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#Jóvenespoetasindignados

La sensación de desencanto y fraude impera en los poemarios de la última generación de poetas

Abordan temáticas como el feminismo o las consecuencias de la Transición desde diversas propuestas estéticas

"Yo no conocí la represión que sufrió mi familia hasta hace dos años. Nos han contado la Transición como si fuera un cuento de hadas”, dice Pablo Fidalgo

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Arranca la gran fiesta de la literatura con el Festival Eñe

Arranca la gran fiesta de la literatura con el Festival Eñe.

“La poesía es un ejercicio de contrapoder”. La frase fue pronunciada por el poeta y periodista Antonio Lucas después de recibir la semana pasada el Premio Loewe por su poemario Desengaños. Los versos están para disparar al sistema y orear aquello que huele mal. Y mucho hiede hoy en las calles. De hecho, la basura de los últimos días en los barrios madrileños suena a metáfora perfecta y es un recurso literario que han recogido los poetas más jóvenes, aquellos nacidos después de la aprobación de la sacrosanta Constitución, para espolvorearlo por toda su obra.

Son poemas que traen ira, indignación, sentimiento de fraude y de desastre total. La fiesta se acabó casi cuando aún ni siquiera habían podido disfrutarla. “Es una experiencia de pérdida que tiene mucho de generacional. Hemos tenido que chocar contra un muro a trescientos por hora para aprender que nada nos protege”, reconoce Erika Martínez, autora del excepcional El falso techo.

Por el Festival Eñe, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el pasado fin de semana, pasó una decena de estos nuevos poetas para recitar su obra. Autores como Elena Medel, reciente ganadora del Premio Loewe a la Creación Joven por Chatterton, Laura Casielles, Elise Plain o Pablo Fidalgo mostraron su rabia nutrida de metáforas, elipsis, anáforas y aliteraciones. Y también hablaron de temáticas como la Transición –y sus consecuencias– o los derechos de las mujeres –y su retroceso–, que quizá no estaban muy presentes en la poesía de generaciones precedentes forjadas al calor del bienestar.

Son poetas  que se han encontrado con un país muy diferente, también en el marco cultural y literario. Un lugar en el que ya no se nada en la abundancia y en el que han desaparecido ayudas para la creación, si bien, como apunta Martínez, esto ha provocado una situación paradójica: “Se ha producido una desinstitucionalización de la poesía y el surgimiento de magníficas editoriales independientes que trabajan mejor que nunca”. Y ahí es donde están ellos.

Reivindicación feminista

“El carácter minoritario de la poesía es una ventaja para decir cosas”, afirma Medel, que en su última obra, precisamente, hace una reivindicación del feminismo. “Yo soy feminista y, desde luego, creo que vamos para atrás en política social. Me parece inevitable escribir sobre lo que está ocurriendo, y ahora mismo hay una fuerte sensación de desencanto”.

Es una sensación que también se observa en la obra de otras poetas como Berta García-Faet, Luna Miguel, Laura Casielles o Elise Plein, una generación de mujeres que, como dice Erika Martínez, denuncian las nuevas leyes sobre el aborto o la reproducción asistida: “Quizá la diferencia con respecto al tema del feminismo sea no tanto su presencia en los poemarios como la forma en que muchísimas poetas jóvenes están publicando y ocupando espacios públicos donde antes eran minoría”.

Son poemas donde también tiene mucha visibilidad el cuerpo de la mujer; la vagina, el útero, los pechos y la menstruación como una forma de protesta ante las persistentes declaraciones eclesiásticas o de las órdenes más conservadoras. “Hablar de lo que está pasando con las mujeres es una habitación más de la crisis que sufrimos”, añade Medel.

Los lodos de la reforma democrática, de los famosos pactos de la Transición, de los partidos que se crearon y que han provocado la catástrofe actual, tampoco les son indiferentes. Para Pablo Fidalgo (Vigo, 1984), que formó parte del colectivo teatral La Tristura, son pieza fundamental de su poemario Mis padres: Romeo y Julieta, un libro en el que parte de su historia familiar para hablar del fracaso como sociedad. “La historia de España está marcada por el miedo y el silencio. Yo no conocí la represión que sufrió mi familia hasta hace dos años. Nos han contado la Transición como si fuera un cuento de hadas”, manifiesta este autor, que ahora vive en Lisboa y que sostiene que “emanciparse hoy es exiliarse”, aunque se le pongan otros apelativos. 

Del yo al nosotros

Son poetas que, sin embargo, no pretenden ondear la bandera del compromiso en su acepción más primaria. Es más,  al ser preguntados, estos autores no quieren ni oír hablar de la etiqueta de la poesía social. “Escribir hoy un poema político no tiene sentido”, mantiene Fidalgo. Su reivindicación se revela desde otro tipo de formas, como manifiesta Elise Plein: “Esta generación se siente fracasada, y yo no estoy desapegada del mundo en el que vivo, pero no está de forma explícita en mis poemas”. Se trata de una conjugación de diferentes propuestas estilísticas que nada tiene que ver con aquel compromiso político y social de los poetas de la primera promoción de posguerra (finales de los cuarenta y años cincuenta y sesenta), como Blas de Otero o Gabriel Celaya.

“Desde luego, ahora no vale la huida a otros mundos y a otras realidades que no pueden encarnar este mundo, pero se habla desde estéticas muy distintas. Ahora hay una pluralidad en el acercamiento a lo que nos ocurre”, remacha Laura Casielles. En el mismo discurso abunda Erika Martínez para quien lo que impera es un “cansancio enorme del mesianismo, de la seguridad enunciativa y el dogmatismo curil. La poesía de hoy es política en tanto rebelde con la clausura de los sentidos y diría que, incluso cuando es más explícita en sus reivindicaciones, sus discursos han dejado de ser estables”.

Si algo destaca es una postura personalista, casi testimonial, en la que aparecen términos y objetos muy reconocibles, a veces descaradamente pop, como una goma del pelo o incluso una factura con IVA. Se trata de viajes que van del ‘yo’ al ‘nosotros’, porque para ellos son dos figuras inseparables. “Hay muchas maneras de atravesar el lenguaje, y claro, hay mucho ‘yo’ en la historia de mis padres y mi familia”, señala Fidalgo.

El peruano Jaime Rodríguez Z, codirector entre 2006 y 2009 de la revista Quimera, a pesar de pertenecer a una generación anterior a la de estos autores, también se reconoce en este tipo de poesía, a la que alguna vez se le ha llamado ‘surrealismo urbano’. Y si algo observa en los versos de los jóvenes no es el compromiso, sino esta inclinación y los cambios en la comunicación. “Esa es la mayor frontera que se observa entre los que tienen menos de 30 años. Ha cambiado su forma de comunicarse, y además, poseen muchos más referentes”, recalca Rodríguez sobre esta generación defraudada y desencantada que, no obstante, tampoco quiere mirar para otro lado.

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