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La alta velocidad y el agua potable


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Guardo por casa un recuerdo de mi primera visita a la estación del AVE de Guadalajara, allá por el 2003. Es la fotografía de un cartel que encontré en el cuarto de baño de la desierta estación. 'Peligro: agua no potable', se lee en él. Y debajo aparece un sello del Ministerio de Fomento que hizo posible esa aberración: una modernísima estación de alta velocidad en mitad de la nada, en un páramo tan alejado de la civilización como para no tener agua corriente. Es la versión española de esos poblados africanos donde hay televisión por satélite, pero no tienen un retrete en decenas de kilómetros alrededor.

Me he acordado del cartel después de que el Gobierno anunciase el recorte de 48 líneas de tren de media distancia, que dejará a 1,6 millones de viajeros en el andén. Hay algunos de esos recortes que a primera vista pueden parecer justificados: son líneas casi vacías, con menos del 10% de ocupación. ¿Uno de los ejemplos más claros? El trayecto entre Teruel y Zaragoza. Transporta al año 18.000 viajeros en cuatro horarios al día; cada tren lleva de media poco más de 12 pasajeros. La línea pierde unos dos millones de euros anuales: cada viajero que coge el tren nos cuesta 112 euros. Y si seguimos con Teruel y sumamos las pérdidas del tren que lleva desde esa ciudad que también existe hasta Valencia (otro millón y medio de pérdidas anuales) nos sale una cifra que a un liberal escandalizará: mantener en marcha el tren hasta Teruel, la capital de provincia más pequeña, cuesta 98 euros por habitante, lo use o no.

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