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La silla vacía del Prado, a medio camino entre el concurso y el dedazo

El Prado se enfrenta a la sustitución urgente de Miguel Zugaza, que deja la dirección a principios del 2017

La institución debe decidir entre convocar un concurso público, como indican las buenas prácticas, o una nueva elección a dedo de su sucesor

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Zugaza asegura que decidió dejar el Prado hace un año para volver a su casa

Zugaza deja el Prado para volver a casa EFE

A director saliente, director entrante. O dicho de otra forma ¡El director abandona! ¡Viva el director! Miguel Zugaza (Durango, 1964), director durante quince años del Prado, anunció hace semanas que dejaba su puesto de forma voluntaria para regresar a su Bizkaia natal. Ya veremos en qué peculiares condiciones. Como es natural, se plantea la elección del próximo responsable de uno de los grandes museos clásicos del mundo y eso ha puesto nerviosa a mucha gente. Casi nadie esperaba la renuncia, y ha pillado a todo el mundo con el pie cambiado.

El asunto, ya se entiende, tiene su trascendencia. Sobre todo cultural, pero también económica. Bajo la dirección de Zugaza y gracias a la ampliación del 2001-2007 (que el encontró ya iniciada en 2002, pero hubo de gestionar), el Prado ha cambiado mucho en este último decenio. De la simple conservación y exposición de sus fondos (el Prado tiene unas 8.600 obras, sobre todo pinturas) y ocasionales megaexposiciones como la de Velázquez en 1990, ha pasado a sumar una actividad expositiva temporal que le ha situado en unos pocos años como una referencia internacional también en este aspecto.

Pero ahora han de adoptarse nuevas decisiones. ¿Va a sumarse el Prado a la dinámica de sucursales iniciada por museos equiparables como el Hermitage de San Petersburgo (Amsterdam, Las Vegas, Londres), el Louvre de París (Lens, Abu Dabi), el Guggenheim o el Pompidou? ¿Van a plantearse nuevas formas de financiación? ¿Se va a mantener la actual política expositiva de calidad e investigación? ¿Cómo se va afrontar la recientemente adjudicada ampliación del Salón de Reinos otorgada a Norman Foster? Hay muchas interrogantes. Y ninguna respuesta que no incluya la elección del nuevo director.

Elegir como siempre o elegir como se debe

En la sustitución de Zugaza intervienen dos factores: el metodológico y el personal. Es decir, el cómo y el quién. Respecto al primero, la Mesa Sectorial de Arte Contemporáneo emitió ayer un comunicado en el cual recuerda que el Ministerio firmó en 2007 un Código de Buenas Prácticas que exige, entre otras cosas, el nombramiento de los directores mediante concurso público, abierto y evaluado por un comité de expertos independientes convocado para la ocasión. El nombramiento efectivo se formalizará luego según las forma jurídicas y estatutarias de cada Centro/Museo, que son variadas y dependen de diferentes administraciones. Pero debería ser aplicable al Prado.

Al Prado y, también, al Museo de Bellas Artes de Bilbao, que es el próximo destino de Zugaza. Para Zugaza es volver a casa por Navidad, porque ya fue director de ese centro. ¿Pero cómo se ha decidido su nombramiento? Todo lo que sabemos es que fue presentado el pasado día 15 al patronato del Museo, en el que prácticamente todos los miembros son políticos o patronos privados. Ni siquiera consta quién le ha nombrado. El Dedo Anónimo, un clásico renovado en la era WikiLeaks.

En Bilbao y su museo, plagado de conflictos laborales que condujeron a su cierre este verano durante 41 días por huelga de los mayormente precarios trabajadores, pueden argumentar que no hace falta concurso alguno si Zugaza es, a todas luces, el candidato ideal. No parece un razonamiento muy sólido porque la convivencia se basa en gran medida en respetar las formas y en Bilbao, no es que no se hayan respetado, es que ni siquiera ha habido formas.

Regresando al Prado, el mismo Zugaza ha manifestado su escepticismo respecto a que la dirección de la institución que abandona necesite de concurso. A esta opinión se suma el director de la Biblioteca Nacional, Carlos Alberdi, que en su momento ayudó a redactar el mencionado Código de Buenas Prácticas pero que considera hoy que "quienes seleccionaron a Miguel Zugaza como director de la pinacoteca hicieron un gran trabajo, sin necesidad de concurso".

Por otro lado, el antiguo ministro del ramo, César Antonio Molina, y su antiguo director general de Bellas Artes y catedrático de Estética en la Universidad Autónoma de Madrid José Jiménez exigen que se cumpla el Código con un concurso internacional. Estas son solo unas pocas tomas de postura significativas. La realidad del asunto es sencilla: ¿Por qué razón el director del Reina Sofía es nombrado por concurso y el del Prado, no?

Tanto monta, monta tanto el Reina como el Prado

Para empezar, el porte de ambos museos, sus visitantes y sus fondos son equiparables. Incluso los sueldos de ambos directores, de los más altos entre los cargos públicos españoles, son semejantes. Hay aromas de elitismo en este desprecio hacia métodos mínimamente abiertos, como si el arte clásico y quienes lo dirigen no debieran someterse a procedimientos vulgares. Esto ya lo hemos visto en Bilbao.

Luego viene la cuestión personal, íntimamente relacionada con el procedimiento. Hay dónde escoger y revolver, y eso que apenas se ha levantado la veda. Un heredero obvio, casi demasiado, sería el actual subdirector Miguel Falomir. También se ha aventurado que su antecesor en el puesto, Gabriele Finaldi, que apenas hace un año pasó a dirigir la National Gallery de Londres, podría regresar al Prado. Suena un poco raro, y muy sin confirmar. En este mundo las faltas de seriedad y las espantadas no están bien vistas.

Recientemente ha pasado por Madrid Mark Roglan, director del museo Meadows de Texas, especializado en pintura española y que el mismo Roglan publicita como el pequeño Prado. Pero el Meadows viene cubierto de escándalos, bastantes obras falsas y compras sospechosas, como algunas presuntamente provenientes de la antigua colección del duque de Hernani y que, en principio, están inventariadas en el Patrimonio Nacional. El destino de la colección Hernani siguen siendo un episodio bastante oscuro, lo suficiente como para no aconsejar la opción americana.

El Patronato del Prado (y el Ministerio, a qué negarlo) tiene ahora la oportunidad de demostrar que un museo clásico puede ser una institución que se rige por normas contemporáneas. Teniendo en cuenta, a pesar de las dificultades de la crisis, el rigor profesional y la transparencia (parcial) que han traído en general los directores nombrados según Buenas Prácticas, no se entendería el temor a usar ese método en el Prado. Aunque los escépticos pueden pensar que la sorpresa no ha sido tanta. Y que ya hay sucesor in pectore.

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