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Comprar, vender, acabar con la pobreza

En los países europeos donde el comercio justo tomó impulso en los ochenta se solía demandar 'trade, not aid' (comercio, no ayuda): un juego de palabras que revelaba que una buena forma reducir la desigualdad global era implantar unas reglas comerciales más justas

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Cuatro productoras del café Tierra Madre, en la plantación de Uganda.

Cuatro productoras del café Tierra Madre, en la plantación de Uganda. Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Desde entonces algunas cosas han cambiado y se ha logrado reducir algunas estadísticas de la pobreza, en parte sin duda al mejor aprovechamiento del comercio exterior por parte de los países en desarrollo. La región que seguramente más ha reducido la pobreza gracias al comercio ha sido el sureste asiático, y sin embargo allí siguen dándose situaciones intolerables.

La paradoja es que el comercio internacional tiene demostrada capacidad para combatir la pobreza, pero al mismo tiempo, y sobre todo si no hay una vigilancia permanente, ese mismo comercio puede estar alentando unas prácticas terribles contra los derechos humanos. Aún perviven episodios como los de  la factoría Rana Plaza en Dacca (Bangladesh) o las condiciones en las que trabajan las mujeres tamiles en las plantaciones de té de Sri Lanka.

El comercio justo es un movimiento que asegura que la producción –agrícola, industrial o artesanal– se realiza respetando unos estándares que van desde la remuneración digna de las personas y la seguridad en sus condiciones de trabajo, hasta la no discriminación, la igualdad de género o la preservación de los derechos de la infancia. Y en esas condiciones trabaja en cultivos conocidos como el café, el cacao o la caña.

El té lo produce, por ejemplo, una pequeña cooperativa campesina de Sri Lanka que produce de manera ecológica y en la que participan mujeres campesinas de etnia tamil.

Y también encontramos procesos de transformación como el textil. Precisamente en el Sureste Asiático existen organizaciones que realizan textiles respetando todos esos estándares. Y el resultado no es diferente ni en calidad ni en precio del que puede encontrarse en el mercado convencional.

Por eso defiende que exista más comercio entre economías, pero exige a todos los eslabones de la cadena de aprovisionamiento que vigilen las condiciones en que se realizan los trabajos y que respeten un conjunto de garantías que es clave para que efectivamente el comercio genere desarrollo.

De todos los eslabones de la cadena comercial, el que más fuerza tiene –por paradójico que parezca– es precisamente el de los consumidores finales. Si hubiera una posibilidad de que los consumidores se organizaran, a buen seguro que la mayoría optaríamos por adecuar la demanda a los derechos y no al revés.

Pero esa posibilidad, en realidad, ya existe. El Comercio Justo permite que los productores y productoras tengan acceso a una vida digna, y también es una señal para el sector privado al mostrar esas preferencias de los consumidores por el respeto a los derechos en general y al derecho a una vida digna en particular. Las empresas con responsabilidad en cómo se produce su oferta saben leer una tendencia de la demanda y saben reaccionar.

Así ocurre en países donde esta práctica es más conocida y reconocida. Algunas empresas ya se preocupan por hacer que su cadena de suministro sea cada vez más transparente y responsable. Y así nos gustaría que ocurriera aquí donde la tendencia del Comercio Justo es buena, como vemos estos días en nuestras tiendas con las compras navideñas: alimentación, moda, hogar, joyería, regalos...

Aunque la dimensión del fenómeno aún es pequeña, tenemos buenas perspectivas para crecer. Somos los consumidores y las consumidoras quienes podemos cambiar directamente las oportunidades de desarrollo de miles de productores y productoras, e indirectamente las de millones de personas.

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