hora de defender los derechos de las mujeres, aunque le costara las burlas de sus colegas. Fue el primero en presentar una petición en el Parlamento británico a favor del voto femenino y antes de contraer matrimonio con Harriet Taylor en 1851, firmó una carta de renuncia a todos los privilegios que la ley del momento le otorgaba sobre ella. “Declaro", escribió, "que es mi voluntad e intención, así como condición del enlace entre nosotros, que ella retenga la misma absoluta libertad de acción y la libertad de disponer de sí misma y de todo lo que pertenece o pueda pertenecer en algún momento a ella. Y de manera absoluta renuncio y repudio toda pretensión de haber adquirido cualesquiera derechos por virtud de dicho matrimonio”.

Los privilegios, como demostró Mill, no son obligados y es necesario que más hombres renuncien a ellos. Se escribe mucho sobre las cuestiones políticas, económicas, culturales y sociales que impiden la igualdad real, pero poco de un obstáculo fundamental: el escaso compromiso de los hombres con el feminismo. Las principales perjudicadas del patriarcado son las mujeres, pero ellos son al mismo tiempo víctimas y verdugos. Tienen que ser y comportarse como “hombres de verdad”. Se espera que sean fuertes, racionales, insensibles, independientes, sexuales, controladores y, en última instancia, superiores.

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¿Es compatible ser fallera mayor y feminista?

Afirmaba el experto en fiestas populares valencianas, Gil-Manuel Hernández, que la Transición no había llegado a las Fallas. Yo añadiría que tampoco el feminismo. Ha habido avances en el papel de la mujer, pero la visión heteropatriarcal sigue presente, siendo la figura de la fallera mayor de Valencia su máximo exponente.

Este cargo de representación nació durante la Segunda República para dar cierta visibilidad a la mujer en unos festejos populares reservados para los hombres. Desde entonces, pocos cambios. La fallera mayor continúa siendo un símbolo, un icono casi sagrado, incuestionable e inmutable. Un relato machista que todos los que participan de la fiesta compran. Los medios de comunicación exaltan las características físicas de las candidatas, su decoro y su saber estar como cualidades indispensables para conseguir el trono.

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La esclavitud del siglo XXI

Todos los éxitos del feminismo desencadenan fuertes reacciones. Las primeras mujeres que alzaron la voz para defender la igualdad, la libertad y la fraternidad acabaron en la guillotina. Las sufragistas, una vez conseguidos sus objetivos, fueron convertidas en ángeles del hogar; y cuando se liberó a las mujeres de la domesticidad, el patriarcado encontró una nueva forma de opresión más que efectiva: la belleza.

Antes, las mujeres fallecían a causa de los corsés que deformaban sus cuerpos. Ahora, mueren de hambre sin ser víctimas de la pobreza. Los medios de comunicación y la industria de la belleza promocionan un canon irreal, caracterizado por la delgadez extrema y un rostro eternamente joven.

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