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El imperio gay

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Fíjate tú, que ha tenido que venir un cardenal con su capa de seda salvaje, su falda, su majestuoso tocado y sus anillos de oro para que los heterosexuales del mundo tomemos conciencia del sonrosado, pero pesado, yugo que nos oprime: el imperio gay. Y es que siempre viene bien el consejo bienintencionado de quien observa las cosas con la distancia apropiada, y en lo tocante al sexo se supone que el clero la distancia la guarda toda. En mi experiencia vital, no tan vasta y completa como la del prelado Cañizares, he podido constatar las increíbles ventajas que la homosexualidad conlleva a la hora de lanzar tu carrera tanto profesional como política. Nada que ver con la vida de quienes se entregan en cuerpo y alma al ministerio de Dios, una tarea solo al alcance de hombres aguerridos, de aspecto tosco y varonil. Ahí sí que es verdad que como seas un poco gay no tienes nada, pero nada de futuro.

Ya sé que ahora es muy políticamente correcto esto de defender a las lesbianas, los gays y todas esas nuevas tribus que en la sensata y ponderada opinión de su ilustrísima van camino de dominar el mundo. Pero oigan, yo pido un poco de comprensión hacia este líder espiritual que tanta luz tiene que aportar en el cuarto oscuro de nuestra pecadora existencia.

A mí siempre me ha parecido heroica la resistencia a la lujuria de intelectuales como el padre Cañizares. Tan hombres ellos, tan machos, tan muriéndose de ganas de crecer y multiplicarse, tan deseosos como el que más de abandonarse a sus bajos instintos, a sus deseos carnales más tórridos (heterosexuales que duda cabe) pero a la vez tan serenos, tan contenidos, tan de abstenerse, tan duros ellos.

Este cardenal es un faro que se mantiene erecto sobre la costa, soportando el oleaje de pornografía, depravación y decadencia de este mar de lujuria y concupiscencia en el que se ha convertido nuestra sociedad actual gobernada por la mano invisible del imperio gay. Más atención deberíamos prestar a sus advertencias y menos a otras calenturas mucho menos preocupantes como la del puñetero planeta. Al fin y al cabo, ¿qué son unos grados más o menos, un polo derretido o un centímetro más en el nivel del mar comparado con el fuego eterno del infierno que espera a los que sucumban al poder del imperio?.

Deberíamos hacer saber a nuestro estimado cardenal que no está solo en su lucha. Cuenta con la compresión de no pocos de nuestros lideres políticos más importantes. Yo sé de algunos que nunca han dudado en utilizar la orientación sexual de sus adversarios, sobre todo si estos son unos sátiros, desviados y sodomitas, para desacreditarlos ante sus electores ya sea ante un congreso del partido o un proceso electoral. Ellos, mucho antes que nuestro preclaro reverendo, entendieron que si la gente va a votar a uno de estos gays tiene todo el derecho a saberlo antes, ya sea por WhatsApp, una cuenta anónima de twitter, correo electrónico o con una buena editorial en un periódico que no diga pero insinúe. Son legión quienes apoyan al Cardenal cada domingo en los estadios de fútbol, en los bares, calles y plazas de nuestro gran país. Y algunos de ellos, los más valientes, si es así como tirando a tarde-noche, van en grupo y nadie les ve, pues hasta se animan a dar alguna que otra paliza a todo agente del imperio gay al que puedan identificar. El cardenal ha de saber que tiene amigos dispuestos a apoyarle en la judicatura, la policía, en todos los centros de trabajo en los que siempre hay alguien que se anima a poner en duda el éxito profesional de los agentes del imperio gay con uno de esos comentarios del tipo “a saber a quien se follará este para haber llegado ahí”. Y no le faltarán apoyos en el futuro ilustrísima. Están llenos los patios de recreo de futuros cardenales. No lo tendrán tan fácil, se lo garantizo, todos estos aspirantes a miembros del imperio gay que pretenden amedrentar sin conseguirlo a aquellos niños sanos y perfectamente heterosexuales que día tras día, recreo tras recreo sabrán darles una buena lección y si es necesario una buena hostia para que vayan aprendiendo a comulgar con lo que tienen que comulgar.

Este cardenal es un visionario, un profeta al que debemos prestar toda nuestra atención. Cierra los ojos Cañizares y nos advierte de los peligros de un mundo dominado por hombres vestidos como mujeres. Una sociedad en la que está prohibido casarse ni puedes tener hijos. Un imperio, sí señor. Sin democracia, sin libertad para poder expresarse. Un mundo donde al final, los más de lo más del imperio gay acaben reuniéndose en una sala para elegir a un emperador vitalicio; al más gay de entre ellos, al más de lo más de los más, para al final anunciarlo con una fumata rosa. Y eso, fuera del Vaticano, pues la verdad, no puede traer nada bueno.

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