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El año que vivimos electoralmente

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Podríamos hablar de los últimos dos años, desde aquellas europeas de mayo de 2014 que revelaron síntomas de lo que se avecinaba. Pero ha sido el año largo que separa los comicios autonómicos y locales de 2015 y esta especie de segunda vuelta de las generales de diciembre celebrada el 26 de junio el que hemos vivido “electoralmente”. La mayoría nos hemos librado de la sobredosis a la que han sido sometidos los ciudadanos de Cataluña, que arrastran nueve votaciones en seis años, pero es evidente que hemos pasado muchos meses sumergidos en las expectativas electorales y sacudidos por las tensiones de un periodo de cambio político de perfil vertiginoso que se ha quedado a medias. Ni lo nuevo tenía el empuje de una revolución, ni lo viejo la decrepitud de un colapso.

La gran lección de estas generales repetidas es que el bipartidismo se ha vuelto obsoleto, pero su superación resulta traumática. Y todo apunta a que la crisis de representación de la izquierda es su escenario más candente. Contra lo que pronosticaban las encuestas (la más exhaustiva, la del CIS, es tal vez la que más se acercó), no ha habido en la convocatoria repetida una movilización de la izquierda ni, por tanto, un ensanchamiento de su base parlamentaria, sino un apoyo reforzado a la derecha, que ha apuntalado al PP como partido más votado y a Mariano Rajoy como serio aspirante a continuar en la Moncloa.

Visto ahora, era la consecuencia lógica del choque fratricida entre una nueva izquierda demasiado arrogante y una socialdemocracia presa del pánico ante un eventual desbordamiento. El PSOE de Pedro Sánchez ha salvado los muebles no sin desperfectos y la confluencia de Podemos con Izquierda Unida resulta que tenía la pólvora mojada.

Mal panorama para el Pacto del Botànic, en el que se apoya el Consell de Ximo Puig y Mónica Oltra. La mayoría de izquierdas que dio pie al cambio político en el ámbito valenciano, ese tripartito formado por el PSPV-PSOE, Compromís y Podemos, tendrá un interlocutor presumiblemente hostil en el nuevo Gobierno de España, lo que obligará a jugar cartas parlamentarias inéditas hasta ahora en el Congreso de los Diputados (que medirán la influencia de las fuerzas valencianas en sus correligionarios y coligados de ámbito estatal) si la Generalitat Valenciana, como ha reiterado su presidente, pretende inducir una perentoria reforma del sistema de financiación autonómica que no es acuciante para otras comunidades autónomas ni seguramente para el PP.

Dicho de otra manera, los pactos valencianos resolvieron el dilema del nuevo escenario por la izquierda, mientras en España, un año después, todo gira alrededor de la derecha convencional del PP. Hay aquí un gobierno “a la valenciana”, pero los resultados del 26J en nada se diferencian de los cosechados por las diferentes formaciones en otras comunidades: sube el PP, Podemos se frena en seco (también las coaliciones en las que participa, no solo con Compromís, sino en Galicia con En Marea o en Cataluña con En Comú), el PSOE sobrevive a duras penas y Ciudadanos confirma un papel de comparsa, poco decisivo para cualquier combinación.

¿Se ha desgastado tanto el gobierno del Botànic como para perder tanto apoyo en su primer año de ejercicio? Por la misma razón que no se ha singularizado el comportamiento del electorado valenciano este mes de junio, respecto al conjunto de España, habría que concluir que los motivos de fondo no obedecen a cuestiones endógenas al espacio político autonómico, sino más bien lo contrario. Los valencianos habrían decidido en mayo confiar la Generalitat al pluripartidismo porque el PP, durante más de dos décadas, se había dedicado a destruirla con grandes dosis de corrupción y abuso de poder. Apenas seis meses después apuntaron otro tipo de comportamiento y en el rebote a junio lo han confirmado. Se trata de un comportamiento electoral dual que no es nuevo en absoluto.

Puig y Oltra, pero no solo ellos, también Ribó o Montiel, están doblemente interpelados por los resultados de este largo año electoral de cara al futuro. Como responsables de hacer funcionar, en la Generalitat y en las ciudades, una fórmula de gobierno inédita entre nosotros. Y como dirigentes de las diversas sensibilidades de izquierda en un contexto de cooperación cuando en España sus formaciones y líderes de referencia se lamen las heridas de una batalla que ha dejado expedito el terreno para que alguien como Rajoy logre sobrevivir bajo la coartada del mal menor.

Después del año que vivimos electoralmente, ahora sí, llega la hora de la política.

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