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¿Clase media o clase 'a medias'? La calculadora de la desigualdad en Latinoamérica

Una aplicación permite analizar y comparar como un juego la desigualdad en sociedades tan heterogéneas como las latinoamericanas. El resultado permite confirmar algunos tópicos habituales de estos países, pero también ir mucho más allá para entender su complejidad y paradojas.

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Desigualdad en las sociedades latinoamericanas. Imagen de Oxfam.

Desigualdad en las sociedades latinoamericanas. Imagen de Oxfam.

Según los datos oficiales de CEPAL, en las sociedades latinoamericanas una persona que se considera a sí misma “clase media” puede aparecer formando parte del 10% más rico de su país. Es decir, que un 90% de la población, según sus ingresos, está peor que ella.

Pero lo que más les sorprende es que ese 10% más rico, en teoría, tiene dentro también a los multimillonarios de cada país. Por eso hemos desarrollado y lanzado desde Oxfam  junto con Ojo Público una aplicación que nos muestra de manera lúdica, pero también cruda, la imagen de la desigualdad extrema en las sociedades latinoamericanas. La llamamos la Calculadora de la Desigualdad.

Lo novedoso de la calculadora es que permite visibilizar con mucha claridad el fenómeno de la concentración extrema de riqueza en pocas manos, cosa que no ocurre con los instrumentos de medición que utilizan los Estados, que fallan habitualmente para capturar este fenómeno. La causa principal es que los multimillonarios no son registrados en las encuestas de hogares al ser una parte muy pequeña de la población total (alrededor del 0.000025 de la población de la región). Por esta razón, hemos visto la necesidad de desarrollar una metodología para visibilizar y hacer comparables los ingresos de los multimillonarios de cada país basándonos en los datos financieros del Informe Global de Ultra Riqueza 2014.

Los datos nos muestran la profunda fractura de nuestras sociedades no solo en términos económicos sino de intereses y luchas comunes. Ese 10% “más rico” de las sociedades latinocaribeñas puede integrar desde un empleado con dificultades para llegar a fin de mes a un multimillonario con más de 30 millones de dólares de fortuna.  Es el grupo más desigual de todos.

Según el Banco Mundial y el PNUD, en los países latinoamericanos ha aumentado mucho la población de clase media en la última década. Existe ahora una nueva “clase media” que llega a ser el 35% de la población latinoamericana, debido al  aumento de ingresos que han experimentado, pero que nada tiene que ver el concepto sociológico de clase. Y mucho menos con el rol que juegan estos grupos en otras sociedades, como ocurre con el contrato social europeo.

Estas nuevas clases medias latinas, a diferencia de las europeas, han utilizado al aumento de ingresos para proveerse de servicios de forma privada buscando calidad, han buscado mejores escuelas para sus hijos, han buscado mejor atención médica para su familia, carros que los lleven rápido donde van ya que el transporte público no funciona bien, seguridad privada para protegerse, universidades privadas para que sus hijos aprendan y se relacionen con la gente “adecuada”. Es una clase media que desconfía de los Estados (con cierta razón) y que ha tenido que aprender a buscar soluciones privadas a problemas colectivos.

La paradoja es que la buena noticia de la expansión de la clase media en la región puede acabar contribuyendo al debilitamiento de los servicios públicos, ya que ésta se ha “liberado” de su uso por buscar mejor calidad y por lo tanto también de la exigencia de mejoras en su provisión. De lo que la nueva clase media no se ha dado cuenta es que la no existencia de Estados que garanticen servicios públicos de calidad ni de redes de protección social las vuelve mucho más vulnerables a cualquier choque externo —pérdida de empleo, enfermedades crónicas, discapacidades, entre otros—, con el riesgo en cualquier momento de volver a engrosar las listas de la pobreza.

Lo que está en juego es el contrato social. La universalidad del sistema de bienestar se ve lejana y el sistema público queda relegado a los más pobres, a quienes no les queda otra opción que asumir una menor cobertura y unas prestaciones de peor calidad. El resultado final es la polarización de la sociedad entre quienes pueden y quienes no pueden pagar. Un escenario de servicios públicos para pobres y servicios privados para las clases medias y ricas.

Esto les hace vivir con un continuo estrés económico, sin darse cuenta de que en realidad gran parte de la población está mucho peor que ellos y que, ante la contracción económica de la región, es muy probable que vuelvan a tener que ponerse en la cola de un hospital público detrás de alguien que antes consideraban de otra “clase”.

Ante la falta de estados que garanticen el bien común, esta nueva clase media que llegó a formar parte del mismo grupo de ingreso que los multimillonarios se dará cuenta, de golpe, que los más ricos siguen aumentando su riqueza incluso en la recesión. Mientras tanto, ellos se alejan de nuevo de sus sueños construidos mirando a los privilegiados, que son muy pocos pero mandan mucho.

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